La médico a la que la auxiliar acusó de recetarle una aspirina cuando iba con ébola, se querella por injurias y calumnias

Todo por la pasta: Teresa Romero dice ahora que confesó haberse tocado con un guante porque se sintió coaccionada

La primera contagiada por ébola en suelo europeo, curada totalmente, fue la gran invitada del programa 'Un tiempo nuevo' de Telecinco

Todo por la pasta. Cuando estaba postrada en el lecho del dolor y su vida pendía de un hilo, entró por teléfono en CuatroTV y le dijo alto y claro a Jesus Cintora que nunca había comunicado a la médico que la atendió en Urgencias que había estado tratando enfermos de ébola.

A esas alturas ya había repitido varias veces que creía haberse infectado al tocarse con un guante al quitarse el traje de protección.

Ahora, curada del todo gracias a la Sanidad madrileña y con la vista puesta en las indemnizaciones que intenta conseguir por vía judicial, dice todo lo contrario.

La enfermera Teresa Romero, primera contagiada por ébola en suelo europeo, fue la gran invitada del programa ‘Un tiempo nuevo’ de Telecinco en su edición de este sábado 29 de noviembre de 2014.

Fieles al guión, la productora del programa y los implicados aseguran que ha ido al plató sin cobrar. En cualquier caso, aprovechó la ocasión para intentantar pavimentar el terreno de cara a posibles cobros futuros:

«Todavía no estoy bien como estaba antes. Todavía estoy débil, y anímicamente tampoco estoy bien. Pero ya me advirtieron que esto es así», comenzó relatando, antes de asegurar que quiere «estar bien, como estaba antes».

«He estado callada ocho semanas. Cuatro en una habitación de aislamiento y otras cuatro porque no estaba bien de salud».

Teresa Romero comenzó asi su relato:

  «Viene un misionero de Liberia, a mí me apetece un montón y yo me presento voluntaria»; nunca piensas que hay riesgo, o sí que lo hay, pero nunca que te va a tocar a ti».

«No entras con miedo a esa habitación. Entras tranquilo, sin pensar que te vas a contagiar y procurando hacer tu trabajo de la mejor manera posible. Entras como te han enseñado».

«Con Miguel Pajares, el primer misionero, gente que ya se había puesto el traje dijo que no podía entrar, que estaban muy nerviosos. Los propios compañeros decían que no entrasen, que no pasaba nada, que ya entraría otra persona más preparada psicológicamente».

«Ojalá nos hubieran hecho un curso, pero la verdad dista mucho de eso. Con el primer misionero, yo entro en mi turno, nos anuncian que va a venir y sólo me falta saber qué tengo que hacer. Es todo una incógnita y una novedad, una enfermedad nueva en España y desconocida para todos. Entro a las 10, a las 11 nos reúnen a todos en una habitación. Nos enseñan a ponernos el traje, sus componentes y cómo se quita. No hay curso ni acreditación. Sólo una charla».

«Tras el fallecimiento del segundo misionero, estuve en esa habitación 50 minutos, cuando lo recomendado es estar 20 minutos. Al quitarte el traje, te desvistes en una esclusa, y te van dando unas instrucciones. Siempre tiene que haber alguien preparado, que no puede ser un vigilante de seguridad o un celador. Esa noche me dio instrucciones un compañero que no estaba preparado.»

«A día de hoy todavía no sé cómo me he contagiado».

«Pasan los días y llega un momento que empiezo a tener fiebre. Me pongo en contacto con el médico, se lo digo y me voy con un paracetamol, pese a que le comento que estuve en contacto con enfermos de ébola».

«La gente que me atendió en mi casa y en la ambulancia vino sin protección. La ambulancia tengo entendido que después atendió siete traslados más, y alguno estuvo en observación, pero afortunadamente puedo decir que yo no he contagiado a nadie».

«Era penoso ver a los que me atendieron en Alcorcón, con el equipamiento que tenían. Y tampoco tenían formación. Venían con una bata verde y unos guantes. Yo les advertía de que se les veía la muñeca».

«A mí no me comunica nadie que tengo ébola. Yo empiezo a sospechar porque dejan de venir. Miro ‘El País’ digital y salgo yo con mi perro, y leo que he dado dos positivos. Pero nadie me lo comunicó; no tuve pánico, era una situación de angustia, de preguntarme ‘y ahora qué'».

«Un médico me sometió a un interrogatorio para saber cómo me había contagiado del ébola. Ese interrogatorio no tenía que haber sucedido. Me dijo que no iba a salir de la habitación hasta que se lo dijera. Yo estaba tan asustada que ni entendía lo que me decía. Me estaba agobiando. Por no seguir, acabé diciendo que a lo mejor me había tocado con el guante. Y el hombre seguía insistiendo y diciéndome que a lo mejor me había llevado un objeto del misionero. Me sentí coaccionada».

«Lo de Excálibur fue un sacrificio que hace daño, innecesario, que no tuvo sensibilidad ninguna. Es lamentable. Y se va a seguir haciendo con el nuevo protocolo. Es penoso. Pienso en Excálibur todo el día. Era más que un perro. Era mi vigilante y mi compañía. Por eso es por lo que rompo a llorar todos los días», lamenta, asegurando que «no hay derecho, te quitan algo que es tuyo y lo han hecho mal, como todo».

«Hay unos responsables que la gente les ha elegido, pero que hacen cosas sin pensar, sin ninguna sensibilidad. Pues no deberían estar ahí. Yo pienso que algún tipo de justicia se tiene que hacer en este caso, iré donde tenga que ir y haré lo que tenga que hacer».

 «Si una persona no hace una buena gestión no debe seguir ahí mucho más tiempo».

«Yo llegué a mi casa y faltaba el 90% de mis cosas, y el otro 10% estaba descolocado, sucio u oxidado. Me han desaparecido las cafeteras caras y me han dejado los más baratos. De los bikinis me dejan la parte de arriba y me tiran la de abajo. Me planteo cuál ha sido su criterio».

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