ES UN HOLANDÉS QUE SE ESCAPÓ DE CASA

El misterio de Ray, el ‘Niño del Bosque’, era una fina estafa

Fingió durante 15 meses en Alemania ser un joven salvaje que creció en la naturaleza

Será acusado de abuso del sistema social y podrían reclamársele los 1.800 € mensuales de su mantenimiento, más 240 al mes de dinero de bolsillo, así como el tratamiento psicológico en la Charité de Berlín

El chaval tiene mérito, porque ha engañado durante casi un año a la policía alemana y a los expertos de la Universidad Humboldt. Especialistas en ADN de Interpol y de la CIA han trabajado rastreando bancos de datos para dar con su identidad hasta que la mentira de Ray ha llegado a su fin.

La policía holandesa y la alemana no han querido difundir su nombre debido a leyes que protegen la intimidad, pero la cadena estatal holandesa NOS entrevistó a varios de sus amigos y estos revelan que es holandés y se llama Robin van Helsum.

LA HISTORIA Y EL ENGAÑO

Apareció indocumentado en Berlín el 5 de septiembre de 2011, durmiendo en el banco del parque de Tiergarten y fue conducido por la policía local a una comisaría donde el chico comenzó a interpretar concienzudamente un papel que no volvió a abandonar durante 15 meses.

Decía tener 16 años y haber vivido en los bosques durante los últimos cinco con su padre, aunque en su relato había lagunas temporales que podían ser atribuidas a la pérdida de conciencia del paso del tiempo propia de una vida de ermitaño.

Apenas tenía recuerdos de su infancia, pero sí guardaba memoria del nombre de su madre, Dorren, a la que describía como de cabellos dorados y «con una brillante sonrisa». Contaba que, tras su muerte en un accidente, su padre y él se fueron a vivir al bosque y que así había pasado unos cinco años, periodo que no era capaz de precisar con exactitud.

Pero también su padre enfermó y, antes de morir, había dado al chico unas sencillas instrucciones: debía enterrar cristianamente su cuerpo y después «caminar en dirección norte hasta encontrar la civilización». Y así lo había hecho, siempre según el relato de Ray.

Desde un principio, la policía encontró ciertas incongruencias en su historia.

La tienda de campaña monoplaza en su mochila no parecía estar usada durante tantos años y las manos del chaval eran más finas de lo que puede esperarse en una persona que vive cortando leña, cazando su comida y construyendo sus propios refugios.

Comía con las manos, simulando no saber utilizar correctamente los cubiertos, pero sus preferencias alimenticias eran las de casi cualquier joven de su edad y no hacía ascos a productos que debería haber desconocido, como el ketchup o la mayonesa.

Hablaba solamente inglés, así que la policía alemana repartió su foto a través de Interpol con la esperanza de que alguna familia reconociese al hijo fugado o que algún conocido ayudase a esclarecer su identidad.

Su historia dio la vuelta al mundo y fue apodado por los medios como El niño del bosque, pero nadie preguntó por él durante más de un año.

Una vez agotadas las consultas en las listas internacionales de desaparecidos, comenzaron los cruces de datos de ADN, también sin resultados. De forma que las autoridades alemanas comenzaron a aferrarse a lo único que les quedaba, la historia del propio Ray.

Psicólogos de la Universidad Humboldt analizaron al chico, que tapaba las contradicciones en los interrogatorios con un supuesto shock sufrido tras la muerte de su padre, la única persona viva a la que decía conocer, y la experiencia de tener que enterrarlo él mismo.

La policía peinó bosques enteros en los alrededores de Berlín buscando una tumba que nunca apareció y los antropólogos del Instituto Max Planck se ilusionaron con la posibilidad de haber encontrado al buen salvaje de Rousseau, al que las leyes alemanas de protección del menor impedían investigar como les hubiese gustado.

Sí permitió el Ayuntamiento de Berlín un estudio de lingüistas de Leipzig sobre la evolución de la lengua en un contexto de aislamiento y ajeno a la experiencia social, que habría dado sin duda estimulantes resultados si no fuera porque la lengua materna de Ray no era el inglés, aprendido en el colegio, sino el holandés.

Cuando creían que el chico estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, los asistentes sociales que durante meses habían trabajado en su reinserción social se plantearon solicitar para él la nacionalidad alemana, puesto que la situación carecía de marco legal.

Durante el procedimiento, se volvió a repartir su foto como parte de un proceso rutinario a medios de comunicación públicos europeos y su madrastra, en la localidad holandesa de Hengelo, reconoció a Robert van H., su verdadero nombre, según confirmó este 16 de junio de 2012 la portavoz de la policía Charlotte Westerhoff.

Una investigación en esta ciudad de unos 80.000 habitantes permitió el sábado que, en sólo unas pocas horas, fuese identificado también por otros tres familiares, varios compañeros de estudios y una ex novia.

El propio Robert, enfrentado a estos hechos, reconoció la verdad en el hogar de acogida de Tempelhof en el que vive.

Abandonó su ciudad con 19 años, por lo que no constaba como desaparecido ni era reclamado. Ahora será acusado de abuso del sistema social y podrían reclamársele los 1.800 euros mensuales de su mantenimiento, más 240 al mes de dinero de bolsillo, así como el tratamiento psicológico en la Charité de Berlín.

 

Te puede interesar

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído