La fiesta en honor a la Virgen de la Asunción en Trujillo (Cáceres)

La fiesta en honor a la Virgen de la Asunción en Trujillo (Cáceres)
Trujillo (Cáceres)

La fiesta más importante que se ha celebrado en Trujillo a lo largo de la historia ha sido la de la Virgen de la Asunción que por distintas circunstancias del destino, llegaría a fusionarse en un momento de la historia con la fiesta de la Patrona.

Se instauró desde que en el siglo XVI se ejecutase una imagen que representase a la patrona de la ciudad y fuese colocada y venerada en una capilla construida en el castillo entre las dos torres de la fortaleza, siendo fieles al escudo municipal y cumpliendo así la tradición, transmitida de generación en generación: «En campo de plata, una imagen de Nuestra Señora de la Victoria con el Niño Jesús en los brazos, puesta encima de una muralla almenada y acotada de dos torres, todo de gules y mazonado de plata». El uso de tal escudo fue confirmado por el mismo Rey D. Fernando III.

Los orígenes del culto a la Virgen en Trujillo. Extremadura, región a la que pertenece Trujillo, tiene su origen en la Edad Media. En este largo período que nos ocupa, las unidades administrativas existentes fueron los concejos de realengo y los señoríos. En éstos las órdenes militares organizaron la tierra en partidos o en provincias. La Iglesia seguía organizándose territorialmente superando a la división territorial civil, siendo con frecuencia punto de referencia para describir el territorio extremeño.

Por otro lado, el régimen jurídico de los municipios está contenido en los fueros y cartas-pueblas concedidos por el rey o el señor, también cabe citar los estatutos y las concordias. Los fueros otorgados a los concejos castellanos y leoneses entre los siglos XI y XIII son una fuente de gran importancia para el conocimiento de la producción agrícola, ganadera y artesanal, actividades frecuentes en Trujillo. El modelo de constitución municipal predominante en los municipios extremeños era el de las «ciudades fronterizas», concejos que surgen al Sur del Duero, organizándose esencialmente en dos células o unidades territoriales: la villa o zona intramuros y el término.

En el siglo XII los territorios extremeños son fronterizos. Durante cinco siglos el norte de la región será controlado de manera inestable por tribus beréberes. Los inicios de reconquista en las localidades que hoy día corresponden al territorio extremeño, comienzan en los albores del siglo XII. No obstante, hasta el año 1142 no conseguirá Alfonso VII reconquistar una primera plaza: Coria.

El primer ataque cristiano a Trujillo fue obra de Geraldo Sempavor, el que fuera alférez del rey Alfonso I, rey de Portugal, que aprovechando la debilidad del ejército musulmán logró conquistar la citada villa en el año 1165. Las Ordenes Militares eran las más apropiadas para dominar estos territorios despoblados y de frecuentes ataques árabes.

Con motivo de un gran ataque acaecido en el año 1174, todos los territorios al sur del Tajo cayeron de nuevo en manos de los musulmanes, a excepción de los territorios que pertenecían a Fernando Rodríguez de Castro. Pero a su muerte, heredó el dominio sobre los territorios su hijo, Pedro Fernández, que reconoció al rey Alfonso VIII de Castilla.

Trujillo se preparó para un nuevo ataque musulmán. Se tomaron varias medidas, la construcción de una extensa muralla que bordeara el conjunto poblacional, así como la edificación de alcázares en los extremos y puertas de acceso a la misma; y la fundación de un convento para la Orden del Pereiro -después Alcántara- en el que vivieron los freyles bajo la dirección de D. Gómez, maestre del Pereiro.

También, se fundó una nueva ciudad a orillas del río Jerte que ayudaría a poblar esta frontera, ya que Trujillo distaba 138 kilómetros de Talavera y 229 de Avila, los dos alfoces que lindaban con el suyo, incapaces de poblarlos en poco tiempo. Así surgió la ciudad de Plasencia. También, sería de gran ayuda la unión de las Ordenes Militares-Alcántara, Santiago y Temple- para la defensa de los territorios.

El rey Alfonso VIII entregó a la Orden de Santiago en Trujillo, la mitad de los diezmos y tercias de la población y los términos que se poblasen desde el Guadiana hasta el Tajo.

