El título fue empleado por Carl Sagan en el capítulo dedicado a Marte de su serie televisiva COSMOS

Blues para un Planeta Rojo

Blues para un Planeta Rojo
El planeta Marte, con la Tierra al fondo. nasa

«Sobre el planeta rojo que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena». Así describe Jorge Luis Borges en el prólogo de Crónicas Marcianas el fantástico planeta soñado por Ray Bradbury, un ilustre escritor más inclinado a la lírica que a la ciencia.

En lo único que acertó Bradbury fue en algo que ya todos sabíamos: Que Marte es un reseco desierto donde los terrícolas siempre hemos imaginado canales construidos por civilizaciones potencialmente invasoras como demostraría tan convincentemente H.G. Wells en La Guerra de Los Mundos.

Pues no. Por ahora no tenemos evidencias ciertas de que en algún momento de su historia existiera algún tipo de vida -ni siquiera virus o bacterias- así que mucho menos seres más complejos, y desde luego en absoluto individuos inteligentes. Ni tan malvadamente depredadores como quiso Wells ni tan aristocráticamente decadentes como los pensó Bradbury.

Pero sin duda el interés y la fascinación que producen en nosotros el Planeta Rojo aún gozan de buena salud.

MARTE TUVO ATMÓSFERA COMO LA TIERRA

Buena prueba de ello fue un anuncio realizado a primeros de noviembre por la NASA a través de un gran despliegue informativo, según el cual los datos suministrados por la misión MAVEN, parecían mostrar pruebas definitivas de que hace más o menos 4.000 millones de años Marte tuvo una atmósfera similar a la nuestra.

Obviamente, se acumularon con rapidez una serie de preguntas que requerían respuesta inmediata. ¿Por qué causa desapareció esa capa atmosférica? ¿Dónde fue a parar? Y quizá no la cuestión que más atención demandaba de los científicos, pero sí la que desde luego la que despertaba más interés en la opinión pública: «¿Podría suceder algo similar en la Tierra?»

Los terrícolas nos hemos empeñado desesperadamente en probar que existió algún tipo de vida en Marte. Para ello, los ingredientes más necesarios habrían sido agua en estado líquido y una envoltura gaseosa en torno al planeta.

¡AGUA VA!

Y ya en los primeros meses de este año nos anunciaron que «Marte fue húmedo durante unos 1.500 millones de años, mucho más tiempo del que fue necesario para que surgiera vida en la Tierra», según Gerónimo Villanueva, un ingeniero argentino de la NASA. Los datos mostraron que Marte ha perdido el 87% del agua de sus océanos primitivos. El 13% restante se congeló sobre los polos Sur y Norte, pero «incluso hoy podrían existir depósitos de agua bajo la superficie de Marte», dijeron los investigadores.

Otra confirmación tuvo lugar en esa misma época, cuando una investigación liderada por científicos españoles y dotada de un instrumento ambiental que fue diseñado en España y montado en el vehículo de la NASA ‘Curiosity’ encontró indicios de la existencia de agua líquida (aunque no el agua en sí, sino lo que denominaron como «salmueras») en las capas superficiales de la corteza marciana. Nosotros, los espectadores aficionados vimos en las fotografías aquellos regueros dejados por algo que inequívocamente sólo podrían haber sido producidos en el pasado por corrientes de agua al descender por las laderas de unas montañas, erosionándolas y trazando sobre ellas aquellos impresionantes surcos.

CUANDO CALIENTA EL SOL…

Resumiendo: el agua de Marte quizá en parte se evaporó y en parte quizá desapareciera en el subsuelo. ¿Y no podría haber sucedido lo mismo con la atmósfera? Los investigadores barajaron la hipótesis de que quizá el CO2 atmosférico (como sabemos uno de los gases de efecto invernadero, que si se hubiera mantenido en Marte habría contribuido a elevar y estabilizar la temperatura del planeta, pero que en la actualidad apenas representa un 1 % del CO2 terrestre) estuviera hoy bajo la superficie en forma de depósitos calcáreos. Pero las tímidas excavaciones de los robots terrestres que trabajaron en suelo marciano no han detectado ninguno de tales depósitos.

Otra posibilidad recaía en que la atmósfera hubiera salido bruscamente despedida por el impacto de algún gran meteorito… que tampoco ha aparecido. Y como en la Naturaleza nada desaparece mágicamente, la única alternativa que restaba era suponer que los gases marcianos habían escapado a la débil atracción gravitatoria de Marte (un 62 % inferior a la terrestre) y se hubieran dispersado en el espacio cósmico, perdiéndose así para siempre.

