El misterio desconcertó, durante décadas, a los expertos y entusiastas de Antiguo Egipto

Resuelto el enigma: esta es la verdadera razón por la que todas las estatuas del Antiguo Egipto tienen la nariz rota

Los egipcios creían que las imágenes podrían ser ocupadas por un dios o un humano que había fallecido y se había convertido en un ser divino

Resuelto el enigma: esta es la verdadera razón por la que todas las estatuas del Antiguo Egipto tienen la nariz rota
Antiguo Egipto PD

El ‘misterio de las narices rotas’ desconcertó, durante décadas, a los expertos y entusiastas de Antiguo Egipto, una de las civilizaciones más antiguas y duraderas del mundo.

A pesar de que se pensó que se debía al paso del tiempo, pero resultaba curioso que de tantas estatuas pristinas lo único que les faltaba era la nariz. Asimismo, era la única parte que faltaba en obras de relieve en dos dimensiones.

La respuesta con más credibilidad en este momento se resume en una palabra: iconoclasia, del griego Eikonoklasmos, que significa «ruptura de imágenes».

No estamos hablando de los seguidores de la corriente del siglo VIII que rechazaba el culto a las imágenes sagradas, las destruía y perseguía a quienes las veneraban.

En este caso, el término se usa de una manera más amplia para nombrar la creencia social en la importancia de la destrucción de iconos y otras imágenes o monumentos, con frecuencia por motivos religiosos o políticos.

Y cobra mucho sentido cuando tienes en cuenta que para los antiguos egipcios las estatuas eran el punto de contacto entre los seres divinos y los terrenales.

Los objetos que representaban la forma humana, en piedra, metal, madera, arcilla o incluso cera, podían ser ocupados por un dios o un humano que había fallecido y se había convertido en un ser divino, y así podían actuar en el mundo material.

Una vez ocupadas, las imágenes tenían poderes que podían activarse a través de rituales. Y también podían desactivarse mediante un daño deliberado.

¿Por que hacerlo?, las razones eran muchas, desde la furia y resentimiento contra enemigos a quienes se quería herir en este mundo y el próximo, hasta el terror a la venganza del difunto que sentían los ladrones de tumbas, así como las ganas de reescribir la historia o los sueños de cambiar toda la cultura.

Cuando el padre de Tutankamón, Akenatón, quien gobernó entre 1353-1336 a.C., quiso que la religión egipcia girara en torno a un dios, Aten, una deidad solar, se enfrentó a un ser poderoso: el dios Amón.

La gran pirámide de Keops, sigue siendo un misterio

Su arma fue la destrucción de imágenes.

La situación se revirtió cuando Akenatón murió y el pueblo egipcio reanudó el culto tradicional: los templos y monumentos en honor a Aten y al difunto faraón fueron los que enfrentaron la destrucción.

Las mutilaciones tenían entonces la intención de coartar poder y eso podía lograrse de diferentes maneras.

Si querías impedir que los humanos representados hicieran las tan necesarias ofrendas a los dioses, podías quitarles el brazo que comúnmente se utilizaba para tal tarea: el izquierdo.

Si preferías que el dios no los escuchara, le quitabas a la deidad sus orejas.

Si tu intención era acabar con todas las posibilidades de comunicación, separar la cabeza del cuerpo era una buena opción.

Pero quizás el método más efectivo y expedito para hacer realidad tus deseos era quitarles la nariz.

«La nariz era la fuente del aliento, el aliento de la vida; la forma más fácil de matar al espíritu interior es asfixiarlo quitándole la nariz», explican los expertos.

Un par de golpes con martillo y cincel, y problema resuelto.

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