Ha superado un desafío tremendo con un balance sobresaliente

El Circo de Teresa: La sanidad pública madrileña da una lección a los doctores en demagogia

Estupendos profesionales y unos recursos valiosos que todos los ciudadanos pagamos

No es un patrimonio del PP, sino de los españoles en general, y ponerlo en entredicho a la búsqueda de un beneficio político es improcedente, irresponsable y, sobre todo, injusto

Teresa se ha salvado. De una enfermedad terrible, el Ébola, que amenaza a 1,5 millones de africanos, tiene una mortalidad de hasta el 80% según la cepa y de la que no había precedentes en toda Europa.

Olvidemos un momento el ruido, ensordecedor en esta España retratada a garrotazos endémicos como el cuadro de Goya; prescindamos de los garrafales errores de comunicación de los responsables políticos, de las torpezas y agresiones gratuitas; obviemos también los dichosos fallos de protocolo y prescindamos -unos minutos al menos- del legítimo debate sobre el futuro y la sostenibilidad del sistema sanitario, trufado siempre de intereses gremiales y políticos que desvían la atención, agrandan artificialmente el problema, asustan gratuitamente al usuario e impiden la búsqueda de soluciones a las taras que sí existen aunque no den para tata escandalera.

Lo que queda es que la sanidad pública madrileña, con su estupendos profesionales y unos recursos valiosos que todos los ciudadanos dedicamos a tan crucial servicio, ha superado un desafío tremendo e inédito con un balance sobresaliente: la auxiliar de enfermería, voluntaria y sólo por eso digna de aplauso, ha superado la enfermedad, y al menos hasta ahora nadie más ha contraído el letal virus.

Es un hecho, incontestable, frente a esa realidad apocalíptica que de manera temeraria se vende desde hace siglos en la Comunidad de Madrid, por tanto supuesto defensor del servicio que, en la práctica, ha sido el mejor comercializador del seguro médico privado: tanto temor sembraban que cualquiera, a poco dinero que lograra ahorrar, se apuntaba a una sociedad privada para sortear la muerte segura que le aguardaba en su centro de referencia.

Olvidemos un momento el ruido, ensordecedor en esta España retratada a garrotazos endémicos como el cuadro de Goya.

Como pedía Shakespeare a través de Lady Macbeth, no dejemos que los árboles impidan ver el bosque tras una emergencia en la que todos, en lo sustantivo, han tenido al final una respuesta eficaz y solvente que ha demostrado que estamos preparados para casi todo.

Éste no es un patrimonio del PP, sino de los españoles en general, y ponerlo en entredicho a la búsqueda de un beneficio político es improcedente, irresponsable y, sobre todo, injusto con el ciudadano: tiene -tenemos- derecho a acostarnos pensando que ese Estado que en tantas otras cosas nos martiriza -un saludo cordial, señor Montoro-, en las cruciales está a la altura de nuestro esfuerzo y de nuestras necesidades.

No se puede felicitar a los profesionales sanitarios y poner en duda la calidad del servicio para el que trabajan, como no se puede poner en cuarentena a éste sin, a la vez, sembrar sospechas sobre el rendimiento de sus trabajadores: es un todo, gobierne quien gobierne, y quienes lo gestionan o desarrollan tienen la misma obligación ante el usuario: no asustarle, defender lo que hacen, cuidar su imagen como servicio esencial y buscar, constructivamente, cuantas mejoras sean precisas para que esa tranquilidad ciudadana no peligre.

Nunca nadie debió exigir el impacto cero de una epidemia tremenda a no tantos kilómetros, y nunca nadie debió comprometerse a ello: lo sensato, en una sociedad madura en todos los frentes, hubiese sido aceptar la posibilidad de varios contagios y, a continuación, recalcar y demostrar que estábamos preparados: eso hubiera colocado a Teresa en el lugar que le corresponde (una víctima en el valeroso desempeño de su plausible oficio) y hubiese restado polémica a la razón del contagio, transformado aquí en una bochornosa disputa que prescindía de la evidencia de que, en cualquiera de los casos posibles, el objetivo era saberlo para prevenirlo y no para culpar a nadie.

