Psicología de los pueblos

Sobre algunos ismos: Horror y terrorismo en Barcelona

Los -ismos desagradables, esos que se engordan nada más nombrarlos, terminarán fundidos en una multitud que, esbeltamente, mira hacia el futuro

Paseo los ojos por los titulares de los periódicos del domingo y parece todo un poco deprimente. Huele a ganas de guerra, ése terrible jinete del apocalipsis, que ahora lleva en su fogosa boca cabezales nucleares y cuya furia no deja de servir augurios cada vez más sombríos. También saltan por doquier las imágenes del odio y la intolerancia a tenor de lo que sucedió en Charlottesville, Virginia.

Desde EEUU, se mira hacia Asia con fruición, pero también con esa ojeada tan larga y tan inmensa como el mismo continente. Pues, pícame Juan y pícame Pedro que, a lo tonto, a lo tonto, nos mandamos unos misiles balísticos de nada y nos desayunamos con un plan intercontinental que afinen los mayores núcleos urbanos y unos cuantos milloncillos de seres humanos menos, que somos muchos.

Por eso, actualmente, el negocio que está subiendo como la espuma es el de la construcción de refugios anti-nucleares privados y carísimos, desde luego. Dejamos atrás la habitación del pánico entre las mansiones de nueva factura, y ya se puede albergar un sótano antinuclear para cualquier tarde relajada de domingo. Obviamente yo no lo tengo, por eso estoy aquí inmersa en el pasado, contemplando unos tipos que llevan esvásticas en la calle, saludan con el brazo en alto, unos cuantos rapados, otros barbudos al estilo del General Lee, cuya estatua terminó de perderse de donde estaba.

Y hete aquí que sucede lo de Barcelona y lo de Cambrils, con ese reguero de seres humanos que inocentemente paseaban por el punto más neurálgico de la ciudad que llega hasta el corazón de la plaza de Cataluña. De nuevo gentes embebidas de odio y violencia estallan su frustración contra los demás, arrebatándoles lo único que tienen y tenemos todos: la vida. Esa misma que tanto el odio como el amor entregan sin contemplaciones.

Preguntarse adónde vamos a parar con esto parece casi insulso. Pero está claro que ésos pocos que han obrado de la misma manera ocho veces en Europa, los resentidos e inadaptados del sur estadounidense, son pequeños grupos que repiten una y otra vez sus «llamadas de atención», a ver si se imponen sobre una ingente mayoría que, hace muchísimo tiempo que los dejó atrás. Por una vez, en la historia, es la gran masa de personas la que evolucionó en paz y quiere disfrutar.

Por eso y porque a pesar de que, a primera vista, suceda lo contrario, la mano extendida regalando ayuda es más grande y amplia que el choque de un vehículo con un solo cuerpo. La solidaridad inmediata es ciclópea al lado de una esvástica. El respeto es un tsunami gigantesco que barre a cinco lamentables suicidas estallándolos contra su propia verdad. El heroísmo se agranda al mismo ritmo de un protector perímetro policial. El orden colectivo se restablece en cuanto tenemos conciencia del otro, de dónde estamos y de qué hacemos. Los -ismos desagradables, esos que se engordan nada más nombrarlos, terminarán fundidos en una multitud que, esbeltamente, mira hacia el futuro.

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