EL HOMBRE Y SU HUELLA

La espantosa historia de Nikolái Vavílov, el científico que quiso alimentar al mundo y murió de hambre

La espantosa historia de Nikolái Vavílov, el científico que quiso alimentar al mundo y murió de hambre
Nikolái Vavílov YT

La historia de la ciencia está repleta de científicos que han quedado en el olvido. (Este ‘pienso para pobres’ pretende acabar con el hambre pero abre un debate sobre la dignidad)

Quince años antes, mientras estaba recolectando semillas en los campos ucranianos, la policía secreta soviética se lo llevó sin dar explicaciones, según recoge Dalia Ventura en BBC Mundo.

Vavílov, uno de los más admirados biólogos del mundo y un destacado pionero en el campo de fitomejoramiento y genética, desapareció sin dejar rastro. (¡Libertad!: Acabemos con el terror y el hambre del dictador Maduro).

Nadie supo que lo habían arrestado bajo cargos de espionaje, sabotaje y destrucción, ni que lo habían condenado a muerte en un juicio secreto en 1941, una pena que fue conmutada por 20 años en un gulag.

Documentos publicados después mostraron que antes del juicio amañado, la policía, en busca de una confesión, lo había sometido 1.700 horas de interrogatorio brutal durante 400 sesiones, según el experto en taxonomía vegetal Geoffrey Hall.

Ni su esposa ni su hijo ni sus colegas se enteraron de que, mientras la URSS luchaba contra los nazis, las condiciones en el gulag se deterioraron a tal punto que, tras tratar de sobrevivir comiendo repollo congelado y harina mohosa, Vavílov murió de hambre el 26 de enero de 1943.

Pero eventualmente todo se supo.

Y quienes se enteran de la historia de Vavílov no pueden pasar por alto la amarga ironía de que el hombre que dedicó toda su vida a terminar con las hambrunas en el mundo, murió de inanición.

Pero para muchos investigadores, la trágica vida de este soviético es una lección de cómo la política puede pervertir el desarrollo científico y detener el avance tecnológico.

Vavílov nació en 1887 en Moscú. Para ese entonces, Rusia ya tenía una larga historia de hambrunas provocadas por sequías o eventos meteorológicos catastróficos que mataban a millones de personas.

De hecho, durante sus 56 años de vida vivió varias, aunque las causas de la última de ellas no fueron naturales, sino políticas.

En la Rusia Imperial de su juventud, bajo el autocrático régimen de los zares, las pérdidas de cosecha eran frecuentes.

Ver el sufrimiento que causaba la falta de alimentos lo convenció de que era imperativo hacer algo para que eso no volviera a ocurrir jamás en ningún lugar del mundo.

Fue así que, cuando estudió se interesó especialmente en las entonces emergentes disciplinas científicas de la botánica y genética.

La idea del soviético era cultivar plantas que pudieran soportar condiciones adversas.

Para eso, planificó expediciones científicas para recolectar semillas de variedades de cultivos y sus ancestros silvestres.

Comenzó en las «áreas en las que la agricultura se ha practicado durante mucho tiempo y en las que surgieron civilizaciones indígenas», explica el etnobiólogo Gary Paul Nabhan, autor de «De dónde viene nuestra comida: tras las huellas de la misión de Nikolái Vavílov para acabar con el hambre».

¿Por qué?

Porque Vavílov fue uno de los primeros científicos en reconocer la importancia de la diversidad genética.

Entonces había que retornar a los lugares en los que la humanidad había empezado a domesticar las plantas para poder rescatarlas.

Durante milenios los agricultores habían seleccionado las especies que proveían alto rendimiento y buen sabor.

En el proceso, los genes que conferían propiedades útiles, como la resistencia a enfermedades y a los cambios bruscos de clima, se habían perdido.

El resultado: comida de mejor calidad pero cultivos menos resistentes, un rasgo que ha cobrado muchas vidas a lo largo de la historia.

Entonces, la única manera de devolverle a las plantas esos genes perdidos era encontrar sus ancestros silvestres y aprovechar su patrimonio genético.

En una época en la que las palabras «genes» y «genética» acababan de hacer su debut, Vavílov trazó su plan basándose en las leyes de Mendel.

Eso lo puso a la vanguardia en la corriente principal del pensamiento científico de aquel entonces. Y no pasó desapercibido.

En los primeros años después de la Revolución de 1917, Vladimir Lenin comprendió el poder económico del sueño de Vavílov y lo apoyó en sus expediciones, pensando que convertiría a la URSS en líder de la producción mundial de alimentos.

El científico lanzó un programa de exploración de plantas en todos los continentes.

En total organizó (y con frecuencia encabezó) 115 expediciones a 64 países, entre ellos Afganistán, Irán, Taiwán, Corea, España, Argentina, Bolivia, Perú, Brasil, México y EE.UU.

Llegó a ser director de la Oficina de Botánica Aplicada y presidente de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética, lo que puso a su disposición una gran cantidad de estaciones de experimentación.

Bajo su mando, tuvo unas 25.000 personas dispersas en toda la URSS.

En un antiguo palacio zarista en Leningrado (hoy San Petersburgo) estableció uno de los primeros bancos de semillas del mundo y el más extenso de su época.

Pero tras la muerte de Lenin en 1924, el sueño se empezó a transformar en pesadilla.

Vavílov venía de una familia de comerciantes, hablaba 15 idiomas y era inmensamente popular y exitoso.

Tenía una confianza suprema en sus conocimientos y era un defensor obstinado y talentoso de sus principios.

Además, valoraba la integración de ideas científicas de todo el mundo, mantenía contacto con homólogos de muchos lugares e incorporó la obra de científicos no rusos a su trabajo, incluidas las del austríaco Gregor Mendel y el británico Charles Darwin.

Pero en la URSS liderada por los estalinistas, los científicos afiliados a personas fuera del país eran vistos como posibles conspiradores contra el gobierno.

Además, el sucesor de Lenin, Iósif Stalin, no tenía paciencia para estrategias a largo plazo como el plan de seguridad alimentaria global que Vavílov tenía en mente.

Por otro lado, a Stalin y sus camaradas les resultaba demasiado burgués aquello de que las plantas podían heredar y transferir genes.

Pero ir en contra de una personalidad de la estatura de Vavílov no era fácil… hasta que se conjugaron una hambruna y una alternativa científica.

Años antes, Vavílov había invitado a un joven campesino ucraniano «que siempre estaba cubierto de barro» a trabajar con él como un joven asistente de campo.

Su nombre era Trofim Lysenko.

Tan impresionado estaba Vavilov por la diligencia y el entusiasmo de Lysenko que lo nominó a la Academia de Ciencias de Ucrania en 1934.

Lo que no sabía Vavílov era que Lysenko le tenía un profundo resentimiento y solo estaba esperando la oportunidad para perjudicarlo.

La última hambruna de la que fue testigo Vavílov se debió en gran parte a la colectivización de granjas privadas por parte de Stalin, que las convirtió en un sistema de producción de línea y redujo considerablemente los rendimientos.

Stalin necesitaba un chivo expiatorio para la hambruna y el fracaso de su colectivización de granjas y Vavílov era el candidato ideal.

Le dio 3 años para producir variedades resistentes a todo, a pesar de que Vavílov había especificado que científicamente no podía lograrse antes de los 10 o 12 años.

Paralelamente, Lysenko lanzó su ataque con el poderoso respaldo del cuerpo gobernante de la URSS.

La ideología de Lysenko es hoy considerada como pseudociencia.

Estaba basada predominantemente en el rechazo a la genética mendeliana y todo lo que sustentaba la ciencia de Vavílov.

Lysenko y sus colegas lamarckianos (seguidores del desmitificado biólogo Jean-Baptist Lamarck) eran conocidos como «biólogos progresistas» y sostenían que se podían cambiar las características heredadas solo alterando las condiciones externas en las que vivía una planta o animal.

Aseguraban, por ejemplo, que el maíz crecería pronto en el helado extremo norte del país.

Nada de eso era respaldado por evidencias científicas.

Las discusiones entre los partidarios de la genética y los lamarckianos se llevaban a cabo tanto en la prensa como en reuniones especiales, en las que Vavílov era el orador principal y trataba de presentar argumentos científicos para oponerse a las declaraciones sin fundamento de Lysenko.

Pero todo fue en vano.

En unos pocos años, Vavílov (al que Lysenko calificó de «reaccionario, burgués, idealista y formalista») fue aislado política y académicamente.

Ya no se le permitió dirigir delegaciones soviéticas a foros internacionales sobre genética de plantas, al tiempo que sus expediciones fueron reducidas considerablemente y restringidas a lugares en el «exterior cercano», como Crimea y Ucrania.

Su integridad profesional se vio afectada por una avalancha de ataques politizados y sus privilegios académicos fueron eliminados.

Finalmente, un día de 1940, llegó un auto de la policía secreta y se lo llevó.

Mientras Vavílov estaba desaparecido, su colección de semillas estaba en peligro.

Adolfo Hitler había instado a sus fuerzas a que asediaran Leningrado y dejaran morir de hambre y frío a la población.

El sitio duró casi 900 días: desde septiembre de 1941 hasta enero de 1944.

Ante la amenaza de que la colección de unas 370.000 semillas, frutas y raíces guardadas en una bóveda secreta cayeran en manos de los nazis, de la población hambrienta o de las ratas, el equipo de Vavílov formó una milicia.

Unas 700.000 personas murieron de inanición durante el asedio de 3 años, incluidos varios de los colegas de Vavílov que se atrincheraron con la colección oculta y lograron protegerla, incluso a costa de sus propias vidas, que habrían podido salvar comiéndose lo parte de lo que estaban custodiando.

«Salvar esas semillas para las generaciones futuras y ayudar al mundo a recuperarse después de la guerra fue más importante que la comodidad de una sola persona», contó uno de ellos, según Nabhan

En 1948, la Academia Lenin anunció que el lysenkoísmo debería enseñarse como la única teoría correcta y así fue hasta mediados de los años 60.

Y si bien se perdió mucho de su trabajo, el legado de Vavílov hoy está más presente que nunca.

Su banco de semillas en San Petersburgo hoy se llama «Jardín Botánico e Instituto de Investigación Panruso N.I. Vavílov» y, aunque sufriendo de privaciones, siguen en funcionamiento 12 de sus estaciones de investigación satelitales dispersas en diferentes regiones climáticas de Rusia.

Asimismo, su clasificación de los «centros de origen» (regiones donde se inició el proceso de domesticación de una especie y donde existen sus parientes silvestres que originaron este cultivo) es considerada como una de las más completas y, con algunas modificaciones, sigue vigente.

Según Nahab, su legado es aún mayor.

«Todas nuestras nociones sobre la diversidad biológica y la necesidad de diversidad de alimentos en nuestros platos para mantenernos sanos brotaron de su trabajo».

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido