‘Ping Pang Qiu’: Angélica Lidell se hace prochina pero no maoísta

Pros y contras del último espectáculo de la niña mala de nuestros escenarios

'Ping Pang Qiu': Angélica Lidell se hace prochina pero no maoísta
'Ping Pang Qiu' y Angélica Lidell

Sobra sensacionalismo y falta autenticidad; un trabajo deshilvanado que hace de la improvisación, virtud

Cada dos años la Comunidad de Madrid se cita con Angélica Lidell, uno de nuestros dramaturgos más famosos y premiados de la generación de los 60-70, la que ya tiene el poder pero sigue pensando que es joven y pura. Esta vez se trata de ‘Ping Pang Qiu’, un montaje de casi dos horas de duración presentado bajo la etiqueta de ‘teatro documental’. Relata su acercamiento a la cultura china y su descubrimiento de aquel terrible episodio de su historia reciente que se denominó ‘La Gran Revolución Cultural Proletaria’ y no terminó en genocidio por poco. No es propiamente una obra dramática habitual con argumento, personajes, diálogos, sino un relato de su acercamiento al tema mediante sugerencias visuales y sonoras, discursos vibrantes, repeticiones insistentes del aria más famosa de ‘Orfeo ed Eudridice’ (la ópera de Gluck), citas del Libro Rojo de Mao y del ‘El libro de un hombre solo’ de Gao Xingjian, y un conjunto de ocurrencias graciosas, desde la actuación de una máquina automática de la lanzar pelotas de ping-pong a la ingesta colectiva y posterior siembra de tallarines a la china.

Es una pieza plenamente posmoderna, que acumula elementos dispares sin aspirar a la coherencia, que mezcla diversas piezas informativas sin orden ni concierto, que es atonal frente a toda melodía, que busca sin tapujos impactar a todo trance, que aspira a parecer improvisada, y que abunda en repeticiones infinitas y plomizos silencios. Busca fascinar (¿anodadar?) con su extremismo formal y de alguna manera lo consigue.

Esta ‘performance’ teatral se inscribe en ese estilo personal discutido y discutible que la ha rodeado de admiradores incondicionales entre los que no figuramos. Nuestros argumentos están en nuestras anteriores reseñas de sus espectáculos y a ellas remitimos al lector interesado. ‘La desmesurada casa de Angélica’ fue publicada en noviembre de 2009, y ‘Una cierta impostura, señora González’ en mayo de 2011.

Así que dejemos al personaje y su trayectoria, y centrémonos en el espectáculo. En primer lugar, y aunque el maoísmo sea historia, e historia lejana, todavía resulta valiente y controvertido condenar esta última expresión de la ideología marxista-leninista. Nos atufan las condenas del nazismo pero brillan por su ausencia las denuncias de su rival gemelo, el comunismo. Así que para personas que hemos sido comunistas radicales en su variante prochina el alegato no por tardío es menos reseñable. Posiblemente exagera, desconoce las circunstancias de entonces, realiza una lectura aproximada y no valora los méritos que también tuvo. Su desconocimiento de los hechos y su documentación escasa y apresurada hace deficiente su discurso, especialmente cuando la considera aún la ideología dominante en China actualmente, cosa que no es así en absoluto. En todo caso, y aunque se atreve con Mao pero no cita a Lenin, la denuncia del totalitarismo es válida, y que rercordemos es la primera vez que en un escenario español se denuncia este otro monstruo engendrado en el siglo XX que aún tiene tan buena prensa.

A la condena del maoísmo y a la demonización de su revolución cultural se solapa otro discurso subyacente que consiste en ridiculizar al ‘establishment’ cultural español que la mima, subvenciona, protege y premia, al mismo tiempo que reivindica frente a la cultura oficial y sus gestores algo que llama ‘el mundo de la expresión’ que se supone representado por ella y otros artistas, creadores, genios indiscutibles a los que criticar total o parcialmente es delito de excomunión absoluta. Desplegar una prepotencia brutal desde el escenario, repartir premios y castigos como el supremo juez celestial, montar la simulación inconcebible de ser una rebelde irreductible frente a poderes que la quieren asfixiar, no es sino patético. Sin embargo, en su caótico fluir, la obra tiene una aportación novedosa, la condena radical de la Masa como enemiga del individuo al mismo nivel que el Estado. Algo de agradecer en lo que vale hoy día, con la disidencia controlada y simulada por ambas instancias.

