El matemático Joseph-Louis Lagrange lo resumió con la precisión que le era característica: «Solo un momento fue suficiente para cortarle la cabeza, pero quizás no bastarían cien años para producir otra igual».
La cabeza en cuestión era la de Antoine Laurent Lavoisier, el hombre que había destruido la teoría del flogisto, descubierto el papel del oxígeno en la combustión, reformado el sistema de nomenclatura química y escrito el libro que fundó la química moderna.
Fue decapitado el 8 de mayo de 1794 por ser recaudador de impuestos y por tener un enemigo que sobrevivió lo suficiente para destruirlo.
El retrato que anunciaba el fin de un mundo
En 1788, el pintor Jacques-Louis David, el artista más distinguido de Francia en ese momento, retrató a Antoine Lavoisier y a su esposa Marie Anne Pierrette Paulze en uno de los cuadros más memorables del período. Antoine mira a Marie Anne con admiración evidente. Ella le devuelve una mirada de inteligencia y complicidad. Sobre la mesa, los instrumentos del laboratorio. Detrás, los libros.
Era el retrato de un mundo a punto de desaparecer. David se convertiría en partidario entusiasta de la Revolución y amigo de Robespierre, con control casi absoluto sobre las artes en Francia. Antoine Lavoisier estaría muerto. Marie Anne quedaría en la bancarrota pero recuperaría los libros confiscados de su marido, editaría sus notas y las publicaría una década después de su ejecución. Era el tipo de mujer que no se rendía.
La pareja más brillante del siglo XVIII
Antoine y Marie Anne se conocieron cuando ella tenía 13 años y su padre Jacques Paulze, socio principal de una firma de recaudadores de impuestos, necesitaba casarla urgentemente. Una baronesa insistía en convertirla en la esposa de su hermano de 50 años, al que Marie Anne describió con toda la diplomacia que le permitía su edad como un «tonto y ogro». El padre encontró una solución elegante: no podía casarse con el noble si ya estaba casada. El candidato fue un joven apuesto y brillante que trabajaba en la compañía, llamado Antoine Lavoisier. La boda se celebró en diciembre de 1771 con gran premura y considerable pompa.
Lavoisier ya era en ese momento miembro de la Academia de Ciencias de Francia, elegido en 1768 con apenas 25 años por sus trabajos en geología y su proyecto para iluminar las ciudades. Marie Anne entró en su laboratorio, aprendió química, tomó notas, hizo bocetos del equipo y, lo más valioso para Antoine, dominaba el inglés y el latín lo suficiente para traducir y criticar los textos científicos que su marido no podía leer directamente.
Esa habilidad resultó fundamental. Lavoisier no era el único en la carrera por descifrar la química de la combustión. Su amigo el químico inglés Joseph Priestley había aislado oxígeno puro antes que él, aunque lo interpretaba como «aire desloglogistizado», es decir, aire que había perdido el misterioso flogisto. El químico sueco Carl Scheele había identificado el oxígeno aún antes que Priestley, pero la carta que le envió a Lavoisier describiéndolo nunca llegó y su informe científico quedó olvidado dos años en una imprenta.
Lavoisier, con las traducciones de Marie Anne, pudo seguir los trabajos de sus rivales, descartó la teoría del flogisto y construyó en su lugar un marco completamente nuevo. El oxígeno no era aire que había perdido algo sino un elemento independiente con el que los materiales se combinaban al arder. De ahí que los metales calentados se vuelvan más pesados, no más ligeros: porque incorporan oxígeno en lugar de liberar flogisto.
Su libro de 1789, el Traité élémentaire de chimie, definió qué es un elemento químico (una sustancia que no puede reducirse a nada más simple), listó 33 de ellos y presentó el sistema moderno de nomenclatura que permite escribir ecuaciones químicas en un lenguaje universal. Fundó la química moderna en el año en que estalló la Revolución que lo mataría cinco años después.
El enemigo poderoso
Jean-Paul Marat había nacido el mismo año que Lavoisier. Había estudiado medicina, viajado por Europa, ejercido como médico de la aristocracia londinense y publicado textos políticos radicales antes de instalarse en Francia como médico del conde de Artois, hermano del rey Luis XVI. Pero lo que Marat quería realmente era ser reconocido como científico.
En la década de 1770 presentó ante la Academia de Ciencias de París un ensayo sobre la luz que pretendía refutar las teorías ópticas de Isaac Newton. La Academia designó una comisión que incluía a Lavoisier y al entonces embajador americano Benjamín Franklin. Nueve meses después, la comisión concluyó que los experimentos de Marat «no prueban lo que el autor imagina que prueban» y que no los consideraban dignos de aprobación.
El golpe destruyó las aspiraciones científicas de Marat y las reemplazó con un rencor que Lavoisier era el destinatario principal. Marat no pudo hacer nada con ese rencor hasta que estalló la Revolución y se convirtió en una figura de poder. Entonces se centró en el químico: folletos denunciando su ciencia, sus antecedentes y sus actividades como recaudador de impuestos. Impulsó el movimiento para disolver la Academia de Ciencias. Fue construyendo el caso contra Lavoisier con la paciencia y la ferocidad del que lleva años esperando su momento.