Y fue entonces cuando la atención de los científicos se dirigió hacia el Sol, el gran protagonista de la mayor parte de los grandes sucesos acaecidos en nuestra vecindad cósmica. Cuando los investigadores lograron estimar la cantidad de la tenue atmósfera marciana que se evapora en el espacio midieron una cifra aparentemente ridícula: 100 gramos por segundo. Pero dicha cantidad aumentaba significativamente durante los periodos de máxima actividad del Astro Rey, justo cuando la lluvia de partículas altamente energéticas que componen el viento solar impactan contra las moléculas de gas marciano y las barren hacia el vacío. Si este es el mecanismo correcto, dicen en la NASA, pronto la atmósfera marciana desaparecerá por completo y nunca más se volverá a regenerar. De todos modos vamos a tomarnos estas conclusiones con cierta perspectiva, pues aún no son definitivas.

NUESTRA CORAZA: EL MAGNETISMO TERRESTRE.

Intentemos ahora responder a la pregunta que más nos podría inquietar. Con frecuencia algunas voces alarmistas han intentado imaginar el futuro de la Tierra mirándonos en el espejo de planetas vecinos. No una vez ni dos nos han advertido que si no conseguimos frenar el aumento de CO2 atmosférico la elevación de temperaturas generada por el Cambio Climático pronto hará que nos veamos en situación similar a la del tremendo efecto invernadero de Venus, un verdadero horno que eleva la temperatura en la superficie por encima de los 400 º C.

¿Y podría ser que esa radiación solar que azota Marte y le ha arrancado poco a poco su manto atmosférico termine por llevarse también la imprescindible y alarmantemente delgada piel de aire donde vivimos?

Los científicos dicen que no, que por este lado nada debemos temer. La causa de la gran diferencia entre Marte y nosotros hay que buscarla en las entrañas de ambos planetas. Mientras el nuestro posee allá abajo una ardiente bola de fuego sobre la cual flotan grandes masas de compuestos metálicos, el núcleo de Marte hace miles de millones de años que se enfrió. Como consecuencia, nosotros tenemos sobre nuestras cabezas un poderoso campo magnético que en el caso del Planeta Rojo es alarmantemente débil y que en nuestro caso actúa como una coraza protectora contra ese viento solar, cuyo más perceptible efecto en nuestro mundo es generar esas maravillosas Luces del Norte, las Auroras Boreales.

Y como el magnetismo terrestre nos defiende del viento solar, los gases que componen nuestra atmósfera se hallan también protegidos, además de retenidos por la elevada gravedad terrestre. No obstante -y esto no pasa de ser una modesta apreciación personal- sabemos que periódicamente los polos magnéticos de nuestro planeta se invierten al tiempo que su intensidad decrece notablemente. ¿Y si en una de estas épocas aumentara desusadamente la actividad solar? ¿No correríamos el riesgo de que, si no toda nuestra atmósfera, si una parte considerable fuera barrida al vacío espacial, poniendo así en peligro la vida sobre nuestro mundo?

En la antigüedad clásica Marte se hallaba simbolizado por un fuerte y bravo guerrero de porte varonil, arrogante, siempre armado y tocado con un casco encrestado. Pero ha resultado ser un pequeño anciano al final de su existencia, cuyas escasas fuerzas apenas le alcanzan para sobrevivir.

¿Existirá o habrá existido en algún momento vida en Marte? Por ahora no tenemos más remedio que responder como un famoso astrónomo de quien se cuenta que, requerido por el editor de un periódico («Telegrafíe inmediatamente quinientas palabras sobre posible existencia vida en Marte») replicó escribiendo doscientas cincuenta veces «Lo ignoramos, lo ignoramos, lo ignoramos…»

RECUADRO 1.- EL ÚLTIMO «MARCIANO» EN EL CINE

El reciente estreno en las carteleras de todo el mundo de la película de Ridley Scott The Martian, protagonizada por Matt Damon, donde encarna al astronauta Mark Watney, abandonado en Marte por la tripulación de la nave Ares III, ha puesto de actualidad un tema que, en realidad nunca dejó de serlo. El inagotable filón marciano que lleva manteniendo nuestro permanente interés desde que en 1877 el astrónomo Giovanni Virginio Schiaparelli describiera sus observaciones acerca de los «canales» marcianos que las posteriores interpretaciones de Percival Lowell sugirieron haber sido construidos por una civilización avanzada.