En el año 1196, Trujillo sufrió un nuevo ataque, cayendo en manos almohades la fortaleza y el territorio, que hasta entonces había estado bajo el poder de la Orden de Trujillo. Esta, que nunca tuvo aprobación pontificia, desapareció de esta villa. Sus freyles pasaron al convento del Pereiro. Para unos autores fue una orden distinta a la de Alcántara, aunque luego pasó a formar parte de ella, y para otros la Orden del Pereiro y la de Trujillo fue siempre la misma.

Un nuevo avance cristiano surge tras la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. La unión entre castellanos y leoneses ayudó para que el rey Alfonso IX conquistara Alcántara en 1217 y Cáceres en 1229, y en 1230 las poblaciones de Montánchez, Badajoz y Mérida.

La conquista definitiva de Trujillo tuvo lugar en tiempos del rey Fernando III, el 25 de enero de 1233.

Pero, la conquista definitiva de Trujillo tuvo lugar en tiempos del rey Fernando III, el 25 de enero de 1233, participando en la misma las Ordenes Militares de Alcántara, Santiago y el Temple.

Según la tradición, transmitida de generación en generación, la puerta por la que entraron las tropas en la toma de Trujillo recibió el nombre de Arco del Triunfo, en conmemoración al acontecimiento. Junto a las tropas de las Ordenes Militares, destacaron caballeros de tres linajes que serían decisivos en la posterior administración municipal de Trujillo: Altamiranos, Bejaranos y Añasco. Entre los primeros destacó Fernán Ruiz de Altamirano, que logró abrir la puerta del Triunfo para facilitar así la entrada a los ejércitos.

Encima de la puerta se pusieron los escudos de dichos linajes, y en una hornacina, una imagen de Ntra. Sra. de la Victoria abogada de la conquista. Pues, según una venerable leyenda, la Virgen intercedió para que el ejército cristiano venciese en la toma de Trujillo contra los infieles. Esta leyenda motivó el escudo de Trujillo que representa a la Virgen de la Victoria sobre las murallas, en medio de dos torreones.

El rey Fernando III concedió al Obispo de Plasencia, diez yugadas en el término de Trujillo, en atención a los servicios prestados en la toma de la villa.

LAS PRIMERAS IGLESIAS

Tras la reconquista aparecen en la villa las primeras fábricas religiosas cristianas, como es el caso de la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, ubicada sobre el solar de una mezquita árabe, la cual sería el centro del nodo urbano más importante de la ciudad intramuros.

Al desaparecer el peligro musulmán y con el enriquecimiento de los patrimonios solariegos, la población comienza a abandonar la zona intramuros y rebasa la cerca de murallas, levantando edificios entorno a lugar de celebración del mercado de ganados o agrario en el arrabal en que se vendían los excedentes de los dominios y a los que acudían buhoneros y artesanos que acabaron por establecerse allí de forma permanente, a estos núcleos se los denominó burgos. El centro cívico medieval, sito en la villa intramuros, pasará a la «ciudad nueva», configurándose así la Plaza Mayor.

La expansión demográfica es importante para los intereses políticos y militares de los reyes, que sólo podían prosperar mediante un adecuado poblamiento de las regiones conquistadas. De esta manera, se afirman algunas ciudades como Plasencia, Cáceres y Trujillo. La mayor parte de los pueblos de la Diócesis placentina estaban muy vinculados desde el punto de vista económico, político y administrativo a una Ciudad principal: Trujillo, Plasencia, etc., que dictaba unas ordenanzas observables en todas las aldeas de su término.

El Corregidor visita los lugares y efectúa los mandatos que obligan bajo pena a los aldeanos. A finales de la Baja Edad Media se observará una mayor autonomía. Los municipios comienzan a establecer sus propias ordenanzas, aunque serán aprobadas en esas Ciudades principales.

Es importante el estudio de las características de las imágenes medievales e intentar localizar su época, pero también resulta interesante conocer las sutiles transformaciones que han sufrido a lo largo de la historia, así como las vicisitudes por las que han pasado desde las numerosas leyendas de tipo simbólico que se las han atribuido hasta los festejos que en honor a ellas se celebran en nuestros días.

En aquella época de inquebrantable fe y de elemental cultura popular, de efervescentes pasiones juveniles y de costumbres semibárbaras, no es de maravillar que tropecemos con los más fuertes contrastes en la vida moral, los actos más heroicos de abnegación, de penitencia, de humildad, de desprendimiento evangélico, con la codicia insaciable de bienes mundanos, la rapacidad más brutal, la ambición, el egoísmo; la pureza angélica, la virginidad, el espiritualismo más noble, con los instintos más desenfrenados, el adulterio y el concubinato casi sin escrúpulos; la misericordia, la caridad y el amor al prójimo, con la crueldad, la extorsión y la usura; la piedad más ejemplar, con la más grosera superstición.

El comentario de San Bernardo al Cantar de los Cantares sobre el amor místico casi coincide con las más apasionadas y sensuales novelas caballerescas, en que se exalta el amor libre pecaminoso y adúltero, como en Tristán e Isolda. Siempre hubo delitos e inmoralidades en el mundo, y es fácil trazar cuadros de subido color presentando las costumbres de la época, buena muestra de ello lo encontramos en la sillería coral de la Catedral de Plasencia.

Para explicar de algún modo este sentido sombrío de las obras artísticas de la época, hemos de tener en cuenta que en la masa del pueblo, y en aquellos eclesiásticos que no cursaban estudios, reinaba la mayor ignorancia, y en las sombras de ésta se incuban fácilmente los vicios más envilecedores.

Anotemos, además, que el hombre medieval vive en continuo estado de guerra. Siempre alerta contra las incursiones de los enemigos en las luchas civiles y siempre soñando en fantásticas matanzas de infieles bajo los cielos de Oriente.

Ahora bien, la guerra despierta las pasiones más violentas, y si es lejana y larga, relaja las costumbres. Finalmente no olvidemos que muchos de los crímenes y depredaciones se explican por la deficiente organización de la vida civil y la falta consiguiente de eficaz justicia represiva.

Pero, en general, conviene resaltar la fe y espiritualidad de aquellas gentes que todo lo contemplaban sub specie aeternitatis, que conocían perfectamente su origen y su destino eterno y miraban todas las cosas del mundo como criaturas de Dios y en el Vicario de Cristo con adhesión total; que amaban a Nuestro Señor y a su Madre Santísima con apasionamiento y ternura; que invocaban a los santos con familiaridad y confianza; que si pecaban, expiaban su culpa con austeridades y penitencias; que hacían actos heroicos, luchando por la fe o consagrándose a obras de caridad; y veían en el santo local el ideal y prototipo del hombre; y, en fin, que cantaron su fe en poemas inmortales y obras de sabiduría teológica y construyeron para honra de Dios obras artísticas espirituales.

Pero, la fecundidad de la fe se mostró en otras muchas manifestaciones de la vida, hasta en las fiestas populares, que con frecuencia son para el hombre del Medievo prolongación de las fiestas religiosas. Muchas de las romerías que se celebraban en torno a la Virgen se convirtieron en la mayoría de los casos, en uno de los paradigmas de la localidad y en una exaltación folklórica-turística.

Difícil resulta a veces encontrar datos sobre el origen de ciertas imágenes medievales -como es el caso, de Ntra. Sra. de la Asunción de la parroquia de Santa María- y sobre la devoción a ellas, por no encontrarse documentación en los archivos parroquiales y, en el caso de que hubiese alguna información sobre la devoción a las imágenes, se han perdido la mayoría de los documentos correspondientes, unas veces por el abandono de los mismos sacerdotes o de los seglares encargados de las cofradías y, otras veces, por las vicisitudes de la historia como la invasión francesa o la Desamortización.

Es curioso el origen legendario de la mayoría de las imágenes. Casi todas estas «mariofanías» (manifestaciones de María) obedecen siempre a este esquema tipificado: origen de la imagen en Tierra Santa; traída de allí por algún varón apostólico; ocultamiento de la misma ante la invasión árabe; aparición a un pastor o a una persona de baja categoría social e intelectual; voluntad expresa de la Virgen de querer quedarse en ese lugar elegido por ella; expreso deseo de la Virgen de que en ese citado lugar se levante un templo e inamovilidad de la imagen al intentar ser trasladada a otro lugar distinto.

