¡Deja de tratar de ser feliz! No estamos diseñados para serlo

¿Sabías que no estamos programados para ser felices?

¿Sabías que no estamos programados para ser felices?

Una gigantesca industria de la felicidad y el pensamiento positivo, valuada en cerca de US$11.000 millones al año, ha contribuido a crear la fantasía de que alcanzar la felicidad es un objetivo realizable, según recoge el autor original de este artículo Rafael Euba en he Conversation vía BBC y comparte Manuel Trujillo para Periodista Digital.

Perseguir el sueño de la felicidad es un concepto muy estadounidense, exportado al resto del mundo mediante la cultura popular.

De hecho, la «búsqueda de la felicidad» es uno de los «derechos inalienables» de los estadounidenses.

Desafortunadamente, esto ha contribuido a crear una expectativa que la vida real se niega obstinadamente a cumplir.

Porque incluso cuando todas nuestras necesidades materiales y biológicas estás satisfechas, el estado de felicidad sostenida sigue siendo una meta teórica y elusiva, tal y como lo descubrió Abderramán III, Califa de Córdoba, en el siglo X.

Él era uno de los hombres más poderosos de su época que había hecho grandes logros militares y culturales, y que disfrutaba también de los placeres terrenales que le proporcionaban sus dos harenes.

Hacia el final de su vida, sin embargo, decidió contar el número exacto de días en los cuales se sintió feliz. Sumaban exactamente 14.

La felicidad, como decía el poeta brasileño Vinicius de Moraes, «es como una pluma llevada por el viento. Vuela liviana, pero no por mucho tiempo».

La felicidad es una construcción humana, una idea abstracta que no tiene equivalente en la experiencia humana.

Los afectos positivos y negativos residen en el cerebro, pero la felicidad sostenida no tiene una base biológica. Y, quizás esto sorprenda, creo que esto es algo de lo que hay que estar felices.

Naturaleza y evolución
Los humanos no están diseñados para ser felices o incluso estar contentos. En cambio, estamos diseñados primordialmente para sobrevivir y reproducirnos, como cualquier otra criatura en el mundo natural.

La naturaleza desalienta el estado de satisfacción porque bajaría la guardia contra posibles amenazas a nuestra supervivencia.

El hecho de que la evolución haya priorizado el desarrollo de un lóbulo frontal grande en nuestro cerebro (lo cual nos da capacidades analíticas y ejecutivas excelentes) por sobre la capacidad natural de ser felices, nos dice mucho sobre las prioridades de la naturaleza.

Distintas ubicaciones geográficas y circuitos en el cerebro están asociados con ciertas funciones neurológicas e intelectuales, pero la felicidad, al ser una mera construcción sin base neurológica, no se encuentra en el tejido del cerebro.

De hecho, expertos en este campo argumentan que el fracaso de la naturaleza en desterrar la depresión del proceso evolutivo (a pesar de sus obvias desventajas en términos de supervivencia y reproducción) se debe precisamente al hecho de que la depresión como adaptación juega un rol útil en tiempos de adversidad, ayudando al individuo deprimido a no involucrarse en situaciones riesgosas e imposibles en las que él o ella no pueden ganar.

Los pensamientos depresivos pueden también cumplir la función de resolver problemas en momentos difíciles.

Moralidad
La industria actual de la felicidad tiene parte de sus raíces en códigos de la moral cristiana, muchos de los cuales nos dirán que hay una razón moral por cada momento de infelicidad que podamos experimentar.

Dirán, con frecuencia, que se debe a nuestras propias carencias morales, nuestro egoísmo y nuestro materialismo.

Abogan por un estado de virtuoso equilibrio psicológico mediante la renuncia, el desapego y el control del deseo.

Pero estas estrategias solo tratan en realidad de encontrar un remedio a nuestra inhabilidad innata de disfrutar de la vida de forma consistente, por eso debemos consolarnos con el conocimiento de que la infelicidad no es nuestra culpa. Es la culpa de nuestro diseño natural. Está en nuestros genes.

