CRÍTICA DE CINE

‘Digger’: Tom Cruise excava la fosa de la sensatez junto a Iñárritu

El actor deja de lado al héroe de acción para meterse en la piel de un magnate petrolero que desencadena una catástrofe y transforma su culpa en un gran espectáculo.

Digger
Digger. PD

La última película de Alejandro González Iñárritu aterriza en la gran pantalla con una inquietante fusión de sátira política, catástrofe medioambiental y humor negro. Según señala El Mundo, Digger es una obra desmesurada, bulliciosa y superficial, pero, a su vez, resulta imposible de ignorar.

En el epicentro se encuentra Tom Cruise, casi irreconocible bajo una capa de prótesis y maquillaje, distante del héroe atlético que todo lo salva en Misión: Imposible. En esta ocasión, da vida a Digger Rockwell, un millonario texano que se dedica a perforar la tierra en busca de petróleo, gas y cualquier otro combustible fósil que pueda engordar su ya abultada fortuna. Este personaje no se preocupa por salvar el mundo por motivos altruistas; su verdadero interés radica en demostrar que aún tiene el control sobre su propio destino.

Un magnate ante el desastre que él mismo ha causado

La historia arranca desde una tragedia de dimensiones globales. La planta petrolera de Rockwell provoca la ruptura de un iceberg en Groenlandia, desencadenando una crisis que pone en jaque el equilibrio del planeta. A partir de ahí, el empresario se ve obligado a colaborar con el presidente de Estados Unidos mientras trata de convencer a la opinión pública de que él es parte de la solución, no la raíz del problema.

La ironía salta a la vista. Cruise, uno de los rostros más icónicos del cine actual, ha forjado su carrera interpretando a hombres que pueden hacer frente a cualquier amenaza. Sin embargo, en Digger, el verdadero peligro surge de la ambición desmedida de su propio personaje. La misión imposible ya no consiste en salvar al mundo, sino en convertir una calamidad personal en una brillante operación de relaciones públicas.

El enfoque evoca el espíritu de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, aunque la película de Iñárritu no siempre logra la precisión satírica que caracteriza a la obra de Stanley Kubrick. El director mexicano se decanta por la exageración, el ruido y un humor deliberadamente desagradable. El resultado transita entre la farsa, la comedia negra y el espectáculo del desastre.

Cruise se burla de su propia imagen

El mayor atractivo de Digger radica en el riesgo que asume su protagonista. Cruise se aleja de la corrección física y moral del héroe tradicional para encarnar a un personaje que es a la vez envejecido, excéntrico, vulgar y obsesionado con su propia grandeza. Digger no es un villano típico; resulta más incómodo, ya que está convencido de que sus errores pueden transformarse en gestos de liderazgo.

La interpretación brilla precisamente cuando explota esa contradicción. El actor despliega su carisma para dar vida a un hombre que no capta que el mundo no gira a su alrededor. La película se ríe de los magnates que convierten la responsabilidad en pura propaganda y de los políticos que confunden una puesta en escena con una respuesta real.

También hay espacio para lo absurdo. Los gestos, el maquillaje y la extravagancia del personaje forman una caricatura que recuerda a ciertos millonarios de hoy en día, sin llegar a ser un retrato directo. El parecido con figuras reales se inscribe dentro de un juego que prefiere la deformación grotesca en lugar de la imitación precisa.

Una sátira que se desborda

Iñárritu dirige con una ambición visual y la clara intención de no pasar desapercibido. La producción fusiona escenarios grandiosos, efectos digitales y una fotografía espectacular. Con una duración de 128 minutos, la película tiene espacio para desarrollar tanto la crisis mundial como las maniobras de Rockwell, aunque también expone las debilidades de su guion.

El filme pretende abordar demasiados temas a la vez:

  • La arrogancia de los gigantes empresariales.
  • La explotación de combustibles fósiles.
  • La manipulación política.
  • La cultura de la celebridad.
  • La imperiosa necesidad de transformar todo desastre en entretenimiento.

No obstante, el inconveniente radica en que la sátira subraya de manera constante sus propias intenciones. Donde podría resultar suficiente una mirada o un gesto, Digger añade una provocación más, un chiste adicional o una nueva acumulación de excesos. Su vulgaridad, en ocasiones, no resulta liberadora y parece, más bien, una manera de ocultar la falta de sutileza.

El reparto complementa la propuesta con solidez. Junto a Cruise, destacan Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Jesse Plemons y Emma D’Arcy, entre otros. Estos personajes giran en torno a Rockwell, aportando distintas perspectivas ante una crisis que nadie parece dispuesto a enfrentar en su totalidad.

El espectáculo como crítica

La película resalta su mejor concepto en la relación entre el desastre y el entretenimiento. Digger provoca una amenaza medioambiental, pero rápidamente intenta imponer su propio relato. Su prioridad no es reparar el daño; lo que realmente busca es controlar las imágenes, las declaraciones y la percepción pública. Así, la catástrofe se transforma en una extensión de su marca personal.

Ahí reside la parte más retorcida del filme. Rockwell no necesita ser admirado por sus virtudes; basta con que ocupe el centro del debate. Iñárritu dibuja un mundo donde la visibilidad se torna en poder, y donde incluso la culpa puede usarse como combustible narrativo.

Digger no siempre logra que sus golpes sean efectivos. A veces se siente torpe al confundir la estridencia con la mordacidad y se torna vulgar cuando busca provocar una reacción inmediata. Sin embargo, esa incomodidad es lo que también atrapa el interés. La película invita al espectador a reírse de un hombre ridículo mientras reconoce la lógica que lo ha consolidado como una figura poderosa.

Y Tom Cruise, en esta ocasión, no corre para rescatar a nadie. Se queda observando el agujero que él mismo ha cavado y decide convertirlo en su propio escenario.

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Autor

Fernando Veloz

Economista, comunicador, experto en televisión y creador de formatos y contenidos.

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