El ciudadano tiende a comportarse como un menor de edad caprichoso cuando tiene ante sí a políticos sin autoridad o con miedo, y esa combinación es terrible para superar cualquier problema que mide nuestros valores colectivos y retrata nuestra capacidad de sufrimiento y superación. Ambas, en España, me temo que muy bajas, tanto como para que un recién llegado con todo por demostrar, El Mesías de Vistalegre parezca la solución milagrosa.

La ministra Ana Mato ha estado torpe, insegura y confusa, quizá porque su imagen ya venía lastrada de origen y en circunstancias tan adversas se comprueba por qué hay que saber dejarlo en tiempo y formas. Y el consejero de Sanidad, Javier Rodríguez, estuvo además zafio e incomprensiblemente hiriente.

Pero ambos, y los departamentos que encabezan pero son de todos, han trabajado hasta la extenuación por conseguir algo que hace una semana se antojaba imposible: evitar la muerte de Teresa y, aún más, eliminar o limitar una extensión de una epidemia que, en realidad, sólo lo ha sido de pánico.

Nunca ha sido presentable confundir al respetable con la eficacia de la sanidad española para resaltar los sonrojantes errores escénicos de sus responsables, pero ahora además es impresentable viendo el desenlace.

La mejor sanción que esos excesos merecería es no responder con otro circo que se llevara por delante el derecho de todos a disfrutar del momento y a brindar, si vale la expresión, por el estupendo rendimiento de la sanidad pública madrileña en su conjunto, sin truco arteros que pretendan el imposible de reconocer a los profesionales mientras se criminaliza al servicio.

Ojalá Teresa entienda esto y, al salir, no se sume a un espectáculo que denigra su sacrificio, su valía y su capacidad. Ella nunca dejó de ser una heroína, se contagiara por un accidente laboral o por una fallo de protocolo comprensible -si todo fuera culpa de la pobre Mato, allá donde no es ministra no habría casos y aquí donde sí lo es tendríamos enfermos a otros 80 profesionales sanitarios-, y por eso sería tristísimo verla alimentar la ola de demagogia que durante estos días la ha utilizado más que atendido.

Viendo y escuchando el bochornoso discurso de unos cuantos agitadores sindicales y políticos, a Teresa no le faltará ocasión de decidir si alimenta el fuego absurdo o lo apaga con su ejemplo personal.

Sólo así a todos no nos costará suscribir una secuencia de elemental sentido común: aplaudir a rabiar a los profesionales, felicitarnos por la eficacia de la sanidad pública, esperar que sus responsables políticos dejen paso sin flagelarse a otros menos tocados y, por último, abuchear a cualquier espabilado que intente enmierdar lo que es, pese a todo, un éxito colectivo.

En esta tarea, sus familiares, los medios de comunicación y el conjunto de la clase política tienen alguna responsabilidad, y no menor: reflexionar sobre qué han hecho mal, rematadamente mal, para que un único caso en un país con 47 millones de personas, nos ha hecho vivir como si estuviéramos todos a punto de morir.

Hemos representado, con infinito patetismo, la célebre Guerra de los Mundos de HG Wells, esa invasión alienígena inexistente que al ser radiada por Wells en la CBS provocó un terror absurdo en la ingenua sociedad americana.

Que Teresa sea el contrapunto sensato a tanta locura y tanta sandez es algo que sólo ella puede decidir, por mucho que el parte de la demagogia -qué bien no tener que volver a oír el médico- no suscite optimismo: ni la compañera del metal sindical ni la portavoz familiar ni su propio marido -ahora ya se puede decir- han estado acertados y nadie con conocimiento de causa apostaría ahora por una curación igual de necesaria para recuperar la cordura.

Por mucho que duela el perrito, querida Teresa, a usted la han curado cuando todos llorábamos ya su muerte. Nos debe una sonrisa, no otra bronca.

 

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