La ‘performance’ ‘Ping Pang Qiu’ es un desafío a la paciencia de sus seguidores y muy tediosa en largos períodos de la misma. Tiene también momentos inspirados y detalles creativos. Da la impresión de haber sido montada en escaso tiempo y de forma atolondrada, y por tanto destila un aroma a propuesta perecedera e improvisada. La escenografía no va apenas más allá de un letrero con un símbolo chino en blanco, unas sillas y una mesa de ping-pong. El movimiento actoral carece a menudo de sentido y los actores -especialmente la protagonista- se interpretan a sí mismos sin más.

 Lola Jiménez y Fabián Augusto Gómez Bohórquez están especialmente acertados haciendo de guardias rojos, su caracterización y ropajes son exactos a las imágenes que aún pueblan nuestras retinas. Angélica Liddell es un experimentado animal dramático y está muy convincente relatando sus fobias y filias, el acercamiento/rechazo a esa realidad en la que no penetra ni un milímetro llamada China, y sus ajustes de cuentas con gentes a las que no identificamos salvo injustas y reiteradas alusiones al gestor del estupendo marco en el que ha ensayado y presenta su creación. Todo tiene ese tono fantasmagórico, de sueño infantil, que el trabajo de esta artista no ha conseguido aún o no quiere superar. Es expresión clara de una generación que ha hecho de la inmadurez, carta de naturaleza; del victimismo, coartada; de la molicie y caradura, tarjeta de visita; y de la demagogia impúdica, un discurso desarticulado sin autocrítica ni fundamento.

Tachar de un plumazo al maoísmo y a los revolucionarios prochinos de los años 60-70, es muy facilón, tanto o más que comparar a Mao con Franco e equiparar a los dos regímenes. Facilón y propio de mentecatos. Comprender, analizar, captar en su complejidad, y convertir todo ello en personajes y situaciones sobre un escenario, es algo más difícil y eso es hacer teatro sobre acontecimientos históricos, tal como pudimos ver hacer a Tom Stopard en ‘La costa de la Utopía’.

Angélica Lidell es una creadora competente y experimentada cuyos espectáculos son interesantes, y que con este consigue un paso adelante. La noche siguiente a la del estreno, la Sala Verde de los Teatros del Canal rebosaba de partidarios, un público de oficios y pretensiones intelectuales que raramente se concentra tan densamente ante un escenario, ese público especial del festival madrileño que empezó siendo de otoño, luego fue de primavera y ahora es un guadiana intermitente.

En el medio de la plantea estaba el influyente octogenario que apadrina a la estrella. Los ávidos espectadores asistieron a la ceremonia religiosa sin pestañear, asintieron con risitas a los guiños de la autora, y sólo hubo dos deserciones al final. El unánime aplauso, su ritual de pertenencia, -con ese tono de superioridad y hostilidad que adopta la masa en el fútbol y en los mítines, en las manifestaciones y en las redes sociales- nos pareció prolongación del espectáculo, ajustada moraleja del mismo. Si las luces giraran en ese momento hacia el público y sus rostros arrobados salieran por pantalla, es posible que el espectáculo -haciendo un bucle sobre sí mismo- aportara un colofón de altura.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 7
Textos, 6
Música, 6
Dirección, 6
Escenografía, 6
Interpretación, 5
Realización, 7
Producción, 7
Programa de mano, 5
Documentación para los medios, 5

XXX Festival de Otoño a Primavera
Teatros del Canal, Sala Verde
‘Ping Pang Qiu’
Atra Bilis Teatro / Angélica Liddell
Teatro documental
Del 14 al 17 de febrero de 2013
Duración aprox.: 1 hora y 40 minutos (sin intermedio)

Intérpretes: Lola Jiménez, Fabián Augusto Gómez Bohórquez, Sindo Puche, Angélica Liddell
Escenografía, vestuario y dirección: Angélica Liddell
Realización de vestuario: Lana Svetlana
Diseño de iluminación: Carlos Marquerie
Sonido: Antonio Navarro
Producción ejecutiva: Gumersindo Puche
Producción: Iaquinandi, S.L.
Coproducción: Comédie de Valence, Centre dramatique national Drôme-­Ardèche y Festival Temporada Alta 2012
Con el apoyo de: INAEM y Comunidad de Madrid.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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