LA LEYENDA

Al difundirse estos relatos, según un modelo establecido, los monjes o el pueblo sencillo no buscaban la verosimilitud. Su objetivo era el de incorporar al culto de una imagen el «medio ambiente» legendario que entrase más entrañablemente en el corazón del pueblo. Pero, cada época tiene su idiosincrasia y no se puede aplicar a una época pasada criterios que hoy estimamos insustituibles. Es difícil entrar en la piel de unos hombres medievales que creían en un mundo en el que casi todo era simbólico.

La leyenda va más allá de la historia porque expresa todo aquello que está en el alma de un pueblo o de una comunidad, pero que la historia no ha podido captar. La ley que debe aplicarse a estas leyendas no puede ser más que ésta: El hombre capta la realidad no sólo por el entendimiento, sino también con el sentimiento, y la expresa no con palabras frías, sino a base de alegorías, símbolos, leyendas y mitos. Así, el misterio de María no sólo se explica con la historia, más bien escasa, sino también con la teología y el lenguaje indirecto del símbolo y de la metáfora, como encarnación de lo indecible.

El fondo espiritual de las leyendas medievales es la presencia de María protegiendo a los pueblos cristianos en el momento en que se encontraban así mismos, a medida que avanzaba la Reconquista.

Los cristianos al lado de la Madre protectora se sentían fuertes, gracias a las imágenes que iban llenando los santuarios de las tierras conquistadas a los árabes. Este convencimiento se vivía comunitariamente y fue concretándose en el momento en el que un poeta -expresión del alma popular- fingió, que no inventó, la historia de la imagen venerada.

La narración, con el correr del tiempo, fue creciendo con detalles que corrían de boca en boca, hasta pasar al acerbo común y transformarse en leyenda.

DEVOCIÓN MARIANA

Las manifestaciones marianas muestran como tipificados, unos esquemas devocionales e históricos, que proyectan a su vez manifiestas analogías para la comprensión del fenómeno religioso. Ejemplo de ellos son estas relaciones que acabamos de comentar, entre las imágenes http://empresarios.ruralia.com/uploads/Imagen/grande/trujillo-7386.jpgde María y las Ordenes Militares, la principal fuerza cristiana.

Tras la reconquista, hubo de ser masiva la demanda de imágenes de la Virgen y los Crucificados para las nuevas iglesias y ermitas que se estaban erigiendo en las distintas localidades de la Diócesis placentina, según podemos constatar en las numerosas advocaciones existentes, muchas de ellas no pasaron de ser obras de devotos locales, que en la mayoría de los casos se conformaron con plasmar las cabezas y los cuerpos que habían contemplado en las imágenes vecinas más veneradas.

El concepto de la realeza de la Madre de Jesús, fue captado por los tallistas medievales en toda su profundidad teológica y grandeza litúrgica, existiendo una gran correlación entre la plástica y la corriente ideológica que la informa, de esta forma, aquélla se produce en función directa de ésta.

Por tanto, podemos pensar en una conciencia que podríamos llamar iniciática, producto de una concepción sagrada paralela a la que los maestros constructores tradujeron en los templos. La tradición, en sus leyendas sobre el origen de ciertas imágenes, ha plasmado también esa circunstancia.

Es más probable que la Virgen de la Asunción fuese una imagen fernandina que viniese con las tropas en el año 1233.

En la mayor parte de los casos, estas imágenes se convierten en Patronas de la localidad en cuyo territorio han sido localizadas. Son varios los autores, que sin contar con documentación alguna, consideran que los cristianos en la toma definitiva de Trujillo encontraron una imagen de Ntra. Sra. escondida en la Torre Julia. Cuando es más probable que la Virgen de la Asunción fuese una imagen fernandina que viniese con las tropas en el año 1233.
La festividad mayor suele coincidir con la fecha de su supuesto hallazgo o de la toma de la villa. En muchos casos se utiliza la devoción popular para socorrer a los gastos que la iglesia debe sufragar a lo largo del año, como es la reparación del templo o ermita, ya que son muchas las ofrendas que los fieles otorgan a sus imágenes de devoción.

Otra prueba de la gran devoción que el pueblo ha tenido a la mayoría de estas imágenes, es la existencia en las iglesias y ermitas de diversos exvotos que nos hablan de favores concedidos por la Virgen.

Precisamente, gracias a un cuadro exvoto del año 1745 existente en la iglesia parroquial de Santa María de Trujillo, nos podemos dar una idea del aspecto que tenía la imagen de Ntra. Sra. de la Asunción, que desapareció en 1809 con motivo de la invasión francesa.