No, el Mark Watney marciano no es un luchador contra los monstruos verdes de Marte, sino un explorador de nuevos mundos al que la suerte le vuelve la espalda convirtiéndole en otro de nuestros personajes favoritos en la ficción: el Robinson Crusoe de Defoe, el Náufrago de Tom Hanks, el hombre, en suma, que en su absoluta debilidad y desamparo ante la cruel naturaleza consigue sobrevivir, y hasta vivir en ella con cierta holgura.

Mas para Mark la tarea no es tan fácil. Se supone es ingeniero, botánico y una especie de MacGyver espacial, de modo que sus conocimientos científico-técnicos son, pues, muy superiores a los de los tradicionales náufragos… pero el ambiente que le rodea, el viejo Marte, es incomparablemente más hostil hacia la vida humana que cualquier isla, jungla o desierto terrestres.

La película, a la cual le han surgido algunas críticas en cuanto a su rigor científico, es sin embargo un buen resumen y recordatorio de las condiciones imperantes en Marte. Y sólo nos gustaría advertir a tan heroico astronauta que quizá su búsqueda de agua habría sido mucho menos peligrosa si se hubiera dedicado a excavar en la superficie marciana que la realización del arriesgado y fogoso experimento que lleva a cabo en el film. De nada, Matt.

RECUADRO 2.- BLUES PARA UN PLANETA ROJO

Los más viejos del lugar nunca podremos hablar de Marte sin recordar a quien acaso fuera su más significado amante: nos referimos, claro está, al maestro Carl Sagan, quien seguramente vivió un momento de emoción cuando en 1976 el laboratorio de la astronave Vicking detectó lo que en principio parecía una reacción producida por un organismo biológico, pero que posteriormente fue desechado como producto de una simple reacción química inorgánica y abiótica.

Aparte de sus enormes conocimientos y su entusiasmo, Sagan poseía un alto grado de fantasía y un gran sentido del humor. Cuando las primeras imágenes de la superficie marciana llegaron al Centro de Control, Sagan observó que ostentaban un elevado parecido con algunos desérticos lugares de la Tierra que él conocía. «Tanto -dijo- que no me habría extrañado que de atrás de alguna de aquellas rocas hubiera surgido un viejo minero arrastrando el ronzal de su mula».

Y expresó mejor que nadie las razones de por qué queremos conocer Marte, ir a Marte, explorar Marte, colonizar Marte. En el fondo, los mismos motivos que impulsan a la especie humana a explorar el Universo. «Tal vez queremos ir a Marte porque tenemos que estar, porque hay un profundo impulso nómada construido en nosotros debido al proceso evolutivo. Procedemos, después de todo, de cazadores-recolectores, y durante el 99,9% de nuestra estancia en la Tierra hemos sido nómadas. El próximo lugar para pasear será Marte».

RECUADRO 3.- LA IMPOSIBLE TERRAFORMACIÓN DE MARTE

Hace ya bastantes años, algunos científicos visionarios imaginaron la posibilidad de realizar en un mañana próximo tareas de Ingeniería Planetaria que permitirían acondicionar mundos situados en nuestra vecindad cósmica con el fin de transformar su medio ambiente hasta hacerlos capaces de albergar a futuros colonos terrestres que convirtieran a Marte o Venus en sus hogares, quien sabe si definitivos.

En Venus el problema intentaría resolverse mediante sondas espaciales que sembraran las espesas nubes con gran cantidad de microalgas las cuales absorbieran el exceso de dióxido de carbono al tiempo que liberarían oxígeno. Al cabo de unos siglos, la algas se habrían multiplicado a tal punto que en la capa nubosa de venus se abrirían grandes huecos a través de los cuales escaparía el calor que hacía elevarse la temperatura de Venus por encima de los 400º C. Poco después, el oxígeno liberado en combinación con el hidrógeno generaría agua, la cual caería en grandes chaparrones sobre la superficie de la Estrella de la Mañana.

En Marte el problema era bien distinto. La supuesta carencia de agua se supliría arrastrando, mediante cohetes impulsores, inmensos icebergs desde los anillos de Saturno, compuestos de roca y sí, algunos de hielo. Abandonados en la alta atmósfera marciana, pronto la atracción gravitatoria los llevaría a caer sobre la superficie, supuestamente ya en forma de agua líquida, e iniciando así el proceso que nos permitiría crear una especie de Tierra II. Pero, ¡oh decepción!

Mucho nos tememos que si estos últimos descubrimientos son ciertos, gracias al proceso descrito más arriba, poco tardaría el viento solar en llevarse nuevamente todo vestigio de aire respirable y de humedad. Quizá las ciudades marcianas que soñó Bradbury jamás lleguen a alzarse en aquellas rojizas y desérticas llanuras.

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