Michel Ocelot recorre con una película de animación en 3D la tradición oral

Michel Ocelot recorre con una película de animación en 3D la tradición oral

El director y animador francés Michel Ocelot, autor de la celebrada «Kirikou y la bruja», ha presentado hoy en la sección competitiva Fantástico del Festival de Cine de Sitges su último filme, «Les contes de la nuit», un recorrido por la tradición oral de todo el mundo.

Ocelot, que es uno de los responsables del boom de la animación en Francia, justifica su paso a las tres dimensiones: «Me hacía ilusión jugar con un juguete nuevo, el 3D, que acabará representando lo que en su día fue la llegada del color».

Curiosamente, utiliza el 3D con una animación basada en las siluetas del Norte de Europa o en las sombras chinas.

Fiel al multiculturalismo que ha predicado en sus anteriores películas, en «Les contes de la nuit» prosigue con esa filosofía al recoger seis cuentos tradicionales de diversas culturas del planeta.

«No estoy aquí para daros miedo», ha dicho Ocelot, sino para «daros placer».

En la misma intervención previa a la proyección, el director francés ha comentado que «más que una, hay seis películas, seis historias en las que no hay nada desagradable, sino sólo belleza y encantamiento».

El hilo conductor de la película son los encuentros nocturnos de tres personajes, un veterano animador, y dos jóvenes discípulos, que se reúnen cada día en un pequeño cine para hablar de las historias que les apasionan y tienen la generosidad de mostrarlas al espectador, historias extraídas de la tradición africana, azteca o medieval europea.

En la misma sección competitiva se ha proyectado hoy la que se sitúa ya entre las favoritas para los premios, «Otra tierra», del director independiente norteamericano Mark Cahill.

El punto de arranque del filme es el accidente que provoca una joven adolescente borracha, Rhoda (Brit Marling) en el que mueren la mujer y el niño de un músico.

Cahill combina el drama romántico con una trama de ciencia-ficción: un cuerpo celeste que ha orbitado durante años alrededor de la Tierra se descubre como réplica exacta de nuestro planeta, incluyendo dobles exactos de sus habitantes.

Tras cumplir su condena, Rhoda decide contactar con el único superviviente del siniestro (Matthew-Lee Erlbach), sin revelarle su verdadera identidad, y lentamente, la intimidad entre los dos se va estrechando, mientras ella no deja de pensar en ese planeta-espejo que la observa silencioso desde el cielo.

Cahill ha señalado que «la película funcionaría igual sin este elemento fantástico, pues se trata de una mujer que ha cometido algo horrible y que quiere encontrar la paz consigo misma, pero se introduce la idea de otro mundo como si fuera un símbolo de perdón».

En su propia reconstrucción, Rhoda «no descarga las culpas de lo que ha hecho a algo externo, ni tampoco pretende despertar compasión» y tiene «una relación de lucha contra ese sentimiento de culpa».

A pesar del sentimiento de apocalipsis que puede rodear alrededor de la película, Cahill pretende lanzar un «mensaje de cierta esperanza: la idea de que haya otro yo en ese segundo planeta idéntico a la Tierra, nos da un sentido de paz».

Ese positivismo se refleja asimismo en la fotografía de la película, que va «desde unos tonos oscuros al principio a una explosión de color al final, una estética que permitía seguir la trayectoria del mundo interior de la protagonista».

Cahill defiende su cine minimalista y de poco presupuesto en un momento en el que «el género de la ciencia ficción ha sido secuestrado por los efectos especiales, con los que se consigue el disfrute del espectáculo, pero no transmitir el máximo de sentimientos».

Cahill ya tiene otros dos proyectos en la recámara, «una película sobre reencarnación y otra sobre un diseñador de moda que vive debajo del mar, y ambas -anuncia- tendrán algún elemento fantástico».

Entre sus referentes, Cahill cita los libros de Asimov o Bradbury, obras de ciencia-ficción que hablan de la condición humana, y en cine, el filme de Krzysztof Kieslowski «La doble vida de Verónica», que plantea el tema del doble.

Jose Oliva

 

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