Visita a las fronteras del ecologismo

Así es Veganópolis; el lugar donde las gallinas llevan jersey

El Hogar es la otra cara de la moneda de las catárticas vigilias veganas, un santuario animal donde reina la camaradería entre especies

Así es Veganópolis; el lugar donde las gallinas llevan jersey
Gallina EP

Hay gente para todo en este mundo. Las vigilias veganas que hace dos semanas asomaron el hocico en estas páginas (recuerden, veganos que acompañan y consuelan al ganado en sus últimos instantes de vida antes de entrar en el matadero) tenían, como se prometió entonces, un segundo capítulo, una visita a un recóndito santuario donde, por hache o por be, han llegado rescatados unos 200 animales de una decena larga de especies, que tras burlar a la muerte se están dando la gran vidorra. Entonces, en aquella primera entrega, ya se prometió que en el segundo capítulo habría incluso una gallina con jersey. Pues hela aquí, nada menos que una rolliza brolier, con su rebequita de punto, lo cual parecerá una oportunidad para echar una risas, pero que quede claro de antemano que, desde la perspectiva los veganos y argumentos no les faltan, se trata de una víctima del capitalismo más atroz, un híbrido que fue concebido en los años 20 en Estados Unidos pero que perfectamente podría haber salido de la isla del doctor Moreau. Sean bienvenidos todos a esta excursión periodística a El Hogar, el santuario vegano donde hasta los animales son veganos, según recoge Carles Cols en elperiodico.

Las vigilias, como se contó entonces, son nuevas en España, apenas hace un año que se celebran, pero El Hogar hace 15 ya que se fundó. Nada más entrar en la masía, en una mitad de una bucólica finca cerca de Falset, en la comarca del Priorat, llama la atención un estante con un par de decenas de tarros. Tiene aspecto de altar. Es un altar. Ahí se conservan las cenizas de los perros, vacas y corderos que pasaron a mejor vida durante su estancia en el santuario, listón que no es fácil de superar en un lugar como aquel.

¿Recuerdan ‘Rebelión de en la granja’? George Orwell, en aquella metáfora política, contó que los animales de la granja, tras expulsar al granjero Howard Jones, redactan los siete mandamientos de obligado cumplimiento. «Ningún animal usará ropa». «Ningún animal dormirá en una cama». En El Hogar, como poco se incumplen esa dos. Las gallinas usan jersey y (otra de las sorpresas) algunos animales (perros, gatos, un cachorro de jabalí y un par de pavos) pasan la noche sobre mullidas camas en habitaciones de la finca. Hay también un cuarto de los ratones, pero no como el de los terrores infantiles, sino una habitación naturalizada para que las ratas estén lo que se dice a gusto.

Llegados a este punto, que a lo mejor algún lector ha bajado la guardia (efecto colateral del pasmo y la risa), toca ya agriar el vino, poner fin a la fiesta, explicar las razones de todo esto. En El Hogar, la decena de perros que allí conviven son exvíctimas de maltrato o el resultado de traumáticos abandonos. A Neo, por ejemplo, no le responden los cuartos traseros y arrastra la panza por el suelo. Zorte, uno de los últimos en llegar, es una cría de jabalí que vio cómo un cazador mataba a su madre. Hay que dar biberón cada 40 minutos. Duerme con él Ana, una de las voluntarias. Hay una gata que a veces choca con la pared. Está ciega. Su esperanza de vida, en cualquier caso, es mayor que la del también gato y leucémico Bubongo. River es un cerdo que encontraron atrapado en el barro y olvidado por su dueño tras una riada. El pasado de la mayoría de habitantes de El Hogar es más duro que el de la cerillera del cuento.

El propósito de este arca de Noé es el mismo que el de las vigilias veganas, conseguir un clic en la conciencia de los carnívoros, ponerles cara a cara frente al precio ético que paga la sociedad por su dieta y, para ello, nada más punzante que las gallinas broiler, para las que el Coronel Sanders, fundador de la exitosa cadena KFC, debe ser el mismísimo belcebú.

