Un teatral sirviente

Un teatral sirviente

Fue un relato certero en los años 40 y una pieza teatral de éxito en los 50, todo eclipsado por una película de culto en los 60. Esta versión descarta la clarividencia social del texto original y la sutileza morbosa del film, para centrarse en las connotaciones sexuales y jugarse todo a la presencia de Eusebio Poncela.

El sirviente describe la relación entre un joven aristócrata y un sirviente contratado a su retorno a Londres con el fin de instalarse en la mansión heredada de su padre, que acaba de morir dejándole su cuantiosa fortuna. Tony Williams necesita un criado para todo, porque después de sufrir experiencias traumáticas en la guerra y penurias en África, solo quiere vivir cómodo y gozar de una indolencia dorada. Y Barret es un retorcido mayordomo que bajo el servilismo esconde ansias soterradas de dominio, deseos vengativos de posesión.

El relato de Robin Maugham se publicó en 1948 y reflejaba la decadente sociedad de clases británica, anticipando su final en una confluencia de hundimiento de su oligarquía y ascenso de las clases trabajadoras de la mano de un partido laborista que iba a inaugurar la época del Estado de Bienestar, medio siglo de confluencia que terminaría por fagocitar las vacas gordas y retornar a lo que llaman neoliberalismo. Y Maugham, sobrino del consagrado escritor William Somerset Maugham, adelantaba ese relevo en el poder social por medio de una relación enfermiza entre el decadente señorito y el depravado siervo en la que ambas clases quedaban entrelazadas en una atmósfera congelada de morbosa interdependencia.

Mercedes Abad ha contado la historia del autor y su obra a propósito de su estreno en España en marzo de 2000: ‘También Robin Maugham, segundo vizconde de Hartfield, pertenece al nutrido club de los apaleados por la posteridad. Y eso que el pobre tampoco tuvo mucha suerte en vida que digamos. Cuando, en 1948, publicó The servant, una novela en la que despellejaba a la sociedad británica de la época, su padre debió de verse retratado y, siguiendo la tradición de furibundos padres británicos establecida por el progenitor de lord Alfred Douglas (el amante de Oscar Wilde), denunció la obra por obscena e hizo lo posible por eliminarla de los archivos planetarios aunque, por fortuna, fracasó en su empeño. Inasequible al desaliento, el propio Robin haría años después una versión teatral, también titulada The servant, que se estrenó en Londres con notable éxito de crítica y público y de la que su autor aseguraba estar más satisfecho que de la novela. Fue entonces cuando a Joseph Losey se le ocurrió llevar The servant al cine con un guión de Harold Pinter, que al parecer se basó en la novela, y no en la pieza teatral, para su adaptación. No hace falta ser el oráculo de Delfos para adivinar el resto de la historia. Como tantas veces ha sucedido desde que el cine vampiriza la literatura, el clamoroso éxito de la inquietante película de Losey, considerada de forma casi unánime como su obra maestra, consiguió eclipsar al bueno de Robin Maugham y sus obras, hasta el punto de que hoy en día la mayor parte de la gente le atribuye a Pinter la paternidad del invento’.

De ese estreno en catalán en el Mercat de les Flors barcelonés, -‘El criat’, traducida por Salvador Oliva, con dirección de Mario Gas, Blai Llopis en el papel del sirviente y Marc Martínez como el amo-, no ha quedado tampoco mucha memoria, pero sí la traducción publicada en Edicions 62 que ahora ha debido retomar Álvaro del Amo. Nada se nos informa de su fidelidad o no a las versiónes del propio Maugham y de Gas, pero el caso es que Richard, que era el narrador en el relato y desaparecía en la película, pasa a ser un personaje que se suma a un reparto en el que se han suprimido ocho personajes -Lady Mounset y Lord Mounset, una dama mayorcita y otra jovencita, una anciana, un obipo y su vicario, y un señor que en la película interpretaba el mismo Pinter- y efectuado otras variaciones para potenciar la progresiva depravación sexual de Tony, que prefiere las putillas barriobajeras que le proporciona Barret a su elegante y competente novia, y que sustituye con la dependencia del malvado criado la vieja amistad del sensato, culto y apuesto Richard.

