«El turista de hace cinco años se va a parecer bastante poco al que tendremos dentro de otros cinco». Quien así habla es Juan Andrés Melián, presidente de la Mesa del Turismo, foro que reúne a un buen número de los empresarios del sector.
A su juicio, el uso de internet como una herramienta de marketing es ya algo básico, porque «las contrataciones de última hora y a través de la red son un hecho de importancia creciente, y están aquí para quedarse».
Este año, por ejemplo, los hoteleros prevén que su nivel de ocupación media en agosto supere el 80%, frente al 71% con que empezaron julio, gracias precisamente a esas contrataciones «casi en el último minuto».
Es por ello que el presidente de la patronal del sector, CEHAT, Juan Molas, advierte de que este hábito «va a complicar sobremanera hacer cualquier previsión a varios meses vista».
No obstante, los expertos creen que este cambio de costumbres no ha llegado de la noche a la mañana, por más que la crisis lo haya acelerado, sino que «se lleva produciendo desde hace cuatro o cinco años», según Josep Francesc Valls, catedrático de Marketing de la escuela de negocios ESADE.
De hecho, el nuevo perfil del turista está en construcción desde hace tiempo. «Hoy, como ayer, busca un clima y un ambiente agradables, pero no le basta con eso: quiere hacer actividades muy diversas», argumenta John Kester, responsable de tendencias de mercado de la Organización Mundial del Turismo (OMT).
«El nuevo turista -explica José Luis Zoreda, vicepresidente ejecutivo de la alianza Exceltur, que reúne a las principales empresas del sector- va a estar menos tiempo en un sitio y, sobre todo, valorará mucho más su dinero».
«No es tanto que quiera precios baratos -extremo al que concede una gran importancia el cliente vía internet-, sino que será muy exigente con lo que pague y tendrá menos alegría en el gasto», añade.
Cultura, deporte/aventura, salud o gastronomía son sólo algunas de las actividades complementarias que, para el nuevo turista, serán obligatorias allí donde vaya. El cambio no se queda aquí. A las familias, usuarias tradicionales de los servicios turísticos, le han quitado cada vez más peso los jóvenes y los profesionales en viajes de negocios, pero también colectivos de importancia creciente, como los denominados ‘sosos’.
Son los solteros solitarios, junto a los divorciados, «un nuevo segmento que hasta ahora no aparecía las encuestas y que habrá que atender», apunta Valls.
Una de las paradojas que presenta el sector turístico español, ahora que se habla tanto de modernización y desarrollo sostenible, son los chiringuitos de playa, que a lo largo de décadas se han convertido en un icono más de nuestras costas, comparables para algunos a los famosos toros metálicos de Osborne que todavía se ven en los campos.
A priori, parecerían elementos del pasado, poco acordes con la nueva oferta complementaria de mayor calidad que se busca. Pero desde las grandes empresas turísticas, representadas por Exceltur, puntualizan que «no podemos quitar símbolos sólo porque sí, sobre todo cuando son un elemento recreativo de primera magnitud».
«Hay que buscar un punto de tolerancia», explica su vicepresidente ejecutivo, José Luis Zoreda, quien reclama al Gobierno que «evite posiciones extremas», para cerrar sólo los locales con deficiencias y tener «cierto margen» con el resto.
La clave está en la Ley de Costas, cuya aplicación rigurosa provocaría que la mayoría de los chiringuitos desaparecieran o se tuvieran que instalar en los paseos marítimos, lo cual equivaldría a lo mismo para muchos.
Desde el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, responsable de ejecutar esa normativa junto a las comunidades autónomas, alegan que «nunca» han tenido el propósito de eliminar nada, mientras que en el PP le han acusado justo de lo contrario y han pedido que sean renovadas todas las licencias.
El debate, mientras, sigue abierto. Puntos como la distancia mínima con la orilla del mar (100 metros), la ocupación máxima de los locales (150 metros cuadrados, y sólo 100 cerrados) o su ubicación exacta están ahora en discusión. Miles de familias -sólo en Andalucía esta actividad genera 40.000 empleos y 500 millones de euros anuales- están en vilo por esta situación.