Nadadores nocturnos con colitis

Un supuesto alegato generacional de confusos planteamientos y fealdad en escena

Nadadores nocturnos con colitis
Los nadadores nocturnos - Teatro de la Abadía

Caso de exitus repentinibus. Esta pieza se presentó en el Festival Fringe del año pasado, saltó en septiembre a tres semanas de programación en Las Naves del Español, fue premiada como la revelación teatral del año, y ahora llega en cinco sesiones de guinda al Teatro de la Abadía. Los nadadores nocturnos está pensada para un tipo de público muy particular, que se afirma generacionalmente con esquemas formales rompedores, violencia verbal, desaliño escenográfico y vacío mental poblado de eslóganes de baratija, politología de redes sociales y trastorno bipolar entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se defiende de puertas para afuera y lo que se practica en casa. Mucho ruido y pocas nueces. Cero aportación en el contenido y en la forma.

La obra parte de una idea original, un grupo de personas variopintas unidas por un vínculo desusado, practicar la natación en horario nocturno. Pero a partir de ahí ya no hay más que confusión de ideas, acumulación de ecos y lirismo de tercera. El grupo muta en secta dirigida por uno de esos profesores frustrados que ya no se suben a las farolas para agitar a las masas pues existen las redes sociales. Su mensaje es mezcla de nihilista moscovita y guru transpersonal. Sus seguidores deberían ser seres marginales y doloridos pero incomprensiblemente hay también un chico razonable y una chica de buena familia. Hay una chica rota y otra invisible, ambas buscan compañía; hay un chico abandonado y coprófago, y otro accidentado al nacer que arrastra trastornos psicomotrices. ‘Son seres damnificados del amor que se ahogan en su soledad y desesperación, tratando de buscar una salida, en una ciudad donde todo ha sido vendido, fruto de un sistema enfermo y fragmentado que ya no deja margen para la inocencia’, apunta el autor.

No hay diálogos sino largos monólogos consecutivos. El mensaje del guru -que si no está inspirado en el argentino Mario Luis Rodríguez Cobos ‘Silo’, se le parece muchísimo- es esa papilla indigesta por acumulación de ingredientes de procedencias tan diversas como el movimiento nueva era, el buenismo anarquistoide y la extrema izquierda, una mezcolanza de revolución personal y social que en ningún momento aporta una idea interesante. ‘Resistimos gracias a nuestro ingenuo deseo de cambio, de revolución, de muerte de todo lo viejo para que al fin pueda nacer lo nuevo’, apunta el autor sobre su perspectiva y la de los personajes de la obra. El lindo lema de tan curiosa troupe es esta frase perspicaz: ‘Cuando oscurece siempre se necesita a alguien’.

La puesta en escena es deudora de estilos consolidados, el de Angélica Lidell fundamentalmente, con elementos de Rodrigo García, sirvan de ejemplo ‘Todo el cielo sobre la tierra’ (ver reseña) o  ‘Ping Pang Qiu’  (ver reseña) de la citada, y ‘Muerte y reencarnación en un cowboy’ (ver reseña) y ‘Gólgota picnic’ (ver reseña), del citado. Es una tendencia por otra parte bien asentada en Europa, -inmadurez y confusión elevadas a canon estético- a la que la práctica del feísmo le da impronta española. Hay todo eso que hemos visto demasiadas veces, personajes permanentemente en escena haciendo tonterías por los rincones, micrófonos y amplificadores con muchas interferencias, espasmos variados, filmaciones en directo de lo que estás ya viendo. El momento cumbre es una santa cena sacrílega donde el coprófago sirve al grupo una papilla marrón -supuesto producto de una colitis grave- que todos comen con fruición. Y esta comunión con mierda liquida puede que sea la gran metáfora.

Entre los siete intérpretes hay tres cambios del elenco que estrenó el pasado año, y un espectacular cambio de aspecto, el de Alberto Velasco, que ha engordado lo que parecen cien kilos hasta resultar estremecedor. Joaquín Hinojosa, en ese líder imposible que es Jeange, parece sufrir un fuerte catarro, está gangoso y hace muecas incomprensibles, no sabemos si todo ello es a propósito para dar más enjundia al personaje. Las tres incorporaciones nos convencen, y Esther Ortega y Paloma Díaz también superan los histriónicos personajes que les tocan en suerte.

De José Manuel Mora nos gustó ‘Mi alma en otra parte’ sobre los abusos sexuales en el ámbito familiar, un tema más escabroso pero tratado con precaución y solvencia, un texto y una trama bien construidas, estrenada en el CDN en 2011 (ver nuestra reseña de entonces). En cuatro años un autor convencional y competente se ha convertido en incendiario y vacuo, más o menos lo que ha pasado con tanta gente apuntada a Podemos. En cuanto a Carlota Ferrer el salto a la dirección propia después de buenas asistencias a la ajena puede considerarse prematuro.

El autor agradece públicamente a la directora su ‘lírico, íntimo, impúdico y soberbio montaje’. Pero nosotros sólo vimos reseñable la coreografía inicial de los nadadores. No se nos informa de a quien se debe la banda sonora interpretada en directo por Diego Garrido con aportaciones del resto del elenco, temas en inglés e italiano cantados malamente. La peor aportación audiovisual es un vídeo donde a un pobrecito niño se le obliga a soltar un panfleto que remata una faena deplorable en la que se ha loado la colocación de bombas en lugares céntricos, denigrado a los heterosexuales, y el personaje de la mujer rota ha pedido una y otra vez a los espectadores ‘que alguien me folle’. Tras los aplausos del público cómplice que llenaba la sala el primer día de la reposición, todo el equipo se puso a cantar cumpleaños feliz a Carlota Ferrer entregándola un ramo de flores. Ante la celebración, el público se mostró encantado y a nosotros nos pareció que era un justo final sobrevenido, una ceremonia clasicota para rematar una simulación de rebeldía.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 5
Texto, 5
Dirección, 5
Interpretación, 6
Escenografía, 4
Música, 5
Producción, 7
Programa de mano, 7
Documentación para los medios, 5

Teatro de la Abadía – Sala José Luis Alonso
Los nadadores nocturnos, de José Manuel Mora
Dirección, espacio escénico y coreografía de Carlota Ferrer
Del 4 al 8 de noviembre, 2015

REPARTO
Jean G Joaquín Hinojosa
Mujer rota Esther Ortega
El chico normal y razonable Alberto Jo Lee
Mujer invisible Paloma Díaz
El chico paloma Alberto Velasco
El chico con el cuerpo equivocado Diego Garrido Sanz
La chica de buena familia Cristina Subirats

EQUIPO
Vestuario Ana López
Iluminación José Espigares
Audiovisual Eduardo López
Realización video niño Jaime Dezcallar
Ayudante de dirección Enrique Sastre
Producción Draft.inn
Fotografía Sirai Trimph
Diseño gráfico La Playa / Juan Pablo García

Producción:  Draft.inn
Duración apróximada:  80 minutos
Los días 4, 5 y 6 a las 19:30 h. Los días 7 y 8 a las 20 h.
El encuentro con el público tendrá lugar el 6 de noviembre al finalizar la función.
Entrada libre hasta completar aforo.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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