Reikiavik, el ajedrez de la Guerra Fría

El último estreno de Juan Mayorga conjunta amenidad y calado

Reikiavik, el ajedrez de la Guerra Fría
Reikiavik, de Juan Mayorga - CDN - Teatro Valle Inclán

El campeonato del mundo de ajedrez de 1972 entre el yanqui Bobby Fischer y el soviético Boris Spasski ha pasado a los anales de este juego y de la propaganda política a gran escala. Juan Mayorga reconstruye el evento en una pieza teatral de texto sólido y dramatización distanciada, que huye del clásico planteamiento de los duelos de dos personajes añadiendo un tercero y desdoblando la peripecia con recursos teatrales que la hacen más atractiva y amena. El resultado es sobresaliente.

El duelo en la capital de Islandia entre Fischer y Spasski fue uno de los eventos culturales y mediáticos más manipulado por las dos superpotencias durante la llamada Guerra Fría, en realidad una tercera guerra mundial bastante caliente que duró cuatro décadas. EEUU y URSS convirtieron a su campeón respectivo en modelo y banderín de sus sistemas respectivos y el torneo para elegir al mejor ajedrecista del planeta se convirtió en batalla decisiva del capitalismo y el comunismo ante la opinión pública, que entonces ya empezaba a ser ese monstruo global, marioneta sometido a una guerra de guerrillas de manipulaciones y desinformación de la que no se sabe aún cómo podremos librarnos.

Juan Mayorga se ha documentado a fondo y sobre todo ha comprendido el trasfondo de simulación del espectáculo en el que nada era como parecía, y mucho menos los protagonistas. Demuestra peripecia y sensatez superando prejuicios y partidismos, despojando los hechos de las sucesivas capas de falacias, mentiras y verdades a medias, interpretaciones sesgadas, y demás basura colateral que oscurece la historia reciente, para construir una trama en la que Fischer y Spasski no son para nada lo que nos dijeron que eran y además son casi intercambiables, humanos vapuleados entre intereses que les desbordan a cambio de una fama efímera y unas migajas envenenadas.

‘Mi padre me enseñó a jugar, y no he dejado de hacerlo, explica. Aunque nunca he pasado de ser un jugador del montón, el ajedrez me fascina, y me fascina el mundo de los ajedrecistas. He tenido en la cabeza a Fischer y a Spasski desde niño, y no he dejado de seguir la vida de esos genios que, después de haber sido mitos nacionales de los dos países más importantes de la tierra, acabaron siendo hombres sin patria. Contar la Guerra Fría a través de esos dos personajes siempre me había atraído.  Un día, en un parque, vi a dos hombres unidos y separados por un tablero. Me dije: ¿Y si no están jugando al ajedrez, sino a ser Fischer y Spasski y todos los otros personajes implicados en aquella batalla? ¿Y si están jugando a Reikiavik? ¿Y si la de hoy es para ellos -como entonces para Fischer y Spasski- la partida final, la decisiva? Entonces encontré a ‘Waterloo’ y ‘Bailén’ y al Muchacho que los acompaña y la forma de una obra que es -espero- no sólo una obra sobre Fischer y Spasski. Y que -espero también- puede ser disfrutada por un espectador que no sepa mover un peón’.  

Dos excéntricos pobladores de un parque que podía ser El Retiro, apodados Bailén y Waterloo -dos derrotas napoleónicas-  reconstruyen, ante un chaval que pasa por allí camino del colegio, el gran duelo de Reikiavik. Van representando en una ceremonia que llevan años repitiendo, no sólo a Boris y a Bobby, sino también muchos otros actores secundarios del episodio que movieron piezas en aquel tablero. Buscan comprender qué sucedió realmente en Reikiavik, qué estaba realmente en juego en Reikiavik, quiénes eran realmente aquellos hombres que se midieron en Reikiavik. Por supuesto, sin conseguirlo. Dejando abierta esa búsqueda de la verdad que nunca termina pero que debemos iniciar y recorrer sin falta si queremos ser humanos. ‘Reikiavik es una obra sobre la Guerra Fría, sobre el comunismo, sobre el capitalismo, sobre el ajedrez, sobre el juego teatral y sobre hombres que viven las vidas de otros. Y es una obra sobre seres que me son más misteriosos cuanto más de cerca los miro. Quiénes son Bobby Fischer y Boris Spasski. Quiénes son Bailén y Waterloo. Necesito saberlo’, escribe el autor y director.

Porque Juan Mayorga, que ha llegado a la cincuentena con 25 obras escritas, y casi todas representadas, en sólo las dos últimas ha optado por ser el mismo quien dirija su representación. ‘He dirigido La lengua en pedazos (ver nuestra reseña) y Reikiavik. En ambos casos me encontraba ante piezas que, por un lado, no tenía idea de cómo se podían poner en escena, y en las que, por otro, intuía una teatralidad a descubrir. En uno y otro caso, el día del primer ensayo no tenía ninguna certeza, sólo problemas a resolver. Ha sido fundamental encontrar los actores que ponen en juego distintos personajes de un modo parecido a como un ajedrecista mueve distintas piezas’. 

‘Waterloo’ y ‘Bailén’ son pues dos obsesos del ajedrez representando hoy en un parque ante un único espectador cazado a lazo a Fischer y Spasski en Reikiavik hace cuatro décadas. Pero  no sólo eso: intercambian sus personajes, comentan las incidencias, representan al árbitro, al público, a los asistentes y consejeros de ambos, a los políticos que los manejan… Queda clara la dificultad de una tarea que Daniel Albaladejo y César Sarachu cumplen a la perfección desde trayectorias diferentes y sin embargo convergentes: Sarachu se estrena en las tablas autóctonas después de bastante experiencia en otros países. Aldabalejo, por el contrario, es un veterano sobresaliente en montajes de clásicos, y además de haber hecho La Lengua en Pedazos con Juan Mayorga, bajo la dirección de Eduardo Vasco ha estado en excelentes representaciones de  Otelo, Noche de Reyes, La Estrella de Sevilla, El pintor de su deshonra, El castigo sin venganza y Hamlet, por no citar sus trabajos en El curioso impertinente a las órdenes de Natalia Menéndez, Tragicomedia de Don Duardos, a las de Ana Zamora, Entremeses Barrocos con Pilar Valenciano, Un Bobo Hace Ciento con Juan Carlos Pérez de La Fuente, y El condenado por desconfiado, con Carlos Aladro.

Elena Rayos les secunda en un personaje difícil, literario, irreal, más poético que creíble. Puede que el recurso resulte algo artificial. Nosotros apreciamos la dificultad de aguantar el tipo sin apenas intervenir en el duelo de titanes. Otra cosa es señalar que cuando finalmente adquiere protagonismo en el desenlace, a la obra le empieza a pesar su duración y el final resulta un tanto fallido.
  
‘El Reikiavik que ve ahora el espectador es distinto que el que se editó hace año y medio. Creo recordar que ya tenía una versión de la pieza hace tres, pero esa primera escritura dio lugar a otras, la última de las cuales fue profundamente desestabilizada -creo que para bien- por la experiencia de los ensayos’ explica Mayorga la larga gestación de la obra. No explica sin embargo algo que nos interesa, si mezcla ficción con la no ficción, si completa con invenciones o si es absolutamente fiel a los hechos tal y como pueden conocerse a día de hoy.

La escenografía de Alejandro Andújar es tan parca que se queda corta. La iluminación de Juan Gómez Cornejo funciona. Y el sonido creado por Mariano García y las imágenes de Malou Bergman navegan en una definida indefinición que sitúa sin situar del todo. ‘Pero el espacio más importante -responde Mayorga- es la imaginación del espectador; es ahí donde tiene que aparecer Reikiavik’. No hubiera sobrado un poco más de ayuda.

Pieza pues importante y bastante redonda, con un texto bueno, una dramatización aceptable y una interpretación excelente. Mayorga ha avanzado con la experiencia de sus dos anteriores diálogos de dos personajes, El crítico y la citada La lengua en pedazos, y logrado mayor complejidad amena. Reikiavik es motivo sugerente para charlar y reflexionar sobre lo divino y lo humano, sobre los muchos enigmas que esconden tanto los grandes acontecimientos como las vidas anónimas. Teatro comprometido y con mensaje, pero de verdad, y no de la forma superficial y prejuiciosa como se suele entender hoy día. A dos semanas de su estreno, el público llenaba la sala y aplaudió con esa convicción que no se parece en nada a la simple cortesía.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés: 8
Texto: 8
Dirección: 8
Puesta en escena: 6
Interpretación: 8
Producción: 7
Programa de mano: 8
Documentación para los medios: 8

CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Sala Francisco Nieva – Teatro Valle-Inclán
REIKIAVIK  
Texto y dirección  Juan Mayorga     
Del 23 de septiembre al 1 de noviembre de 2015  

Reparto (por orden alfabético)   
Daniel Albaladejo     Bailén 
Elena Rayos       Muchacho 
César Sarachu      Waterloo     

Escenografía y vestuario   Alejandro Andújar 
Iluminación       Juan Gómez-Cornejo 
Imagen        Malou Bergman 
Espacio sonoro      Mariano García 
Ayudante de dirección           Clara Sanchis            
Producción Entrecajas Producciones Teatrales 

De martes a sábados, a las 19.00 h  Domingos, a las 18.00 h   
Encuentro con el público  15 de octubre de 2015.
     
Plaza de Lavapiés s/n  28012 Madrid.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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