La directora, Mireia Gabilondo -a quien solo conocemos como actriz, -‘El hijo del acordeonista’ (ver nuestra reseña de 2013) y ‘La calma mágica’ (ver nuestra reseña de 2014)-, supedita la acción a la música que la ilustra, aplicando intervalos de innecesarios movimientos de mobiliario, e imprime al reparto un tono ‘teatral’, distante e irreal, que abunda en la extrema frialdad de la pieza, en su lento trascurrir, y en su excesiva longitud que convierte la última media hora en un bucle insistente. La escenografía y el vestuario -brillante en el caso de Susan- de Ikerne Giménez evitan contextualizar pero no aciertan a definir ese salón y esa cocina en base a las mutaciones de un tresillo multiuso cuyos engranajes quedan expuesto a menudo feamente ante el público. Demasiado protagonismo del mueble bar y sus contenidos.

Es la muy cinematográfica banda sonora de Fernando Velázquez (que acaba de dirigir la versión sinfónica de Amancio Prada de Las Coplas de Jorge Manrique en el Monumental (ver nuestra reseña de este viernes) la que se convierte en coprotagonista merecida del montaje, dicta las pausas y rellena los silencios.

Eusebio Poncela hace un Barret demasiado anciano para compararse al de Dick Bogarde en la película de Joseph Losey, en ese guión de Harold Pinter que manipuló a su antojo el relato original. Es un actor aún famoso, y eso ha debido pesar en esta subida a las tablas, aunque nunca hizo mucho teatro, lo último en 2004 con un Macbeth dirigido por María Ruiz. Sus gestos, ademanes y expresiones rayan en esa zafiedad que conecta con nuestro amable público, pero resultan solo socorridos tics que hacen de Barret un viejo marica amanerado, proxeneta casi profesional, que seguramente nunca tuvo en vista Maugham. Diríamos que el Tony de Pablo Rivero es bueno y que el resto del reparto se expresa con justeza.

Una producción cuidada, con aciertos indudables, que será más apreciada por los que no conocieron la película en blanco y negro que hizo época en aquellas sesiones matinales de los domingos en los cines de arte y ensayo. Este sábado, diez días después de sju estreno, el público que llenaba el teatro celebró algunos gags de Poncela y tributó grandes aplausos al final a todo el equipo.

VALORACIÓN DEL ESPECTÁCULO (del 1 al 10)
Interés: 7
Dramaturgia: 8
Dirección: 7
Interpretación: 7
Escenografía: 6
Producción: 8
Programa de mano: 7
Documentación a los medios: 6

Teatro Español
EL SIRVIENTE
de Robin Maugham
DEL 19 DE SEPTIEMBRE AL 13 DE OCTUBRE DE 2019

Dirección: Mireia Gabilondo

Reparto:

Sandra Escacena – Vera y Mabel
Carles Francino – Richard
Lisi Linder – Sally
Eusebio Poncela – Barret
Pablo Rivero – Tony Williams

Ficha artística:

Traducción Álvaro Del Amo
Ayudante de Dirección Alexandru Stanciu
Diseño Escenografía y Vestuario Ikerne Giménez
Ayudante Escenografía y Vestuario Lua Quiroga
Diseño de Iluminación Miguel Ángel Camacho
Diseño de Imagen, Fotografía y Arte Visual Facundo Fuentes De La Oca, Sheila Pay
Composición Musical Fernando Velázquez
Productor Ejecutivo Lope García
Directora Producción Carmen Almirante
Jefe Producción Hugo López
Una coproducción de SEDA, Tanttaka Teatroa y PONFAK producciones.

* Encuentro con el público jueves 26 de septiembre

DE MARTES A DOMINGO 20h
Duración 1 hora y 40 minutos (aproximadamente)
Precio 5 A 22 €

Teatro Español
C/Príncipe, 25. Madrid
91 360 14 80 – 91 360 14 84.

 

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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