EL HOMBRE Y EL UNIVERSO

Resuelven el misterio de los avistamientos de OVNIs

Ante el alto índice de avistamientos registrados cada año

Un físico de Tel Aviv apuntó a los «sprites», relámpagos fugaces que estallan sobre las tormentas, como explicación de parte de los avistamientos; el Pentágono sigue sin encontrar un solo extraterrestre

El físico Colin Price, jefe del departamento de Geofísica y Ciencias Planetarias de la Universidad de Tel Aviv, sostiene que una parte de los avistamientos de ovnis puede deberse a los sprites: descargas eléctricas rojizas que destellan durante una fracción de segundo entre 50 y 90 kilómetros por encima de las tormentas.

Su tesis, planteada en 2009, gana vigencia ahora que el Pentágono ha publicado su último informe sobre fenómenos anómalos: 319 casos nuevos y ninguna prueba de tecnología extraterrestre.

Hay quien mira al cielo y ve una nave nodriza. Y hay quien mira al cielo y ve una descarga eléctrica de alta atmósfera con forma de medusa. Lo curioso es que, muchas veces, los dos están mirando exactamente lo mismo.

La idea no es nueva, pero tiene la virtud de devolver a la Tierra un debate que lleva casi ocho décadas en órbita. Desde que el piloto Kenneth Arnold describió en 1947 unos objetos que se movían «como platillos que rebotan sobre el agua», millones de personas han jurado ver luces imposibles sobre sus cabezas. Y el número de avistamientos, año tras año, hizo sospechar a algunos científicos que el fenómeno tenía más de terrestre que de extraterrestre.

Duendes en la estratosfera

Los sprites, que en inglés significa algo así como duendes o espíritus traviesos, son una de las rarezas más bellas de la meteorología. Cuando un rayo especialmente potente descarga sobre el suelo, altera el campo eléctrico de las capas altas de la atmósfera. Allí arriba, a más de 50 kilómetros, el aire se ilumina durante unas milésimas de segundo con un resplandor rojizo.

Las formas que adoptan parecen sacadas de una película de ciencia ficción: columnas, zanahorias invertidas, medusas con tentáculos o coronas. El equipo de Price llegó a fotografiar grupos de sprites dispuestos en círculo, como «las velas de una tarta de cumpleaños», con columnas de hasta 24 kilómetros de altura y conjuntos de 70 kilómetros de anchura.

Son tan rápidos y tan débiles que el ojo humano apenas los capta, casi siempre de reojo y en noches muy oscuras, con la tormenta lejos en el horizonte. Ese parpadeo fugaz, que aparece y desaparece sobre las nubes, es justamente lo que, según el físico israelí, puede confundirse con luces que bailan en el cielo y se mueven como si no existiera la gravedad.

Descubiertos por accidente

Los sprites han estado ahí siempre, pero la ciencia no los vio hasta 1989. Esa noche, investigadores de la Universidad de Minnesota estaban probando una cámara de alta sensibilidad para fotografiar estrellas y, al revisar las imágenes, encontraron dos destellos verticales sobre una tormenta lejana. Hasta entonces, los pilotos que hablaban de luces rojas por encima de las nubes eran tratados con una mezcla de cortesía y escepticismo.

Hoy forman parte de una familia más amplia, la de los llamados fenómenos luminosos transitorios, que incluye a sus primos los elves, anillos de luz que se expanden en la ionosfera, y los chorros azules, que suben desde lo alto de las nubes. Desde 2018, el observatorio europeo ASIM, instalado en la Estación Espacial Internacional y con participación de la Universidad de Valencia, los vigila desde arriba.

El matiz del invierno

El texto que circuló durante años sobre este estudio contenía un error que conviene corregir. Los sprites no son exclusivos del invierno ni del hemisferio norte. Se producen en todo el planeta, sobre tormentas de ambos hemisferios, y son más frecuentes en verano, cuando las tormentas son más intensas.

Lo que estudiaba Price era un caso particular, los llamados sprites de invierno, que se forman en las tormentas invernales del Mediterráneo oriental, frente a las costas de Israel. Esa variedad sí es propia del invierno del hemisferio norte. Por tanto, el argumento sirve para explicar avistamientos en cualquier época y latitud, siempre que haya una tormenta potente a la vista.

Lo que dice el Pentágono

La explicación atmosférica encaja con lo que llevan años diciendo los investigadores oficiales. En Estados Unidos, la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO) del Pentágono publicó este verano su informe del año fiscal 2025. En él recoge 319 nuevos casos de lo que ahora se llama, con más corrección burocrática que poesía, fenómenos anómalos no identificados.

De los 370 casos resueltos en ese periodo, todos tenían una explicación convencional: globos, pájaros, drones, basura flotante y, cada vez más, reflejos de satélites, responsables de 42 avistamientos de pilotos civiles. Solo nueve casos siguen bajo análisis. El informe rechaza, una vez más, que el Gobierno estadounidense guarde restos de naves alienígenas.

Los que siguen sin explicación

Nada de esto cierra el caso del todo. Siempre quedará un pequeño porcentaje de avistamientos sin resolver, casi siempre porque los datos son pobres: un vídeo borroso, un testigo solitario, una foto sin referencia de distancia. Para los creyentes, ese resto es la prueba de que algo hay ahí fuera. Para los científicos, es simplemente lo que ocurre cuando no hay información suficiente.

Los sprites, eso sí, no explican las luces que se ven con cielo despejado ni los objetos que aparecen en los radares militares. Para esos casos hay otros sospechosos: el planeta Venus, especialmente brillante al atardecer, las constelaciones de satélites Starlink, que desfilan en fila india, o los globos meteorológicos que reflejan el sol cuando abajo ya es de noche.

Lo verdaderamente fascinante de esta historia es que la explicación terrestre resulta más asombrosa que la ficción. No hacen falta hombrecillos verdes para que el cielo se llene de medusas rojas de 50 kilómetros de altura. Basta una tormenta. La próxima vez que alguien jure haber visto un platillo volante sobre unas nubes de tormenta, quizá no esté mintiendo. Simplemente habrá tenido la suerte de ver a los duendes.

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