Berlín, una ciudad llana como un plato, vibra con la loca idea de tener su propia montaña

Berlín, una ciudad llana como un plato, vibra con la loca idea de tener su propia montaña

(PD).- Empezó como una broma. Clausurado definitivamente en octubre pasado, el colosal aeropuerto de Tempelhof (el edificio más grande del mundo hasta la construcción del Pentágono) dejó más o menos en el limbo unos enormes terrenos incrustados en el área metropolitana de Berlín, y dejó, sobre todo, la pregunta de qué se iba a hacer con ellos.

Explica Mauricio Bernal en El Periódico que, para evitar las especulaciones, el Gobierno alemán se apresuró a tomar la iniciativa: anunció que promovería la construcción de nuevos barrios residenciales, y rápidamente dividió el terreno en cinco sectores y convocó un concurso para que los arquitectos de la ciudad presentaran propuestas.

Uno de ellos, Jakob Tigges, se dejó caer con una idea extraña: la idea de, en lugar de casas, hacer una montaña.

No es difícil imaginar los gestos de sorpresa de los técnicos gubernamentales cuando abrieron el sobre y se encontraron con… eso. Una montaña. Menudo disparate. Y menuda manera de perder el tiempo. Naturalmente, el proyecto no fue ni estudiado, y el nombre del joven arquitecto (tiene 35 años) fue descartado de la lista de 12 propuestas finales.

NO MÁS VIVIENDAS
Tigges, profesor de la Universidad Técnica de Berlín, tenía su propia idea de lo que realmente era un disparate. «En Berlín no hay demanda para las viviendas que el Gobierno está proyectando», dijo.

Proponer una montaña era su manera de decir que cualquier cosa, cualquier cosa era mejor que utilizar los terrenos del Tempelhof para hacer nuevos barrios.

«Quería criticar esa decisión y lo hice presentando una utopía, un proyecto irrealizable».

Daba por sentado que los técnicos se iban a sorprender, y por descontado que iban a calificar su propuesta de disparate; era parte del juego. Lo que de ninguna manera se le pasó por la cabeza es que unos meses más tarde su disparate iba a estar en boca de todos. ¿Bocas sonrientes, condescendientes? Ni mucho menos. Bocas que hablan con seriedad de llevarlo a cabo. The Berg, se llama. En alemán, la montaña.

La rescató de ese anonimato al que en principio estaba condenada un periodista del Suddeutsche Zeitung, que tuvo acceso a la imagen de la montaña que Tigges había elaborado para la presentación.

De ahí a que apareciera publicada en la prensa había un paso, y de ahí a que, por los inescrutables caminos en los que se asienta la excitación popular, se convirtiera en un fenómeno, en algo que la gente iba a mirar no con risa, no con escepticismo, sino como algo incluso realizable, había simplemente un segundo escalón.

Un escalón raro, eso sí: el que separa «la utopía», tal y como la sigue formulando Tigges, de la realidad. «Empezaron a llegar correos de todas partes. En un colegio, una profesora hizo que los niños pintaran su propia versión del proyecto, y de Austria hemos recibido varios mensajes en los que la gente dice que nos regala sus montañas. La reacción ha sido impresionante».

EL LUGAR DE LA IMAGINACIÓN
Además del amplio eco que ha tenido en varios medios de comunicación, con numerosas y generosas entrevistas (en términos de espacio) en las que Tigges insiste en que se trata de un plan irrealizable, varios, muchos grupos han aparecido en internet para respaldar la idea. Y, como una bola de nieve, el proyecto de la montaña ha empezado a rodar solo.

«Yo creo que es parte del juego –dice Tigges–.

Una propuesta así siempre va a estar entre la imaginación y el… ¿no deberíamos? Pero lo importante es que Berlín ha respondido. No se me ocurre otro lugar donde la gente celebre de este modo lo inimaginable».

Lo que lo inimaginable a veces tiene es que alguien se lo puede tomar en serio: una empresa de ingeniería de Australia lo ha hecho, y después de un somero estudio ha dicho que se puede hacer. Tardarían 10 años. «Nadie esperaría más por una montaña», dice, riendo, Tigges.

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