Los defensores de un camino moralmente correcto hacia la felicidad también desaprueban el tomar atajos con la ayuda de drogas psicotrópicas.

George Bernard Shaw dijo: «No tenemos más derecho a consumir felicidad sin producirla que a consumir riqueza sin producirla». Aparentemente, hace falta ganarse el bienestar, lo que prueba que no es un estado natural.

Los habitantes de la novela de Aldous Huxley «Un mundo feliz» viven perfectamente felices con la ayuda de «soma», una droga que los mantiene dóciles y contentos.

En su novela, Huxley da a entender que un ser humano libre debe inevitablemente sentirse atormentado por emociones difíciles.

Si nos dan la opción entre tormento emocional y placidez feliz, sospecho que muchos elegirían la última.

Pero el «soma» no existe, por tanto el problema no es que el acceso a la satisfacción confiable y constante por medios químicos sea ilegal, sino que es imposible.

Las sustancias químicas alteran la mente (lo cual a veces puede se bueno), pero como la felicidad no está vinculada a un patrón de función cerebral en particular, no podemos replicarlo químicamente.

La infelicidad que te hace humano

Nuestras emociones son mixtas e impuras, desordenadas, enredadas y, a veces, contradictorias. Investigaciones han mostrado que las emociones y afectos positivos y negativos pueden coexistir en el cerebro y ser relativamente independientes el uno del otro.

Este modelo muestra que el hemisferio derecho procesa preferencialmente las emociones negativas, mientras que las emociones positivas son procesadas por el lado izquierdo.

Cabe recordar que, entonces, no estamos diseñados para ser consistentemente felices. En cambio sí lo estamos para sobrevivir y reproducirnos.

Estas son tareas difíciles, por eso estamos preparados para luchar y esforzarnos, buscar gratificación y seguridad, combatir amenazas y evitar el dolor.

El modelo de emociones en competencia planteado por la coexistencia del placer y el dolor se acomoda a nuestra realidad mucho mejor que la dicha inalcanzable que nos quiere vender la industria de la felicidad.

Es más, pretender que cualquier grado de dolor es anormal o patológico solo generará sentimientos de que somos inadecuados y frustración.

Postular que no hay algo tal como la felicidad puede parecer un mensaje puramente negativo, pero el lado positivo, el consuelo, es el conocimiento de que la insatisfacción no es un fracaso personal.

Si a veces eres infeliz, esto no es una falta que exige una reparación urgente, como pregonan los gurúes de la felicidad.

Lejos de ser así. Esta fluctuación es, de hecho, lo que te hace humano.

*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Rafael Euba es epecialista y profesor de psiquiatría de la tercera edad en el King’s College London. Está afiliado al Oxleas NHS FT y al London Psychiatry Centre.

Aquí puedes consultar el artículo original:

Humans aren’t designed to be happy – so stop trying

Marcos Mesa Sam Wordley/Shutterstock.com

Rafael Euba, King’s College London

A huge happiness and positive thinking industry, estimated to be worth US$11 billion a year, has helped to create the fantasy that happiness is a realistic goal. Chasing the happiness dream is a very American concept, exported to the rest of the world through popular culture. Indeed, “the pursuit of happiness” is one of the US’s “unalienable rights”. Unfortunately, this has helped to create an expectation that real life stubbornly refuses to deliver.

Because even when all our material and biological needs are satisfied, a state of sustained happiness will still remain a theoretical and elusive goal, as Abd-al-Rahman III, Caliph of Córdoba in the tenth century, discovered. He was one of the most powerful men of his time, who enjoyed military and cultural achievements, as well as the earthly pleasures of his two harems. Towards the end of his life, however, he decided to count the exact number of days during which he had felt happy. They amounted to precisely 14.