La guillotina: el instrumento de la igualdad
La guillotina tiene su propia historia que merece ser contada junto a la de Lavoisier porque es inseparable de ella.
El doctor Joseph-Ignace Guillotin no inventó el aparato que lleva su nombre y siempre lo lamentó. Lo que hizo fue proponer ante la Asamblea Nacional en 1789 que las ejecuciones en Francia se realizaran con una máquina que decapitara de forma instantánea e indolora, independientemente del rango social del condenado. Hasta entonces, la decapitación con espada o hacha era un privilegio de los nobles (el pueblo llano era ahorcado o rueda), y la calidad de la muerte dependía de la habilidad del verdugo y del estado del filo.
Guillotin presentó su propuesta como un acto de igualdad revolucionaria: todos los ciudadanos, independientemente de su condición, merecían la misma muerte rápida y digna. La Asamblea tardó en aprobarla pero en 1792 la guillotina se convirtió en el método oficial de ejecución en Francia.
El diseño definitivo fue obra del secretario del Colegio de Cirujanos, el doctor Antoine Louis, con la colaboración del verdugo jefe Charles-Henri Sanson, que tenía experiencia práctica sobre los problemas de los métodos anteriores. Una cuchilla oblicua de acero de unos cuatro kilos en ángulo de 45 grados cae desde aproximadamente dos metros y medio de altura guiada por dos rieles verticales. La velocidad al impacto es de aproximadamente 7 metros por segundo. El tiempo de corte es de menos de dos centésimas de segundo.
El aparato fue probado inicialmente con cadáveres en el hospital Bicêtre de París. El 25 de abril de 1792 se realizó la primera ejecución pública: Nicolas-Jacques Pelletier, condenado por robo con violencia. La multitud, acostumbrada al espectáculo más prolongado de otras formas de ejecución, quedó decepcionada por la velocidad. «¡Devuelvan a nuestras horcas!», gritaron algunos.
El debate sobre si la consciencia persiste brevemente tras la decapitación obsesionó a los médicos de la época. Se realizaron experimentos: los verdugos golpeaban las mejillas de las cabezas recién cortadas para observar si respondían. Se registraron movimientos oculares y faciales durante algunos segundos. La neurociencia moderna estima que la consciencia cesa entre dos y cinco segundos después de la decapitación, tiempo suficiente para percibir la propia muerte pero insuficiente para cualquier otra experiencia coherente.
Durante el período conocido como el Terror (1793-1794), la guillotina funcionó a un ritmo que sus promotores no habían anticipado. Solo en París se ejecutaron más de 2.700 personas. En toda Francia, las estimaciones varían entre 16.000 y 40.000 muertes, incluyendo las producidas sin proceso judicial formal.
La muerte de Marat y el fin de Lavoisier
El 13 de julio de 1793, Charlotte Corday, simpatizante de los girondinos moderados que Marat perseguía, llegó a su domicilio con el pretexto de aportar información sobre conspiradores. Marat padecía una enfermedad cutánea crónica que lo obligaba a pasar largas horas en la bañera, donde también trabajaba con una tabla de madera como escritorio improvisado. Corday sacó un cuchillo y lo hundió en su corazón. Sus últimas palabras fueron: «¡A mí, mi querida amiga!».
El asesinato convirtió a Marat temporalmente en mártir. Sus aliados mantuvieron vivo el rencor contra Lavoisier. El químico fue arrestado en 1793, acusado de traición al estado y condenado a muerte.
Mientras estuvo preso, Lavoisier escribió a un primo con una serenidad que resulta difícil de creer: «He tenido una carrera decentemente larga y, sobre todo, feliz, y creo que mi memoria será acompañada de algunos lamentos y, quizás, alguna gloria. ¿Qué más se puede desear? Moriré con buena salud».
El 8 de mayo de 1794, Antoine Lavoisier subió al cadalso. Tenía 50 años. Cuando sus logros científicos fueron presentados como argumento para el perdón, el presidente del tribunal respondió con la frase que la historia ha conservado: «La República no necesita de sabios».
Lagrange formuló el epitafio definitivo esa misma tarde.
Marie Anne Paulze-Lavoisier sobrevivió, recuperó los papeles de su marido, los editó y los publicó. Se casó más tarde con el físico Benjamin Thompson, conocido como el conde Rumford, un matrimonio que fue un fracaso ruidoso y del que se separó. Murió en 1836, cuarenta y dos años después de su primer marido, habiendo hecho todo lo que estaba en su mano para que el trabajo de Antoine no muriera con él.
No lo hizo. La química que Lavoisier fundó sigue siendo la química que se enseña hoy. La guillotina que lo mató fue finalmente abolida en Francia en 1981, cuando el presidente François Mitterrand eliminó la pena de muerte. La última ejecución pública con guillotina había ocurrido en Versalles en 1939. La última ejecución privada, en 1977.