Las broiler son una aberración de la naturaleza, un cruce forzado por la industria avícola estadounidense allá por los años 20, cuando el consumo de la carne de pollo era un lujo al alcance de pocos bolsillos. Los granjeros preferían comercializar los huevos antes que despiezar el animal. Lógico. ¿Qué hicieron? Hibridaron machos de la raza Cornish, los más cachas del gimnasio gallináceo, con hembras ponedoras de la rama genética Barred Rock. El resultado fue una bestia inaudita, que crece a la velocidad del rayo con un consumo mínimo de pienso, bastante tontorrona, además, se deja hacer. Bajo la piel apenas acumula grasa. Solo en Estados Unidos se sacrifican y consumen cada año más de 45.000 millones de ejemplares. No, no es un error al teclear. 45.000 millones. Las cifras de España también deben poner las plumas de punta.

La cuestión es que se trata de un pollo que el darwinismo jamás hubiera permitido. Su aparente robustez no le aporta ninguna ventaja evolutiva. Lo común es que no se sostenga muy bien en pie. Es, sin ánimo de amargarle a nadie el almuerzo, un monstruo. Son la industrialización del lema ‘punk’, vive rápido, muere joven y ten cadáver bien parecido. Comercialmente bien parecido. Para ser descendientes de los dinosaurios, o sea, un árbol genealógico para enmarcar, su vida es lastimosa. En El Hogar les tejen jerséis a medida.

El santuario es un lugar desconcertante, todo hay que decirlo. Los animales conviven en clima de camaradería. Que un pato y un carnero compartan el cuenco del agua no deja de sorprender. En realidad, a eso se dedican los responsables de El Hogar a través de su recomendable cuenta de instagram, a predicar que los animales, si andan bien servidos de yantar, aunque sea escrupulosamente vegano, son simpatiquísimos. Ellos (los animales) posan para las fotos y ellos (los humanos) recogen los frutos. Según Elena Tova, una de las portavoces del santuario, Angelines, una cerda, tiene una legión de seguidores. Es una activista más.

Los cerdos, por si alguien se lo pregunta, no son tan marranos como parece. Bien aseados hasta son estupendos animales de compañía. Los más chicos no tienen vetado el acceso al interior de la masía. La foto que encabeza el texto habla por sí sola.

Este santuario funciona a partir de donativos y de voluntarios. Los han tenido hasta de Japón. Igual que las vigilias veganas tenían algo de terapia catártica para quienes participaban, las estancias en El Hogar parece que colman las necesidades de quienes, por ejemplo, velan por la salud de una oveja anciana, Zoe, que ya no se tiene en pie, y a la que cada dos horas levantan a peso para darle la vuelta, para que no se llague y le caliente el sol por el otro lado. La eutanasia no es una alternativa en El Hogar.

La finca, en un lugar recóndito del término municipal de Marçà, es realmente muy grande. La densidad de población animal es muy baja. Hay algunas cercas, por poner un poco de orden y, en un caso en concreto, por respeto a la intimidad de una vaca famosa, Margarita, de la que se habló, y mucho, durante el verano del 2017.

Margarita, como se supo entonces, fue criada como un miembro más de la familia por un matrimonio de Tortosa. Cuando la Generalitat supo de su existencia se encendieron las alarmas sanitarias. Desde el punto de vista administrativo era una vaca fuera de todo control, posible portadora de enfermedades que podía transmitir a la cabaña ganadera catalana. Se ordenó su ejecución.

La suerte y la desgracia de Margarita fue que todo aquello ocurrió en verano, cuando las noticias de este tipo entran más fácilmente en ebullición. Los activistas de El Hogar organizaron un rescate que ni el Mossad. Una vaca son palabras mayores. Fue su salvación, pero de aquellos traumáticos meses, a Margarita le ha quedado una profunda aversión a las cámaras. Quiere ser como un Salinger que no dice ni mu.

El Hogar, sirva como posdata, tiene previsto trasladarse tan pronto como pueda. Se va de la comarca de la vid a Osona, la comarca del embutido. Eso es activismo, sí señor.

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