Monge está a medio camino entre Canaletto y Caillebotte

Jesús Monge: La Plaza de España, de Zaragoza

Jesús Monge: La Plaza de España, de Zaragoza

Jesús Monge acaba de dar la última pincelada a un cuadro excepcional, la Plaza de España, de Zaragoza. Es una vista nocturna bajo la lluvia torrencial. No se ve un alma en la plaza, excepto dos o tres valientes acurrucados bajo el paraguas, en la acera del Banco de España. Ah, y un autobús urbano de color cereza. Pero todo esto es anecdótico. Monge ha tenido la habilidad de esponjar el espacio de la plaza, como si fuese el doble o triple de su espacio real. La plaza real es muy pequeña, casi una plaza de juguete. Además, se diría que la plaza por sí misma, no existe. Me explicaré, es un cruce, una T, entre la lanza perspectiva del Paseo con sus pórticos parisinos, y la antigua muralla romana del Coso. Si no fuese por la Fuente de los Mártires, con esculturas de bronce de Querol, sobre todo, la Dama sentada que representa a Zaragoza, la plaza sería invisible, porque tampoco es un prodigio de obras maestras de la arquitectura. En el cuadro de Monge vemos la cúpula del antiguo Banco Zaragozano, del año 1929, en el chaflán de la calle de San Gil, la calle más antigua de Zaragoza. O la antigua Farmacia Ríos, una de las sagas boticarias, junto con Bosqued o Chóliz.

Pero no nos dejemos arrebatar por los falsos espejismos de la cronología, de la anécdota, incluso por la magia del realismo lírico del pintor Monge.

Monge está a medio camino entre Canaletto y Caillebotte, pintor del París pluvioso. Pero su realismo lírico adopta dos vertientes curiosas, en las marinas de las playas onubenses es un lirismo daliniano, y en los nocturnos es un lirismo canalla, como en «El tercer hombre», la Viena nocturna de Carol Reed. La Fuente de la Princesa, o El dios de las aguas, Neptuno, de Joaquín Pallarés, es el precedente más claro de la Plaza de España de Monge, curiosamente es también un cuadro lluvioso, con cielo de chubasco afrancesado.

Un cuadro, un buen cuadro, es un zarpazo en la memoria epidérmica, porque los ojos, no lo olvidemos, también son piel, la más sofisticada de todas. Pero mejor no entro en ese jardín. El jardín de la perspectiva renacentista.Los impresionistas redescubrieron precisamente ese continente de la memoria fugaz de la luz sobre las cosas. Cada hora y cada luz tiene su cuadro, su momento precioso o espeluznante. En la Plaza de Monge pasa un poco, o un mucho, todo esto. Pero hay que verlo, saber verlo. El Banco de España en una primera impresión, en un primer esbozo, delataba el lado sombrío de la plaza, casi o sin casi, como si fuese un Banco de Berlín en tiempos de Hitler, una plaza de Philip Kerr, el gran novelista que acaba de morir, creador del inspector Bernie Gunther. El pintor no sabe bien en qué jardín se mete cuando pinta un cuadro, en qué charcos se moja.

Y este es un cuadro que es una piscina olímpica. A mí me intrigaba mucho ver lo que había aprendido en Holanda, porque dejó el cuadro a media miel, y lo terminó al volver de un viaje a Utrech y Ámsterdam para ver a su hijo Erasmus.

Ver los paisajes de Ruysdael, rey de los cielos borrascosos, o los paisajes faciales de Rembrandt, monarca de la topografía epidérmica, tuvo por fuerza que arañar las tripas de su pincelada. Monge es el Ruysdael de Godojos, el Canaletto de Movera o de Santa Isabel, junto a esas tablas de alfalfa y acelgas silvestres en la desembocadura del río Gállego en Zaragoza, donde tiene su estudio, su taller, su fabulosa villa art-deco, posiblemente la casa más atractiva de la ciudad. Pues bien, en la franja encharcada del cuadro, en primer plano, hay toda una lección de Rembrandt como cuadriculado en minúsculos Mondrian. Toda Holanda resumida en mil pinceladas de canal holandés tembloroso, donde todos los colores palpitan como escamas de serpiente, la bamba Monge.

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