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¿Qué papel juegan las emociones en la carrera de un deportista?

Qué importante es la madurez psicológica y emocional de una deportista cuando no es su técnica la que se pone a prueba sino que es su autocontrol quien determina su éxito...

¿Qué papel juegan las emociones en la carrera de un deportista?

Las emociones tienen la capacidad de nublar nuestra razón y hasta de distorsionar nuestra percepción de la realidad. Pero, en realidad no es la emoción la causante de todo el desbarajuste de subjetividades al que se enfrenta el ser humano, sino que es la mala gestión que tendemos a hacer de ella la que nos desestabiliza y nos conduce, en ocasiones, a errar o tomar pésimas decisiones. La emoción, como todo aquello que no sabemos manipular con maestría, asusta. Por ello, en toda tarea que requiera de concentración y templanza para conseguir el éxito, la emocionalidad suele asociarse a impulsividad, labilidad y debilidad.

Si nos centramos en el deporte profesional, la cuestión de cómo deben manejarse las emociones ha sido tradicionalmente una equis difícil de despejar. De hecho, son muchos los contextos en los que se han obviado o negado las emociones y su potencial influencia sobre el rendimiento y la ejecución del deportista (especialmente en atletas de élite cuya trayectoria puede determinarse en milésimas segundos de competición); se han borrado del mapa con esa premisa tan infantiloide como generalizada de que aquello de lo que no se habla, sencillamente, no existe.

Y, aunque solo en parte, lo cierto es que sí tiene algo de sentido proteger al deportista de todo lo que pueda desencadenar cierta inestabilidad emocional. Porque emociones muy intensas, ya sea en un extremo o en otro, pueden llevar al atleta, efectivamente, a hacer un análisis erróneo de la situación a la que se enfrenta y de cuya resolución dependen sus éxitos y sus derrota. Esto es así debido a la estrecha relación que existe entre el ámbito emocional y todos los procesos cognitivos y de toma de decisiones que se despliegan fugazmente para supervisar, dirigir y optimizar el rendimiento de las personas en la realización de cualquier tarea compleja. Percepción, atención, memoria, control de impulsos y capacidad para tomar decisiones son algunos de los principales procesos cognitivos que pueden verse afectados por una emoción no canalizada, no elaborada o no manejada con las habilidades y la inteligencia necesarias.

Además, desde una elevada carga de emocionalidad, la interpretación que hacemos de aquello que nos sucede tiende a determinar nuestros comportamientos; hasta un punto en el que pensamiento, emoción y conducta llegan a fusionarse en un todo que nos gobierna. Esto mismo podría ocurrirle al deportista en cualquier situación estresante, con el agravante de este se encuentra muy a menudo en una situación límite que le demanda interpretar lo que tiene delante con brillante lucidez y a la velocidad del rayo, para jugar sus mejores cartas en base a esa lectura.

Sabemos también que algunos procesos emocionales tienen la capacidad de facilitar o bloquear los procesos de aprendizaje, y son por lo tanto un elemento de crucial importancia tanto en la creación de nuevos recuerdos como en la recuperación de elementos almacenados en la memoria. Y esto es lo que a menudo explica ese «pinchazo» de un deportista que en un momento dado se quiebra, se paraliza y se bloquea, o que entra en una espiral de errores sucesivos de la que parece incapaz de salir. ¡Qué importante es la madurez psicológica y emocional de una deportista cuando no es su técnica la que se pone a prueba sino que es su autocontrol quien determina su éxito…!

Por ello, en situaciones ambiguas que puedan poner a prueba su motivación, y por tanto perjudicar su rendimiento, es importante que las emociones más negativas, pesimistas o derrotistas no sean la base que guíe al deportista, pues estaría condenado al abandono. Como tampoco una euforia desmedida es la emoción más adecuada para ajustar su actuación, pues su motor de funcionamiento se tornaría casi maniaco; y porque la impulsividad, la imprudencia u otros errores de cálculo pueden impedirle una correcta anticipación de consecuencias y entrometerse entre el deportista y la consecución de sus objetivos.

Y, ¿qué hay de la autoestima del deportista? ¿Acaso la forma en la que se concibe y se piensa a sí mismo no es relevante a la hora de afrontar un entrenamiento, una competición o un nuevo reto? Por supuesto que sí. La emoción media en otras áreas psicológicas igualmente relevantes para el deportista como su percepción de auto valía o su propia imagen. No cabe duda de que una auto evaluación distorsionada y negativa, sostenida en el tiempo, solo puede ser perniciosa para un deportista que necesita confiar en sus propias capacidades para poder explotarlas al máximo.

Si, como sabemos, es la emoción la que guía la motivación, tiene todo el sentido del mundo que nos tomemos muy en serio la dimensión psicológica de las personas, también la de los deportistas. No para negarla sino para comprenderla, para enseñarle a manejarla y, sobre todo, para enseñarle a autorregularla en momentos en los que pueda obstaculizar el uso de otros recursos cognitivos. No en vano, la figura del psicólogo deportivo ha sido reivindicada ya por muchos deportistas exitosos y triunfadores; del mismo modo que el papel del psicólogo recibe ya un especial respeto en la sociedad actual.

Autor

Ana Villarrubia

Ana Villarrubia es Psicóloga Sanitaria, directora del centro sanitario 'Aprende a Escucharte', docente en la rama clínica de la psicología, escritora y colaboradora en múltiples medios de comunicación.

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Experto
Ana VillarrubiaPsicología

Ana Villarrubia Mendiola es Psicóloga Sanitaria, Experta en el tratamiento de trastornos de personalidad, Experta en terapia de pareja, Especialista en Psicoterapia y Psicodrama, docente en diversos másteres de psicología clínica y terapia cognitivo-conductual, y divulgadora en múltiples medios de comunicación, directora del Centro de Psicología ‘Aprende a Escucharte’, en Madrid, y autora del libro ‘Borrón y cuenta nueva: 12 pasos para una vida mejor’.

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