ENIGMAS Y CURIOSIDADES

¿Qué comieron Jesús y los apóstoles en la Última Cena?

Pan ácimo, vino y cordero destacan en el menú, envuelto en simbolismo y tradiciones judías

'La Última Cena' de Juan de Juanes.
'La Última Cena' de Juan de Juanes. PD

Dos mil años después, seguimos hablando de esa cena.

No solo por lo que significa espiritualmente, sino por una pregunta que los historiadores, los teólogos y los simples curiosos llevan siglos haciéndose: ¿qué había realmente sobre esa mesa?

Los Evangelios nos dan algunas pistas.

La arqueología y la historia culinaria del Mediterráneo del siglo I aportan el resto.

Y el resultado es un menú que, lejos de ser austero o misterioso, era el de una cena pascual judía perfectamente documentada en sus tradiciones.

El contexto lo explica todo

La Última Cena tuvo lugar durante la celebración de la Pascua judía, el Séder, la cena ritual que conmemora el éxodo del pueblo hebreo de Egipto. Ese contexto no es un detalle menor: determina casi por completo lo que había en la mesa, porque la cena pascual tiene un menú ritualizado con siglos de tradición detrás.

Jesús y sus apóstoles no improvisaron. Celebraron una cena con una estructura fija, con alimentos con significado simbólico preciso y con una liturgia que el propio Jesús conocía desde niño.

Lo que estaba en la mesa

El pan ácimo, sin levadura, era el elemento más sagrado de la noche. Los Evangelios lo mencionan explícitamente. Su presencia recordaba la huida de Egipto, cuando los hebreos no tuvieron tiempo de dejar fermentar el pan. Fue sobre este pan sobre el que Jesús pronunció las palabras que cambiarían la historia del cristianismo: «Esto es mi cuerpo».

El vino tinto era igualmente imprescindible. La tradición pascual exigía beber cuatro copas de vino a lo largo de la cena, cada una con su significado simbólico. Según los relatos evangélicos, fue compartido entre los apóstoles desde una sola copa, el gesto que fundaría la Eucaristía cristiana.

El cordero pascual es el elemento más debatido. Los Evangelios no lo mencionan explícitamente, lo que ha generado siglos de discusión teológica. Pero la tradición pascual judía lo exigía como plato central: el cordero sacrificado cuya sangre los hebreos habían pintado en sus puertas la noche del éxodo. Su presencia es históricamente probable aunque no esté textualmente confirmada.

Las hierbas amargas, rábano picante o lechuga silvestre, simbolizaban el sufrimiento de la esclavitud en Egipto. Se mojaban en el jaroset, una pasta espesa hecha con frutas, frutos secos, vino y especias que representaba el mortero con el que los esclavos hebreos construyeron las pirámides.

Además de estos elementos rituales, los expertos en historia culinaria del Mediterráneo antiguo apuntan a otros alimentos probables: aceitunas y aceite de oliva para mojar el pan, guisos de lentejas o garbanzos, pescado seco o ahumado dado que varios apóstoles eran pescadores del Mar de Galilea, y de postre, dátiles, higos secos y miel.

Cómo se comía: sin platos, reclinados y compartiendo

La imagen que tenemos de la Última Cena, sentados en sillas alrededor de una mesa alta, es una invención artística posterior. En la Palestina del siglo I, las cenas importantes se celebraban con los comensales reclinados sobre cojines alrededor de una mesa baja o directamente sobre alfombras, al estilo grecorromano que se había extendido por todo el Mediterráneo.

No había platos individuales. La comida se servía en recipientes comunes de los que todos tomaban directamente, mojando el pan en las salsas. Este detalle explica uno de los momentos más dramáticos del relato evangélico: cuando Jesús dice que quien le traicionará es aquel que «moja el pan conmigo en el mismo plato», no está hablando en metáfora. Está describiendo literalmente lo que está ocurriendo en la mesa. Judas Iscariote estaba sentado lo suficientemente cerca como para compartir el mismo recipiente con Jesús.

El misterio de Leonardo

Leonardo da Vinci tardó tres años en pintar La Última Cena en el refectorio de Santa Maria delle Grazie en Milán, entre 1495 y 1498. El resultado es la representación más famosa del evento en la historia del arte. Y también una de las más enigmáticas.

