El cineasta francés dirige a Guillaume Canet, Emir Kusturica y Willem Dafoe

Entrevista a Christian Carion, director de ‘El caso Farewell’, un excelente thriller de espías al estilo europeo

"Está película jamás se estrenará en Rusia; está prohibida"

Con Internet uno puede hacerse el Despacho Oval en su jardín porque ahí están todos los planos

Hace unos años, un periodista ruso escribió «Bonjour, Farewell,», un revelador libro en el que se narraba uno de los incidentes más tensos ocurridos entre Estados Unidos y la URSS- vía Francia- durante la Guerra Fría, llamada precisamente así porque, aunque enfrentados ideológicamente ambos bloques (capitalista y comunista), ninguno materializó el conflicto con una acción directa en contra del otro.

Lo acontecido se resume en un episodio de espionaje. En 1981, en la era de Brezhnev, Mitterrand y Ronald Reagan, un coronel moscovita deseoso de forzar un cambio en Rusia decidió delatar a sus colegas espías filtrando información a Francia sobre la vigilancia y escuchas que la KGB ejercía sobre los americanos. Lo hizo a través de un ingeniero de la embajada de Francia en Moscú que nada tenía que ver con la Inteligencia Francesa, pero que, de la noche a la mañana, se vio involucrado en un caso propio de James Bond.

Con mucha elegancia, ritmo, intriga, dosis de verdad y ausencia de pretensiones o complejos, Christian Carion (Feliz Navidad) ha llevado a la pantalla este suceso que recupera lo mejor del thriller político y ofrece sólidas interpretaciones tanto de Guillaume Canet (primero actor, y luego director) como de un sorprendente Emir Kusturica, cineasta serbio responsable de Gato Negro, Gato Blanco o Underground.

Con Carion (Francia, 1963) habla en exclusiva Periodista Digital.

Usted dirigió Feliz Navidad (2005), preciosa película sobre la espontánea tregua que se dieron los alemanes, franceses y escoceses durante la Nochebuena de 1914, en la Primera Guerra Mundial, dejando su fusil en la trinchera con un alto al fuego hasta el amanecer. Veo que le gustan los thrillers con tintes políticos y basados en hechos reales. ¿Cómo llegó al caso Farewell?

Descubrí los hechos hace mucho, pero fue un encargo de mi productor, creo que precisamente por Feliz Navidad. Me dijo: «Te encantará». Conocía la historia, pero no los detalles, y me emocioné, así que el productor confió en mí y permitió que reescribiera totalmente el guión. De hecho, he metido referencias personales porque en el 81 yo tenía 20 años y me gustaba Queen, McEnroe…

Los hechos son reales.

Sí, aunque nadie sabe exactamente lo que ocurrió en Moscú. Sí se sabe la relación que hubo entre Mitterrand y Reagan, porque hay muchos testigos y hablaron de Farewell muchas veces. En el libro Bonjour Farewell figura el punto de vista ruso. Luego conocí a gente del Servicio secreto francés y me contaron otra historia. Personas cercanas a Mitterrand me contaron una tercera versión, y los americanos, una cuarta. Así que me dije: «No hay una verdad única, sino que es cuestión de puntos de vista: el ruso, americano, el francés…. Creo que esta película es sobre la subjetividad, los puntos de vista.

Como en las escenas del western que ve Reagan.

Sí. Por eso cuando descubrí que Ronald Reagan solía ver esos westerns tras sus reuniones para relajarse y pensar en lo hablado, me dije: «Yo soy un director y también me encantan los westerns, John Wayne, y especialmente, El hombre que mató a Liberty Balance», porque la misma escena está rodada desde el punto de vista de James Stewart y también de otros personajes.

Y usted ha querido mostrar en El caso Farewell esos distintos puntos de vista.

Exacto. Es una especie de espejo de esos puntos de vista.

¿Por qué eligió a Emir Kusturica? No sabía que fuera actor. Y tan bueno.

Yo tampoco (ríe). Al principio quería actores rusos, así que fui a Moscú y conocí a Nikita Michalkov (director de Ojos negros y actor y director de El barbero de Siberia, Quemado por el sol…). Él no conocía la historia y le propuse ser Farewell, y se entusiasmó. Decidió ser coproductor y que rodáramos en Moscú, pero luego me dijo que estaba ocupado con otros proyectos y que no estaría libre. Me presentó a varios actores rusos, muy buenos, y elegí a uno de ellos. Pero cuando empezamos, al actor le llamó el embajador ruso en París y le dijo: «No puedes hacer esta película porque es sobre un traidor ruso y no deberías defenderle». Así que llamé a Nikita y se lo conté. Pensé: «Esto pasa en Corea del Norte, en China… ¡pero no en Rusia!» Y él llamó al embajador ruso. Nikita me contó que el embajador procedía de la KGB, que conocía muy bien a Farewell, el traidor ruso, y que no quería ver ninguna película sobre él. Y ahora ese embajador es el actual ministro de Cultura ruso. En 1981 trabajaba en la embajada rusa en París como diplomático y era un espía. Debido al caso Farewell, Françoise Mitterrand lo supo y echó de Francia a 50 diplomáticos rusos en 1983, y él fue uno de ellos. Así que no podíamos ni rodar en Moscú ni con actores rusos. Decidimos rodar en Ucrania y en Finlandia en invierno. Y de repente se me ocurrió lo de Emir Kusturica a propuesta de mi director de casting en otras películas. Solo había hecho una película francesa con Juliette Binoche, La viuda de Saint Pierre, de Patrice Leconte, 15 años atrás y con un personaje ¡sin diálogo! Yo no sabía si podría interpretarlo, pero me conmovió cómo leyó el papel y a él le emocionó la historia por su propia historia personal, ya que su padre era comunista y conoció esa época de la Unión Soviética. Quiso hacerla porque no era tipo James Bond, sino diferente. El protagonista es un espía, pero antes es un ser humano y por eso quiso hacerla. Empezamos y el problema fue otro. No hablaba ni ruso ni francés, dos de los tres idiomas de la película (junto con el inglés).