Happiness, as the Brazilian poet Vinicius de Moraes put it, is “like a feather flying in the air. It flies light, but not for very long.” Happiness is a human construct, an abstract idea with no equivalent in actual human experience. Positive and negative affects do reside in the brain, but sustained happiness has no biological basis. And – perhaps surprisingly – I reckon this is something to be happy about.

Nature and evolution

Humans are not designed to be happy, or even content. Instead, we are designed primarily to survive and reproduce, like every other creature in the natural world. A state of contentment is discouraged by nature because it would lower our guard against possible threats to our survival.

The fact that evolution has prioritised the development of a big frontal lobe in our brain (which gives us excellent executive and analytical abilities) over a natural ability to be happy, tells us a lot about nature’s priorities. Different geographical locations and circuits in the brain are each associated with certain neurological and intellectual functions, but happiness, being a mere construct with no neurological basis, cannot be found in the brain tissue.

In fact, experts in this field argue that nature’s failure to weed out depression in the evolutionary process (despite the obvious disadvantages in terms of survival and reproduction) is due precisely to the fact that depression as an adaptation plays a useful role in times of adversity, by helping the depressed individual disengage from risky and hopeless situations in which he or she cannot win. Depressive ruminations can also have a problem solving function during difficult times.

Where is happiness located?
Gutenberg Encyclopedia, CC BY-SA

Morality

The current global happiness industry has some of its roots in Christian morality codes, many of which will tell us that there is a moral reason for any unhappiness we may experience. This, they will often say, is due to our own moral shortcomings, selfishness and materialism. They preach a state of virtuous psychological balance through renunciation, detachment and holding back desire.

In fact, these strategies merely try to find a remedy for our innate inability to enjoy life consistently, so we should take comfort in the knowledge that unhappiness is not really our fault. It is the fault of our natural design. It is in our blueprint.

Advocates of a morally correct path to happiness also disapprove of taking shortcuts to pleasure with the help of psychotropic drugs. George Bernard Shaw said: “We have no more right to consume happiness without producing it than to consume wealth without producing it.” Well-being apparently needs to be earned, which proves that it is not a natural state.

The inhabitants of Aldous Huxley’s Brave New World live perfectly happy lives with the help of “soma”, the drug that keeps them docile but content. In his novel, Huxley implies that a free human being must inevitably be tormented by difficult emotions. Given the choice between emotional torment and content placidity, I suspect many would prefer the latter.

But “soma” doesn’t exist, so the problem isn’t that accessing reliable and consistent satisfaction by chemical means is illicit; rather that it’s impossible. Chemicals alter the mind (which can be a good thing sometimes), but since happiness is not related to a particular functional brain pattern, we cannot replicate it chemically.

Happy and unhappy

Our emotions are mixed and impure, messy, tangled and at times contradictory, like everything else in our lives. Research has shown that positive and negative emotions and affects can coexist in the brain relatively independently of each other. This model shows that the right hemisphere processes negative emotions preferentially, whereas positive emotions are dealt with by the left-sided brain.

It’s worth remembering, then, that we are not designed to be consistently happy. Instead, we are designed to survive and reproduce. These are difficult tasks, so we are meant to struggle and strive, seek gratification and safety, fight off threats and avoid pain. The model of competing emotions offered by coexisting pleasure and pain fits our reality much better than the unachievable bliss that the happiness industry is trying to sell us. In fact, pretending that any degree of pain is abnormal or pathological will only foster feelings of inadequacy and frustration.

Postulating that there is no such thing as happiness may appear to be a purely negative message, but the silver lining, the consolation, is the knowledge that dissatisfaction is not a personal failure. If you are unhappy at times, this is not a shortcoming that demands urgent repair, as the happiness gurus would have it. Far from it. This fluctuation is, in fact, what makes you human.The Conversation

Rafael Euba, Consultant and Senior Lecturer in Old Age Psychiatry, King’s College London

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído