En 2006, Miranda Priestly era la encarnación del poder absoluto en el mundo de la moda. Despótica, perfecta y completamente inaccesible, su versión ficticia de Anna Wintour dominaba Runway como si la revista fuera una extensión de su voluntad.
Veinte años después, Meryl Streep vuelve a ponerse el personaje en una secuela que llega hoy a los cines y que sitúa a Miranda en un mundo que se le escapa de las manos. Inspirada en la novela La venganza viste de Prada de Lauren Weisberger, dirigida de nuevo por David Frankel y con guion de Aline Brosh McKenna, la película reúne al elenco original y añade incorporaciones de peso: Justin Theroux, Kenneth Branagh, Lucy Liu y una aparición especial de Lady Gaga.
Lo que ha cambiado y lo que sigue igual
Miranda Priestly sigue al mando de Runway, pero la revista acaba de cambiar de propietario. Y luego vuelve a cambiar. Las disputas empresariales por el control de la publicación recuerdan a Succession: conglomerados sin escrúpulos, directivos sin experiencia en redacciones y la lógica del rendimiento financiero aplicada a un producto cultural que no entienden.
Andy Sachs (Anne Hathaway) regresa al mundo de Runway como periodista independiente con principios, viviendo en un apartamento de 80 metros cuadrados en Nueva York donde el agua sale marrón. La distancia entre el glamour de la primera película y la precariedad de esta segunda es el chiste y la tragedia simultáneamente.
Emily Charlton (Emily Blunt) es ahora CEO de una empresa que debe decidir el futuro de Runway. Nigel (Stanley Tucci) sigue siendo la mejor boca de la película, con frases sobre el nuevo propietario que lleva tanto poliéster que podría salir ardiendo.
Lo que hace interesante esta secuela más allá del reencuentro con los personajes es que actualiza los temas de la original con una conciencia del momento que la primera no tenía que demostrar.
La película original de 2006 costó menos de 40 millones de dólares, recaudó 327 millones y hablaba de la explotación laboral en el mundo de la moda, de las jefas despóticas y del precio que pagan las mujeres ambiciosas. Era una película sobre el poder personal y sus consecuencias.
Esta habla de otra cosa: de los despidos masivos en los medios de comunicación, del declive de la prensa impresa, del contenido fast food que sustituye al periodismo, de la inteligencia artificial en redacciones, de las crisis reputacionales en la era de los memes y de cómo los grandes conglomerados compran cabeceras históricas y las vacían de contenido con la misma eficiencia con que Jeff Bezos ha gestionado The Washington Post. Andy se convierte en una especie de Anna Politkovskaya estadounidense: periodista íntegra defendiendo estándares en un entorno que ya no los valora.
El presupuesto de esta secuela cuadruplica al del original. El glamour sigue intacto, con desfiles de alta costura y escenarios en Nueva York y Milán que justifican cada euro. Pero el lujo visual convive con una ansiedad contemporánea muy real.
Lo que funciona y lo que no
Lo mejor es el regreso del equipo original con la química intacta. El ritmo es dinámico. La crítica a la crisis mediática tiene mordiente. Y Streep hace lo que solo Streep puede hacer: convertir cada silencio en una amenaza.
Lo que funciona menos es el tratamiento superficial de algunos temas, especialmente la inteligencia artificial, que aparece como elemento de fondo sin que la película se comprometa realmente con sus implicaciones. La evolución de Andy hacia heroína íntegra resulta algo forzada. Y los momentos de nostalgia se acumulan en el tercer acto hasta resultar excesivos.
Las curiosidades del original que conviene recordar
Anna Wintour confesó disfrutar enormemente del papel de Streep en la primera película y asistió al estreno vestida por Prada. La ironía era perfecta.
En el rodaje de la original, Streep recibió a Hathaway con una frase que resume al personaje mejor que cualquier escena: «Creo que eres perfecta para este papel y estoy encantada de trabajar contigo. Esta será la última cosa agradable que te diré». Y cumplió. Mantuvo la distancia con su coprotagonista durante todo el rodaje para intensificar la dinámica de poder entre sus personajes.
El tráiler de esta secuela incluye la frase que resume la autoconciencia de la película: «¿Una secuela? ¿Para primavera? Innovador».
Miranda Priestly sigue siendo el diablo. Solo que ahora el diablo tiene que pelear con conglomerados que no saben lo que es un número de septiembre y con algoritmos que no entienden de elegancia.
Como diría ella, sin levantar la vista del escritorio: eso es todo.
Listas y rankings: lo mejor y lo peor
Lo mejor de la secuela:
- Regreso del equipo original, fiel al público.
- Ritmo dinámico con desfiles y glamour intactos.
- Crítica aguda a la crisis mediática: despidos, IA y contenido fast food.
- Humor y emoción presentes como en la película original.
Lo peor:
- Algunos temas tratados son superficiales, como el uso de IA.
- La evolución algo forzada de Andy hacia convertirse en una heroína íntegra.
- Momentos nostálgicos que pueden resultar excesivos.
