Prólogo al libro “ Al fresco de la higuera” de Francisco Giraldo

Se presentará próximamente en Cáceres

Prólogo al libro “ Al fresco de la higuera” de Francisco Giraldo
Al fresco de la higuera

Tenemos en nuestras manos una nueva obra del escritor Francisco Giraldo. Un hombre autodidacta que se está convirtiendo no sólo en un prolífico escritor si no en un buscador apasionado de historias que, además de entretener, cultivar, informar…. mantienen al lector expectante y ávido de pasar página tras página en búsqueda de un desenlace.

En esta ocasión la intriga que se mantiene hasta el final, como si de una novela de suspense se tratase, nos retrotrae a lo que algunos llaman Memoria Histórica y a mi me gusta más denominar Memoria Democrática. Pues de eso se trata, amigo Paco, de recuperar los valores de la Democracia en los que se sustentan, entre otras muchas cosas, las animadas charlas de los abuelos y de Cecilia la maestra, en torno a una higuera.

Me ha parecido sorprendente y muy agradable comprobar cómo el autor desgrana el argumento utilizando una narrativa de cercanía. Es una sucesión de diálogos. En muchas ocasiones breves frases, por ejemplo, de las numerosas conversaciones que se tienen en los pueblos extremeños al calor de las largas noches de verano.

Es por otra parte, una muestra de comunicación intergeneracional. Cierto es, que la labor de recuperación de los desaparecidos en la guerra civil, tras el silencio de sus hijos, maridos y mujeres, ha sido principalmente obra de los nietos. Son los jóvenes, la tercera generación, las encargadas de traernos a la vida la memoria de sus abuelos. De buscar en las cunetas sus restos. De tratar de que no se pierdan en el olvido sus obras. Esto lo representa de una manera fehaciente esta chica joven, Cecilia, quien aparentemente llega al pueblo como una ilusionada maestra que alegrará los días de los vecinos. Sin embargo detrás se escondía una interesantísima historia.

Otro detalle que en el siglo XXI no se le presta la debida atención, salvo si lo analizamos desde la perspectiva académica, o como historiadores, es el símbolo de la carta. Hoy que nos comunicamos vía redes sociales, parece que no tiene sentido dejar un testimonio escrito en papel sobre un mensaje que queremos perpetuar. Hace no más de 20 años era habitual la correspondencia epistolar y ese símbolo lo representa la carta final de Jacinto, uno de los protagonistas.

Por otra parte, en esta obra vemos cómo se analiza la labor de los soldados embarcados en una guerra en la que muchos participaron sin convicciones. Fueron literalmente reclutados. Se vieron obligados a disparar. A matar a sus hermanos. Simplemente a cumplir órdenes. Estaban muy alejados de aquellos otros que fuertemente ideologizados representaban a lo que se llamaban las dos Españas. Estos chicos sin embargo, se encontraron, como uno de los abuelos que aparecen en la novela, dentro de una sinergia en la que, en la mayoría de las ocasiones, al margen de la aventura que podría suponer estar inmersos en el conflicto fraticida, iban y venían sin conocer auténticamente el propósito de las malditas acciones que iban a acometer.

Más curioso resultan las apariciones de los muertos no muertos. Es habitual la recreación de los caídos en las batallas que tenían una segunda oportunidad, pero, como veremos en el libro, en esta ocasión muy efímera, si bien da pie a una enrevesada historia que va a permitir conectar y posiblemente conciliar dos bloques entonces enfrentados y ahora, afortunadamente muy próximos. Hasta el extremo de reconocerse ambos como buenas personas.

Cecilia, la estrella de esta obra, es una heroína que no decae hasta lograr investigar dónde pueden estar los restos de su abuelo. Arrojados junto a más de 30 cadáveres en una cuneta. Como tantos miles de españoles. La singularidad de este caso es que consigue saber quién fue el asesino. Y valga el trabalenguas: asesino que no era asesino. Fue la guerra. Como veremos.

Es esta Extremadura, donde el calor del verano y la agradable sombra de las higueras tejen el contar de interminables historias que consiguen aplacar las interminables noches. A veces con tertulias tan llenas de pasión que posibilitan el efecto contrario: hacer que nuestros protagonistas no concilien el sueño. Paredes, bancos, tertulias, árboles y anécdotas. Muchas anécdotas.

Son las costumbres, la vida de nuestros pueblos, el ir y venir del tiempo. La mirada atrás y sobre todo la amistad. La convivencia. La proximidad, como decíamos anteriormente de las frases cortas con las que Paco Giraldo tan magistralmente consigue transmitir intensidad en la narración.
En definitiva, nos ponemos a leer y como una noche de verano no pararemos hasta irnos a dormir ( o no) con el resultado de conocer qué paso hace quizás no tanto tiempo.

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