Salud

No se puede comer lo mismo a los 65 años que a los 40

No se puede comer lo mismo a los 65 años que a los 40
Ciclo vital YT/Imagen ilustrativa

No hay duda de que mantener una dieta equilibrada contribuye positivamente a mantener una buena salud, prevenir enfermedades y disfrutar de una mayor longevidad. Según se avanza en edad, el organismo cambia y realizar una alimentación adecuada cumplidos los 65 años se hace igual de imprescindible para disponer de una buena calidad de vida.

Sin embargo, muchas personas mayores tienden a descuidar su forma de alimentarse. Son diversas las razones, tal y como quedó patente durante la jornada «Conversaciones de Mayores», organizada por ABC y Obra Social «la Caixa» en Murcia. Una de ellas es, según destacó Magda Carlas, doctora del departamento de Nutrición de la Clínica Eugin de Barcelona, la pérdida de apetito. «Cada edad tiene sus peculiaridades a la hora de comer; no se alimenta igual una persona de 40 años que una de 70. Según se avanza en edad el metabolismo cambia, genera menos jugos gástricos, se saliva menos, se padece mayor estreñimiento, surgen problemas de dentadura que dificultan en cierta medida la ingesta de determinados alimentos, se pierde el sentido del olfato y el gusto, los problemas de movilidad física favorece que pasen menos tiempo cocinando o realizando la compra -cualquier cosita les vale para comer- e, incluso, la soledad también les influye reduciendo el apetito porque a nadie le gusta comer solo».

«A partir de la sexta década de vida el cuerpo disminuye la absorción de nutrientes y es más fácil que tenga carencias»

Pese a todo ello, esta doctora quiso matizar que todos estos cambios no se producen de golpe, sino que van apareciendo de forma progresiva, pero insistió en la necesidad de no descuidar la alimentación porque sus efectos pueden ser muy negativos debido, entre otros motivos, a que el cuerpo humano a partir de la sexta década de vida disminuye la absorción de nutrientes y es más fácil que hayan carencias que perjudiquen y deterioren el organismo. «Todo ello motiva, por ejemplo, que las arterias pierdan elasticidad, lo que posibilita la aparición de hipertensión o de enfermedades cardiovasculares y que se pierda masa muscular y ósea».

Fuente original: Laura Peraita, ABC/Leer más

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