"El Libro de los aparatos ingeniosos" fue un gran trabajo ilustrado sobre dispositivos mecánicos, incluidos los autómatas, publicado en 850 d.C.

Así son las ingeniosas maravillas que inventaron en el siglo IX tres hermanos persas en la Casa de la Sabiduría de Bagdad

Así son las ingeniosas maravillas que inventaron en el siglo IX tres hermanos persas en la Casa de la Sabiduría de Bagdad
Así son las ingeniosas maravillas que inventaron en el siglo IX tres hermanos persas en la Casa de la Sabiduría de Bagdad BBC

Antes Arquitas de Tarento ya había hecho grandes avances; perteneció a la escuela secta de los Pitagóricos, alumno de la escuela de Filolao. Fue amigo de Platón, al que conoció durante el primer viaje que éste realizó al sur de Italia y a Sicilia en 388/7 a. C., tras la muerte de Sócrates. En su Carta Séptima, Platón asegura que Arquitas trató de rescatarlo en sus dificultades con Dionisio II de Siracusa según wp, mediante una carta de recomendación y enviando un barco a Sicilia en 361 a. C.. Para algunos autores fue el maestro pitagórico de Platón y para otros su discípulo.

Las máquinas que imitan las acciones humanas nos han fascinado por generaciones, según recoge el autor original de este artículo BBC y comparte Francisco Lorenson para Periodista Digital.

De hecho, construirlas ha sido un sueño sorprendentemente antiguo. Uno que comenzó no cientos, sino miles de años atrás. Y entre sus más portentosos creadores estuvieron tres hermanos persas que vivieron en la floreciente Bagdad del siglo IX.

Pero antes que ellos, ingenieros e inventores de civilizaciones incluso más antiguas trataron de construir máquinas que operaran por sí mismas, y algunas de las primeras descripciones incluyen las de unas palomas artificiales del matemático griego Arquitas de Tarento (c. 430 a.C.- c. 360 a.C.), unas aves artificiales del filósofo chino Mozi (c. 468 a.C.-c. 391 a.C.) y un aparato con forma humana, que aparece en el Liezi, una de las tres obras fundamentales del taoísmo filosófico.

En la Grecia antigua, en 800 a.C., Homero contó que Hefesto, el dios griego del fuego y los artesanos, después de ser expulsado del Olimpo, forjó dos doncellas mecánicas, en todo semejantes a los humanos, que le ayudaban a caminar pues era cojo.

«Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mentes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses», dice el canto XVIII de «La ilíada».

La leyenda se entretejió en la cultura griega, así como la idea de máquinas con poderes milagrosos.

Aproximadamente 800 años después, el inventor Herón de Alejandria decidió hacer realidad el sueño y diseñó desde máquinas que podían impulsarse solas hasta una que hablaba.

Las figuras salían a escena en los teatros y realizaban una serie de acciones, como encender fuego y verter vino.

Y no fue el único: en la antigua Grecia ya existían fabulosos robots y teatros con imágenes móviles.

La ciudad redonda
Es sorprendente pensar que la robótica tuvo sus comienzos tan temprano en la historia de la tecnología.

Y esa iniciativa recibió un gran impulso en el siglo IX d.C., en la que era en ese entonces una de las ciudades más grandes y sorprendentes de la historia: Bagdad.

Reflejando el diseño urbano tradicional persa del Imperio sasánida, era perfectamente circular, con 6,5 kilómetros de circunferencia, los edificios y templos del gobierno en el centro, avenidas radiantes y cuatro puertas.

Pronto Bagdad eclipsó a otras ciudades redondas e importantes, y se convirtió en lo que Florencia fue durante el Renacimiento o Silicon Valley en la era de internet.

Y en ese legendario sitio, había un lugar mítico llamado la Casa de la Sabiduría, una sociedad laxa de pensadores que debatió y alentó el desarrollo del conocimiento.

El hogar del saber
La Casa de la Sabiduría nació como una biblioteca, un instituto de traducción y una academia de académicos de todo el imperio.

Fue un proyecto para proteger el conocimiento, incluida la filosofía, la astronomía, la ciencia, las matemáticas y la literatura, que rápidamente pasó a ser un símbolo de la fusión y expansión de las tradiciones intelectuales de diferentes culturas y naciones.

Así se convirtió en la joya de la Edad de Oro Islámica, un período entre los siglos VII y XIII de gran crecimiento intelectual y descubrimiento en el mundo islámico.