¡Vaya! ¿Y aún así, le escogió?

Sí, porque me impresionó su presencia y mi instinto me dijo: «contrátalo». Ahora sé que suponía un riesgo porque no es un verdadero actor ni había recibido ninguna clase de interpretación, además de lo de los idiomas (ríe). Pero trabajó duro, aprendió y adaptamos el personaje a sus características.

¿Fue fácil dirigirle?

Sí, porque es muy espontáneo, aunque no fue muy fácil para los otros actores, ya que son profesionales- Guillaume Canet y el resto- y tuvieron que interpretar en otro tono, pero resultó genial. El único problema, los idiomas. Pero los rusos que viven en Francia me han dicho que se le entiende, que habla con un acento de la Europa del Este, y en francés, también.

He leído que consiguió rodar cuatro planos en Moscú diciendo que hacía un anuncio de Coca-Cola.

Quisimos recrear la Unión Soviética en Ucrania, en la ciudad de Karkov, donde hay estatuas de Lenin, pero Moscú es Moscú y pensé en cuatro planos. Así que fuimos a Moscú, éramos libres, y nos ayudó una productora rusa que tuvo una idea magnífica. Alquiló a un policía durante cuatro días. En Rusia uno puede alquilarse un policía (risas). El policía llevaba su uniforme, era muy alto, y su trabajo consistió en ponerse en la calle cerca de la cámara. Si tienes a un policía contigo, todo es posible. Rodamos esos planos y luego los monté.

¿Y no hizo de paso el anuncio de Coca-Cola?

No (sonríe). Quizá me lo pidan ahora, pero nunca he hecho anuncios.

La cinta ha sido un éxito en Francia, pero ¿qué pensarían los rusos si la vieran?

Está película jamás se estrenará en Rusia. Está prohibida, pero creo que todavía piensan que Farewell es un traidor.

Es que lo es.

(Ríe). Sí, pero lo que quiero decir es que no es un héroe. Destruyó algo muy importante para los rusos: el imperio. No la ideología del comunismo, algo en lo que quizá los rusos ya no creen, pero sí que son nostálgicos en cuanto al imperio, y por culpa de este hombre, el imperio cayó. Igual pasa con Gorbachov, que en Occidente es una estrella, pero en Rusia no es nadie.

Con Guillaume Canet ya hizo Feliz Navidad y usted sale en un cameo en su película como director No se lo digas a nadie, estupenda cinta que en unos meses llegará directamente a vídeo. ¿Por qué repite con él?

Porque somos muy amigos. Vino a mi boda y es un gran actor. Decidí reescribir el guión, ya que el primer borrador tenía un estilo muy americano, así que lo escribí de una forma más personal, convirtiendo, además, el personaje del ingeniero francés en alguien más joven para que lo pudiera interpretar Guillaume.

También hay un cameo de Diane Kruger, ex mujer de Canet. ¿No le sentó mal?

No. Él no estaba, pero creo que se llevan bien, y él no posee a Diane. La llamé y le dije: «¿Quieres venir un día a Finlandia a rodar haciendo footing? Te arrestará el FBI. «¿Por qué?», me preguntó ella. Y le dije: «Ven y te lo cuento» (Ríe). La adoro. Haré más películas con ambos.

Además de en Ucrania, Finlandia y Moscú, rodó en París, en el Palacio del Elíseo, sede del presidente francés.

Sí, y es la primera vez que autorizan el rodaje de una película ahí. Sarkozy no estaba, estaba en Túnez, pero permitió que mi equipo se instalara dentro y le di las gracias porque es imposible recrear este tipo de palacio en ningún sitio.

Lo que sí recrearon fue el Despacho Oval del presidente norteamericano.

Sí, y lo hicimos en Francia, en los suburbios de París, porque en internet están todos los planos, así que si te quieres recrear el Despacho Oval en tu jardín, puedes, porque hasta el último plano está en internet. La recreamos tal y como era y curiosamente lo rodamos en la Avenida Lenin (ríe), así que cuando le dije a los actores americanos el nombre de la calle, me dijeron: «No vamos» (Ríe).  Recreamos la oficina Oval en Francia porque en internet están todos los planos, así que si quieres recrear el Despacho Oval en tu jardín, puedes, porque los planos están en internet. La recreamos como era y lo hicimos en los suburbios de Parías. El nombre de la calle era Avenida Lenin (ríe), y cuando se lo dije a los actores americanos, me dijeron: NO vamos. (ríe)

¿Por qué eligió a Willem Dafoe como jefe de la CIA?

Es un caballero y ahora vive en Roma por su historia de amor. Le mandé el guión y me llamó diciendo: «Me encanta el guión y me encanta la escena en la que Reagan le pide a Mitterrand que cambie a sus ministros acusándolos de comunistas». Y le dije: «Pero si tú no sales en esa escena». Y contestó: «Ya, ¡pero salgo en la película! Y quiero que se estrene en Estados Unidos porque mi pueblo no sabe que nuestro presidente presionó tanto al presidente Francés en esa época, y debemos saberlo».

Por cierto, y por último, debería haberle pedido a Sarkozy una aparición, como Woody Allen hizo con Carla Bruni.

(Ríe). No, porque es actriz y Sarkozy no es actor. Bueno, no actor profesional. Bueno, no actor para una película (risas).

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