EL ESCUDO DE ARMAS

El Escudo de Armas de Trujillo fue creado en 1233 con motivo de la toma de Trujillo por las tropas del rey Fernando III, que capitaneaban D. Pedro González Mengo, Maestre de Alcántara, en obsequio por la intercesión de Ntra. Sra. en la victoria final contra los árabes. En su origen se organizó de la forma siguiente: En campo de plata, una imagen de Nuestra Señora de la Victoria con el Niño Jesús en los brazos, puesta encima de una muralla almenada y acotada de dos torres, todo de gules y mazonado de plata. El uso de tal escudo fue confirmado por el mismo Rey D. Fernando III.

Cuando el Rey de Castilla y León D. Juan II concedió a Trujillo el titulo de Ciudad, el 12 de abril de 1430 en Astudillo, y fue confirmado el 4 de enero de 1432 en Zamora, esta ciudad extremeña con su asentimiento, timbró su escudo de armas con una corona igual a la de Marqués.

Y, por último, el Rey D. Alfonso XII, a petición del Ayuntamiento de Trujillo, confirmó el escudo de armas, y mandó dar certificado de la confirmación por D. Félix de Rújula Martín Crespo Busel y Quirós, Cronista de S.M.C., el 18 de mayo de 1880; ordenándose en él que la Ciudad de Trujillo pueda usar de las referidas armas, haciéndolas bordar, esculpir y pintar en sus sellos, anillos, reposteros, Casas Consistoriales portadas, y demás partes acostumbradas.

En dicho certificado de confirmación se define el emblema del escudo en la forma siguiente: «La plata significa pureza, integridad, obediencia, celo, firmeza y gratitud. La imagen de la Virgen, devoción y agradecimiento a la victoria conseguida a los sarracenos. El muro y las dos torres declaran el brío, firmeza, constancia, esfuerzo y osadía de los moradores y vecinos de Trujillo. Y el color gules (o rojo) demuestra la sangre que en su conquista y defensa derramaron los hijosdalgos y caballeros pobladores de ella».

LAS PUERTAS DE LA CIUDAD

Siete puertas abrían el cinturón de la muralla almohade al exterior de la ciudad. Estas fueron reformadas entre los años finales del siglo XV y principios del siguiente. En ellas y sobre el arco de acceso se emplazaba una pequeña capilla, escoltada con los blasones de España, de la ciudad y de algunas familias nobiliarias, con un retablo de imágenes.
Las puertas de Santiago y San Juan se adornaban con las imágenes de sus santos titulares. La del Triunfo ostentaba una imagen de bulto de Nuestra Señora de la Victoria, acorde con la tradición de que allí se apareció la Virgen al ejército cristiano en la reconquista de la ciudad.
Desaparecidos todos los retablos, que inicialmente se decoraban con pinturas, se perdieron las imágenes, que en 1554 ejecutara Jerónimo González para las puertas de Santiago y San Juan. Igual suerte corrió la imagen que para la puerta del Triunfo hiciera el pintor Muriel Solano en 1575, en sustitución de la escultura que para dicha hornacina realizara el artista Sancho Casco, en 1505.
La que actualmente se expone a la veneración de los fieles en la citada puerta, es obra realizada en 1963 por el cantero trujillano Francisco Serván Donaire.
Unas noticias documentales son los únicos restos que quedan de los retablos emplazados en el Cañón de la Cárcel y en el de la calle Sillería. Servidumbre de paso a través de las antiguas casas consistoriales, que enlaza el camino de las almenas con la plaza mayor, en el primero puede apreciarse aún la hornacina ciega, desprovista de su correspondiente retablo, en el que Muriel Solano pintara en 1575 una imagen de Nuestra Señora.

En el arco de Sillería no queda rastro alguno del retablo, que sabemos estuvo situado en la parte exterior de la plaza, pero los testimonios escritos son lo suficientemente explícitos para afirmar la existencia de una capilla abierta dedicada a la Virgen.

Conformaban ambos, junto con la capilla del Reposo, que aún se conservan, la trilogía de retablos marianos situados en la entrada a la Plaza, de los tres caminos más utilizados.