El flujo del conocimiento de los griegos, persas, indios, chinos y demás convergiendo en un sólo lugar propició una fertilización cruzada de ideas que no sin precedentes en la historia.

Fue ahí que, utilizando poco más que madera, unos cables y mucho ingenio, tres hermanos construyeron una máquina que presagiaba la era digital moderna.

Lámparas y jarrones mágicos
Abu Ya’far Muhammad, Abu al-Qasim Ahmad y Al-Hasan, a quienes se les conoce colectivamente por su apellido Banu Musa, estudiaron y, más tarde, dirigieron la Casa de la Sabiduría.

Uno era un astrónomo, otro, un matemático y el tercero, ingeniero, y eran el centro de la vida científica en la época.

Además, escribieron una veintena de obras, entre ellas uno de los tratados de geometría más importantes de su época: «Kitab Marifat Masakhat Al-Ashka» (Libro de la medición de figuras planas y esféricas), así como textos sobre astronomía y matemáticas.

Pero su pasión eran los autómatas, como se le decía a los robots antes de que el dramaturgo checo Karel Čapek introdujera la palabra la obra robot (de R.U.R. Rossumovi univerzální roboti) en 1920.

Tanto así que escribieron uno de los más famosos textos del mundo medieval: «El libro de los aparatos ingeniosos», en el que describieron 100 inventos, algunos originados en Grecia, China o Persia, y otros propios.

En las páginas de ese libro de maravillas, hay desde dispositivos prácticos hasta creaciones juguetonas ingeniadas para divertir.

Esta, por ejemplo, es una lámpara que se apaga sola:

Y éste es un reloj hidráulico:

Entre los inventos más lúdicos está una botella con dos cabezas a la que si le echabas agua por una apertura y vino por la otra, no sólo no se mezclaban sino que cuando los servías, el vino salía por donde entró el agua y el agua, por donde entró el vino.

En esa misma línea, idearon una jarra que podías llenar con tres líquidos distintos por la misma apertura y estos permanecían separados. Además, podías servirte el que te apeteciera si conocías la clave para mover una palanca.

En otro de sus jarrones, sin embargo, no había clave que te sirviera: el jarrón no dejaba salir el agua a menos de que le rogaras.

¿Cómo lo lograban? Aplicando principios básicos de física, dicen los conocedores.

Y a esos conocedores, como el físico iraquí Jim Al-Khalili, presentador de la serie de la BBC «Revoluciones: las ideas que cambiaron el mundo», les entusiasma particularmente un dispositivo: «El instrumento que toca solo».

Disco duro
Aunque ya existían máquinas que podían tocar melodías, Banu Musa se preguntaron cómo se podría hacer una máquina que pudiera aprender una nueva melodía y repetirla.

Y la hicieron.

Con descripciones detalladas que dejaron, otro entusiasta, el ingeniero y músico Liang Zhipeng, la recreó, para preservar la memoria y el logro de los hermanos Banu Musa.

Hoy en día, la máquina está en el Centro ZKM de Arte y Medios en Alemania.

Esencialmente, el aparato se compone de dos máquinas: una graba la música…

y otra que la reproduce.

¿Cómo? La flauta de la primera máquina está conectada a una especie de lápiz y un tambor de manera que, mientras interpretas una melodía, el lápiz va dejando marcas en el tambor, registrando cuáles notas tocaste y por cuánto tiempo.

Ese tambor, ya con los surcos trazados, se lo pones a la segunda máquina y cuando gira hacen que se levanten unas palancas para tocar la misma melodía en la segunda flauta.

Aunque «el instrumento que se toca sólo» puede no parecer una idea que cambie el mundo, es realmente una máquina programable creada más de 1.000 años antes de las computadoras modernas.

Esos surcos esencialmente son el primer programa de computador y el tambor es un disco duro.

Con su espíritu lúdico, los hermanos Banu Musa sugieren esconder todo el artilugio dentro de un maniquí, de manera que las palancas parezcan sus dedos y a flauta quede unida a la boca.

«¡Te imaginas el espectáculo que debe haber sido tener a ese robot tocando música en el palacio del Califa!», exclama Al-Khalili.

Autor

Francisco Lorenson

Polifacético y innovador reportero, lleva años trabajando en el sector y aprendiendo de algunas de las personas más inteligentes del negocio.

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