Columnas de humo y cenizas de más de 500 metros de altura

El escalofriante instante en que el volcán Krakatoa entra en erupción

Lo que nos faltaba. Este Viernes Santo de 2020, cuando la pandemia de coronavirus hace estragos de un extremo a otro del Planeta Tierra, en el Anillo de Fuego del Pacífico entró violentamente en erupción el volcán Krakatoa.

El mítico volcán, situado en la provincia indonesia de Lampung, explosionó expulsando una columna de cenizas y humo de hasta 500 metros de altura.

No se tiene constancia por el momento ni de víctimas ni de daños materiales.

La primera erupción comenzó en torno a las 21.58 del 10 de abril de 2020 y duró un minuto y 12 segundos.

Fue seguida de una nueva detonación, la más potente, a las 22.35, que se prolongó durante 38 minutos y 4 segundos.

Esta segunda erupción que arrojó una columna de cenizas de 500 metros de altura hacia el norte, según el comunicado recogido por el ‘Jakarta Post’.

Tras las dos grandes explosiones, el volcán siguió arrojando ceniza y humo hasta bien entrada la madrugada.

«Los estudios demuestran que la muestra que las erupciones continuaron hasta las cinco de la madrugada del sábado», según ha explicado el jefe del centro de datos, información y comunicación de la Agencia Nacional de Mitigación de Desastres (BNPB), Agus Wibowo.

Altas nubes de humo por la erupción del volcán Anak Krakatoa

Aunque las explosiones se han escuchado en la región de Yakarta, han sido relativamente pequeñas en comparación con las que ocurrieron entre diciembre de 2018 y enero de 2019.

«La erupción está dentro del nivel esperado para un área propensa a desastres. Potencialmente podrían ocurrir erupciones, pero no se ha detectado actividad volcánica que pueda conducir a una mayor intensidad de erupción».

La actividad parece haber disminuido aunque las fuerzas de seguridad están considerando una posible evacuación de los residentes.

A raíz de esa erupción, el Anak Krakatau, que ahora se levanta a poco más de 110 metros por encima del nivel del mar, perdió cerca de 200 metros de altura.

La última gran erupción del ‘Krakatoa’ ocurrió en 1883 y es considerada como uno de los mayores desastres naturales de los últimos 200 años.

Murieron más de 36.000 personas y las explosiones pudieron escucharse a más de 3.000 kilómetros a la redonda.

Indonesia se asienta sobre el Anillo de Fuego del Pacífico, una zona de gran actividad sísmica y volcánica que es sacudida cada año por unos 7.000 temblores, la mayoría moderados.

VOLCANES Y CALENTAMIENTO GLOBAL

El cambio climático es la mayor amenaza medioambiental a la que se enfrenta la humanidad.

Desde hace décadas nuestro planeta esta experimentando los cambios de un calentamiento global propiciado por la acción humana.

Son cada vez más frecuentes las sequías, olas de calor, incendios e inundaciones en todo el mundo, y lo serán aún más en los próximos años si no se mitigan sus efectos.

Según el ultimo informe del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) la situación se complicará si a final de siglo la temperatura media del planeta asciende 1,5ºC o lo que es aún peor, si sube hasta 2ºC respecto a la actual.

 ¿Puede ser una erupción volcánica tan potente como para disminuir drásticamente la temperatura media global?

Por ello, son muchas las cuestiones que surgen alrededor de cómo podríamos “solucionar” —o más bien mitigar— el principal problema medioambiental del planeta. La implantación global de energías renovables, la reducción de las emisiones de CO2, la mejora de la eficiencia de los transportes… son algunos de los aspectos que deberían cumplirse para poder finalizar el siglo en el mejor de los escenarios.

Sin embargo, la pregunta surge también en el ámbito natural ¿podría la Tierra producir una respuesta que reduzca los efectos del cambio climático? ¿Puede ser una erupción volcánica tan potente como para disminuir drásticamente la temperatura media global?

Volcanes ¿aliados contra el cambio climático?

Lo primero que debemos saber es que las erupciones volcánicas pueden reducir la temperatura del planeta ¿Por qué?

Básicamente porque las partículas y gases que expulsan quedan retenidas en la estratosfera y no dejan pasar la radiación solar, reflejándola de vuelta al espacio.

Para que esto ocurra la erupción debe ser lo suficientemente potente como para enviar la columna de partículas a la atmósfera y que estas sean lo suficientemente abundantes como para provocar este efecto.

Ejemplos no faltan en la historia. El Pinatubo —un volcán situado en Filipinas— arrojó en 1991 a la atmósfera toneladas de roca y ceniza y más de 15 millones de toneladas de dióxido de azufre.

Estos gases y partículas formaron aerosoles al Unirse al vapor de agua atmosférico y estos reflejaron la radiación solar durante años.

Como consecuencia, se produjo una disminución de la temperatura media global en unos 0,5ºC.

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con el Krakatoa, cuya erupción en 1883 arrojó cenizas a 80 kilómetros de altura en la atmósfera.

También con el volcán Tambora, el cual se consideró la erupción más potente jamás registrada, lanzando a la atmósfera 151.75 kilómetros cúbicos de polvo, cenizas y piedras.

Sucedió en 1815 y, al permanecer las cenizas varios años en la atmósfera las temperaturas bajaron notablemente, provocando lo que se conoció como «el año sin verano«.

Logró disminuir la temperatura media global más de 2,5ºC.

Geoingeniería para enfriar la atmósfera

Sin embargo, los volcanes no erupcionan cuando nosotros lo deseamos y algunos científicos ya han planteado la posibilidad de intervenir en la atmósfera —inyectando partículas de aerosoles— para enfriar el Planeta y combatir, de este modo, el calentamiento global.

El mayor problema de esto, además de producir una intrusión no natural en el sistema climático, es el hecho de que se pueden producir cambios en los patrones de circulación en el caso de inyección de dióxido de azufre, algo que también puede afectar a la formación de la microfísica de nubes.

Podría tener impacto además sobre los seres humanos produciendo una pérdida del ozono estratosférico y por lo tanto contribuyendo a que llegue mayor radiación solar.

Esto produciría índices de radiación ultravioletas elevados y mayor posibilidad de cáncer de piel y enfermedades derivadas.

Lo que está claro es que, si queremos que la Tierra continúe siendo un lugar habitable, se deben tomar medidas contra el cambio climático, un fenómeno global que cada vez preocupa más a los investigadores, gobiernos y población en general.

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