En la pintura de Leonardo no aparece un cáliz claro. En una escena en la que el vino es el elemento central de la liturgia, la copa está ausente o es irreconocible. Algunos historiadores del arte argumentan que fue una decisión deliberada para centrar la atención en las figuras humanas y sus reacciones ante el anuncio de la traición. Otros ven en esa ausencia una alusión a la controversia medieval sobre la Santa Graal.

Lo que sí aparece sobre la mesa en la pintura, con notable precisión histórica para ser una obra del Renacimiento, son panes, platos de pescado y lo que parecen ser naranjas, aunque este último detalle es anacrónico: las naranjas no llegaron a Palestina hasta siglos después.

Las curiosidades que pocos conocen

  • ¿Una cena casi vegetariana? Algunos teólogos y expertos en judaísmo del siglo I plantean que el cordero pascual podría no haber estado presente. Las interpretaciones más estrictas del relato evangélico de Lucas y Marcos sugieren que Jesús reinterpretó el Séder tradicional, omitiendo o transformando algunos elementos. Si no hubo cordero, el menú habría sido prácticamente vegetariano, basado en pan, vino, hierbas, legumbres y frutas.
  • El número trece a la mesa. En la tradición popular, reunir trece personas en una mesa trae mala suerte. El origen de esa superstición es precisamente la Última Cena: Jesús más doce apóstoles. La muerte de Jesús al día siguiente consolidó el trece como número de mal agüero en la cultura occidental.
  • Judas se fue antes de los postres. Según el Evangelio de Juan, Judas Iscariote abandonó la cena después de que Jesús le identificara como el traidor, antes de que se completara la liturgia de la noche. Técnicamente, Judas no participó en la institución de la Eucaristía.
  • El idioma de la mesa. Los comensales hablaban arameo, la lengua cotidiana de Palestina en el siglo I. El hebreo era la lengua de la liturgia religiosa, pero en la conversación ordinaria se usaba el arameo. Las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino, las más citadas de la historia del cristianismo, fueron pronunciadas en arameo, no en hebreo ni en griego.
  • La habitación de la cena. La tradición cristiana sitúa el Cenáculo, la sala donde se celebró la Última Cena, en el monte Sión de Jerusalén. El edificio que hoy se muestra a los turistas es medieval, construido por los cruzados en el siglo XII sobre lo que se creía que era el emplazamiento original. La sala real del año 33 probablemente era una estancia en el piso superior de una casa privada, el aliyah hebreo, cedida por un propietario desconocido.
  • El agua que no aparece. Los Evangelios mencionan el pan y el vino, pero no el agua. En la Palestina del siglo I, el agua de Jerusalén no era de fiar sanitariamente, y la costumbre judía era beber vino mezclado con agua durante las comidas. Lo que bebieron los apóstoles esa noche era probablemente vino bastante diluido, nada que se pareciera al vino puro actual.
  • Los perfumes en la mesa. Las cenas importantes en el Mediterráneo antiguo incluían el uso de aceites perfumados y ungüentos que los comensales aplicaban sobre sus cabezas y manos. Ese detalle de ambiente, que ningún Evangelio menciona pero que era costumbre habitual, sitúa la escena en un contexto sensorial muy diferente al de la austeridad que la tradición artística le ha dado.
  • La última copa. La liturgia del Séder pascual incluye cuatro copas de vino. Según algunos teólogos, la copa que Jesús no llegó a beber, la cuarta, es la que prometió no volver a beber «hasta el reino de Dios». Esa copa pendiente se convertiría en uno de los símbolos más poderosos de la promesa de la segunda venida en la teología cristiana.

Una cena que no ha terminado

La Última Cena lleva dos mil años siendo interpretada, representada, disputada y reinventada.

Sus alimentos son los de una Palestina rural del siglo I, sencillos y cargados de simbolismo.

Su significado sigue siendo debatido por teólogos, historiadores y artistas que encuentran en esa mesa mucho más que pan y vino.

Lo que ocurrió en aquella sala del monte Sión una noche de primavera del año 33 cambió la historia de la humanidad.

Y todavía no hemos terminado de entenderlo.

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Autor

Manuel Trujillo

Periodista apasionado por todo lo que le rodea es, informativamente, un todoterreno

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