Por tanto, en un breve recorrido por las calles trujillanas nos detendremos a contemplar las imágenes de Nuestra Señora. Muchas desaparecieron, pero otras aún siguen recibiendo las oraciones de los fieles transeúntes. El escudo de la ciudad es el motivo heráldico más repetido en la iconografía mariana.

EL ESCUDO DE TRUJILLO

El escudo de la ciudad de Trujillo efigia a la Virgen de la Victoria entre dos torres almenadas sobre campo de plata las calles de la ciudad. No contento con las imágenes guardadas en el interior de los templos y ermitas, el trujillano ha sacado su Virgen a la calle, asomándola a las puertas de la Villa y a sus plazuelas, sacralizando así el espacio urbano, en un deseo manifiesto de convertir la ciudad en un templo abierto de colosales dimensiones, que remata en la clave del cielo trujillano la imagen del Castillo.

Allí donde se encuentra, testimonia la propiedad o mecenazgo del concejo trujillano. Así lo vemos en las portadas de los predios comunales, en las iglesias de patronazgo y en las bóvedas de los templos, a cuya construcción acudió el Ayuntamiento.

Las armas de la ciudad aparecen en las portadas de las dehesas de los Caballos y de las Yeguas, erigidas respectivamente en 1535 y 1573, con el acompañamiento de las del reino, en su calidad de ciudad realenga. EI escudo trujillano preside la casa de los Fieles y otros edificios públicos, desgraciadamente desaparecidos.

Escudos de la ciudad -con la obligada representaci6n de la imagen de Nuestra Señora entre dos torres- aparecen en las portadas de las iglesias conventuales de San Pedro y San Francisco, y en la principal de la parroquia de San Martín, ornando asimismo las claves de las bóvedas interiores.

Responden todos ellos a un mismo modelo compositivo, en que aparece la Virgen de tres cuartos, con la única excepción del escudo de la portada de la iglesia de San Francisco, que representa a Nuestra Señora de cuerpo entero, con un lirio en su mano derecha. Es éste, sin duda, el mejor ejemplar iconográfico de la heráldica concejil, por su diseño y labra.

En el interior del templo franciscano pueden contemplarse los escudos situados en las claves de las bóvedas de la nave principal, con la policromía original, que pusiera en ellos el pintor Juan Ximénez, en 1588

Otro escudo decora la fachada del actual Ayuntamiento, edificado bajo el mandato del corregidor Juan de Lodeña en 1585, durante cuyo corregimiento se alzaron los arcos del portal del pan, que remataban en un ático con los blasones de la ciudad. Esta obra desapareció, al descomponerse en el siglo pasado este lienzo de la Plaza, si bien podemos conocer su alzado gracias a los dibujos del taller de Laborde, descubiertos por un historiador del arte.

De las capillas abiertas en el callejero de la ciudad tan sólo se conservan las siguientes: la de la Virgen de la Guía, el Reposo, la de la calle Afuera (desaparecida) y una situada en el costado exterior de la iglesia conventual de San Francisco. Todas ellas son imágenes de piedra, de distinta calidad artística, y procedentes de un mismo modelo iconográfico.

LA CAPILLA DEL CASTILLO

Años antes, en el año 1531, el concejo acordó construir una capilla en el castillo para venerar en ella a la imagen que ejecutara Diego Durán, de vara y dos tercios, bien dorada y lucida, adornos que estuvieron a cargo de Antón Torino y Juan Notario. Esta imagen sería la Patrona de Trujillo, la Virgen de la Victoria.

Tiene un gran interés la capilla de la Virgen de la Victoria en el castillo por tratarse de la Patrona de la ciudad, estando colocada entre las torres del castillo en el escudo de Trujillo.

El hecho de situar a la imagen de esta manera responde con la tradición que afirma la intervención milagrosa de la Virgen en la conquista de la villa, pues se apareció entre dos torres concediendo la victoria a las tropas cristianas. Esta es la razón por la que se construyó una capilla en dicho lugar.

La obra del arco, bóveda, altar y retablo de Nuestra Señora de la Victoria fue encargada al maestro Sancho de Cabrera por un importe total de cien ducados.

La obra del arco, bóveda, altar y retablo de Nuestra Señora de la Victoria fue encargada al maestro Sancho de Cabrera por un importe total de cien ducados, según acordó el Concejo en 1547. Ha desaparecido, lo obrado por Cabrera a causa de las diversas reformas que tuvo dicha capilla, la más importante fue la del año 1951, según proyecto del arquitecto José M. González Valcárcel.

Cinco decenios más tarde, en 1583, la escultura fue retocada por el escultor Juanes de la Fuente, activo en la ciudad por aquellos tiempos; al año siguiente sería policromada y dorada por el pintor Juan Sánchez.

Es una imagen de gran belleza, que muestra a la Virgen en pie, con el Niño desnudo en su izquierda; tratada con formas blandas, constituye un buen ejemplar de arte renacentista.

En el año 1755, un año después de que se realizasen otras obras de mejora en la capilla de Nuestra Señora de la Victoria, se decide llevar a cabo «alguna obra que redunde en el maior y más honroso adorno» en acción de gracias ante el terremoto registrado a finales de dicho año. A principios de 1756, Fernando de Mendoza, nombrado comisario para las obras de la capilla, inicia los trámites para el comienzo de las mismas. Meses más tarde se ordena el libramiento de 530 reales de vellón de la «madera cortada para la obra de Nuestra Señora de la Victoria».

No obstante, las obras no se habían iniciado aún en 1760. En abril de dicho año el procurador síndico pone en conocimiento del concejo las quejas que los vecinos le habían manifestado por el apilamiento de materiales en aquel sitio sin que los trabajos de ampliación diesen principio, de forma que «lo que se preparó para maior dezencia, produce oy indezencia a lo que no es justo que la ziudad buelba los ojos».

En 1809, con motivo de la entrada de las tropas francesas en Trujillo, D. Agustín Serrano, criado del Marqués de la Conquista, escondió la sagrada imagen en el Palacio de la Conquista. En 1854 fue devuelta la imagen de la Patrona a la fortaleza. En la festividad del año 1912, se inauguró la nueva capilla del castillo, la obra fue costeada por el Excmo. Sr. Marqués de Albayda. Coincidiendo con este hecho se quitó la policromía a la imagen de la Patrona.

Al concluir la fiesta de la Patrona del año 1949, el Sr. Alcalde D. Julián García de Guadiana Artaloytia, al despedir a los invitados en el salón de actos del Ayuntamiento, les expuso la pena que causaba el estado en que se encontraba la capilla de la Virgen y lanzó la idea de hacer una profunda reforma. Ni que decir hay que fue extraordinariamente acogida su propuesta.

Para realizar la obra se encargaron planos y estudios y sin demora alguna, el Alcalde convocó a los patronos y obreros de distintos ramos a una reunión que se celebró el 26 de Marzo de 1950, en la que fueron mostrados los planos realizados por los arquitectos Valcárcel y Feduchi. En las fiestas de la Victoria de 1950, se realizaron audiciones radiofónicas que pudieron ser escuchadas por todos los trujillanos gracias a la megafonía instalada en la Plaza por generosidad de la firma comercial Eusebio González y Cía, S.A.

En su alocución señaló el alcalde que era el momento propicio de acometer las obras de restauración de la ermita del Castillo, animando a los trujillanos a colaborar. La idea es acogida favorablemente y el público congregado en la Plaza aplaude con entusiasmo. En efecto, de inmediato se abre una suscripción popular para que cada trujillano aporte lo que crea conveniente.

En los primeros días del mes de marzo de 1951, comenzaron las obras de la Capilla o Santuario de la Virgen según los planos que el 18 de febrero anterior entregó el arquitecto de la Dirección General de Bellas Artes José M. González Valcárcel, al entonces Alcalde de Trujillo D. Julián García de Guadiana. Estas obras se realizaron por suscripción popular, la cual ascendió a 243.215 ptas.

Esta Capilla sustituyó a la que entonces existía en la torre del homenaje, a la par que se construyó la casa del santero. Con motivo de las obras de restauración no solo de la ermita que cobija la imagen de la Patrona de Trujillo, sino también de la fortaleza, se hizo necesario trasladar la imagen a la iglesia de Santiago.

Este traslado se efectuó solemnemente el sábado 21 de Abril de 1951 a las ocho de la tarde. Una vez restaurada la fortaleza, la imagen de la Patrona retornó a su capilla. Fue coronada canónicamente el domingo 18 de octubre de 1953 por el Eminentísimo Sr. Cardenal Cicognani.

IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN

Según constatamos por el Libro de Cuentas de Fábrica más antiguo que se conserva, existió una imagen de Ntra. Sra. con su Niño en brazos en el altar mayor. Debe de tratarse de la imagen titular de la parroquia, Ntra. Sra. de la Asunción.

Es difícil, al contar con tan escasa información en los libros de fábrica, saber qué forma tendría. Tan solo se conserva un cuadro exvoto, realizado en 1745, en el que aparecen representados la Virgen sosteniendo al Niño con su brazo izquierdo1. Pero, la imagen está vestida, imposible para datar la escultura. Podemos decir, no obstante, que puede responder al tipo medieval de Virgen sentada sosteniendo al Niño con su brazo izquierdo, en actitud hierática y sin comunicación entre ambos. Lo más probable es que se tratase de una imagen románica de campaña, traída por los conquistadores de la villa en 1233. Circunstancia que fue muy repetida en tiempos medievales, como debió de ocurrir con la imagen de Ntra. Sra. de la Coronada, sita en la iglesia de San Martín de Trujillo.

Pero, contar solamente con un cuadro exvoto popular y una vaga referencia a la imagen en los libros de fábrica, además de tener en cuenta el estilo personal del artista, en este caso mediocre; no nos permite aventurar hipótesis. El culto a la Virgen con el Niño de Santa María, bajo la advocación del Misterio de la Asunción, se estableció enseguida, una vez conquistada la villa por las tropas cristianas. Según Tena Fernández: «Fue la imagen de mayor devoción en Trujillo, hasta el año 1531, fecha en la cual el concejo acordó construir una capilla en el castillo para venerar en ella a la imagen que ejecutara Diego Durán, sería la Patrona de Trujillo, la Virgen de la Victoria».
Con anterioridad, las representaciones a Nuestra Señora, estaban reservadas para el escudo de la ciudad, repartidos en puertas de acceso a la villa, bóvedas de las iglesias, etcétera.

El escudo de armas de la ciudad fue confirmado por el rey Fernando III, según la venerable leyenda que nos cuenta que la Virgen auxilió a las tropas cristianas en la conquista definitiva acaecida el 25 de enero del año 1233. En el escudo de armas aparece: «En campo de plata una imagen de Ntra. Sra. de la Victoria, puesta encima de la muralla almenada de dos torres, todo de gules y mazonado de plata».

Ntra. Sra. de la Asunción, titular de la iglesia de Santa María, sería la imagen que recibiría culto y sería la más venerada hasta la fecha citada. Tuvo muchas alhajas y ricos vestidos como se desprende del Inventario realizado en 1729. Esta imagen desapareció en 1809. Su lugar en el retablo le vino a ocupar una imagen de Ntra. Sra., actual titular de la parroquia, obra del escultor Modesto Pastor, natural de Valencia.

En un Libro de Cuentas de la parroquia podemos leer: «Es tradición que en la invasión francesa del presente siglo desapareció la imagen de Ntra. Sra. de la Asunción, patrona de la iglesia de Santa María; llevándose los preciosos vestidos de su uso al extranjero, algunos se pudieron rescatar. El camarín quedó sin imagen, cuya falta se suplió en el año mil ochocientos diez y siete por el Sr. Marqués de Santa Marta que donó un magnífico lienzo a la iglesia, representando el misterio de la Asunción de Ntra. Sra., se colocó en el centro del retablo mayor desde lo alto del tabernáculo hasta cubrir el escudo final de aquel ocultando por sus dimensiones, el camarín y siete cuadros más del retablo.

En 1882 se trasladó este lienzo y hoy está colocado en la nave del baptisterio frente a la ventana grande de Mediodía2 y puesta en el camarín una imagen de talla que representa dicho misterio estando la Virgen sentada sobre una nube, subida por dos mancebos preciosos, circuida de rayos dorados en grupo de unos dos metros y treinta centímetros de altura, por uno y doce de ancho, es obra del escultor de Valencia del Cid don Modesto Pastor, encargada por el cura párroco de esta iglesia y costeada por los fondos de la fábrica, siendo su coste nueve mil reales.

Llegó esta imagen a Trujillo a últimos de abril de 1882; estuvo, hasta su traslado en procesión, en la casa del presbítero don Agustín Solís, en la calle Nueva, quien había concebido el pensamiento de traer esta imagen en el tiempo que fue ecónomo de esta parroquia».

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