Tras el ensayo, Bergman retocado

Tras el ensayo, Bergman retocado

El gran cineasta Ingmar Bergman en 1984 fusionó teatro, cine y televisión en una película corta que presentaba a un veterano director de teatro enfrentado a su pasado con el fantasma de su amante muerta, y enfrentado al presente con la hija de ambos a la que ha dado el papel protagonista que su madre bordara hace años. Y lo contamos, disculpen, porque en esta versión las cosas son bastante distintas.

Si te sientas en tu butaca, te lees las notas promocionales del programa de mano y vienes ya predispuesto por reportajes y entrevistas que son pura publicidad, vas a ver una pieza de teatro de bolsillo con buenos actores, bien montada y dirigida de ochenta minutos de duración que va gustarte. Nos la presentan así: una obra íntima y penetrante que explora las fronteras entre la vida y el arte, la memoria y el deseo. En un escenario vacío tras un ensayo teatral, el veterano director Henrik se queda solo, reflexionando sobre su carrera y sus obsesiones. La llegada inesperada de Anna, una joven actriz, y la irrupción del recuerdo de Rachel, una actriz del pasado, desencadenan un tenso y revelador triángulo emocional. A través de un diálogo denso y afilado, Bergman desvela las contradicciones del artista: su necesidad de control, su vulnerabilidad y su eterna lucha entre el compromiso con el arte y con los afectos reales. Con una estructura casi confesional y una atmósfera cargada de introspección, es una meditación sobre el tiempo, la herencia emocional y la complejidad de las relaciones humanas bajo el prisma implacable del teatro; la profundidad psicológica y el lirismo de Bergman, una experiencia teatral en la que arte y la vida se entrelazan en un juego de espejos.

Y está bien resumido el contenido original. Pero por razones misteriosas -llamémoslas así- Ernesto Caballero se ha apoderado del magnífico texto y se ha hecho su propia película, una película más simplona y elemental, ceñida a lo que él y otros muchos teatreros creen que es el gusto del público, colocando un monólogo introductorio que sobra, obviando que el protagonista unas veces habla pero otras veces son sus pensamientos lo que oímos, destruyendo el efecto de que Rachel es una aparición, de que está muerta, y haciéndola hilvanar lugares comunes sobre el deterioro físico del envejecimiento, pasando por encima de las sutiles claves de la trama, empeorando los diálogos con inclemencia destructora, para convertir una propuesta profunda, compleja y misteriosa que refleja lo mejor de Bergman y de la mentalidad sueca, en pelotillería descarada al valor del teatro y la heroicidad de los teatreros que debía sonrojarles.

Dice Caballero, demostrando una vez más que no hay que leer las notas del director antes de ver la función so pena de caer en sus redes, que ‘es una obra que, bajo una apariencia escénica sobria, alberga una complejidad emocional y simbólica de gran densidad. En ella, Bergman se proyecta con crudeza y lucidez en su alter ego Henrik Vogler, para enfrentarse a los fantasmas del arte, el tiempo y la memoria. Como director, me siento interpelado por las preguntas que plantea la obra: qué lugar ocupa el creador en la escena contemporánea, qué vínculos genera con quienes lo rodean, cómo se conjugan en ese espacio el deseo, la memoria y la representación’. Pero esta puesta en escena, por querer facilitar el acercamiento al espectador, se aleja de los que todavía preferimos el original a los sucedáneos. Ya hubo un intento anterior de llevar la película a las tablas, en el teatro Infanta Isabel en 2017 por Joaquín Hinojosa y Juan José Afonso, que no vimos y del que por tanto no opinamos.

En lo que Caballero acierta es en la dirección, que es su oficio, con una puesta en escena y una dirección actoral muy aceptables en todos los aspectos: a destacar el revestimiento de la sala pequeña para meter al público en el escenario. El reparto está notable, con Lucía Quintana en una Rachel de mayor voltaje que la pensada por Bergman, con Emilio Tomé en un Henrik casi autista, más ensimismado aún que el original, y una Elisa Hipólito demostrando dotes en su Anna prepotente por fuera, frágil por dentro, tan abundante en su generación y más en su gremio. El director ha acertado en captar lo que tiene de especial este mundo de tablas y bambalinas -aunque sean digitales- donde así es si así os parece, donde todo es simulación y conveniencia, donde no puedes fiarte de nada de lo que te cuentan porque probablemente es inventado para la ocasión, y dónde ni tú mismo sabes quien eres, de contaminada que ha quedado tu vida real por las que vives sobre el escenario. O sea la vida misma, pero en sobredosis.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 8
Versión, 5
Dirección, 7
Interpretación, 8
Escenografía, 6
Producción, 8
Documentación para los medios, 6
Programa de mano, 7

TEATRO ESPAÑOL
Tras el ensayo, de Ingmar Bergman
Versión y dirección: Ernesto Caballero
Del 4 Abril al 17 Mayo 2026

Reparto:
Henrik Vogler: Emilio Tomé
Anna Egerman: Elisa Hipólito
Rachel: Lucía Quintana

Vestuario: José Cobo
Escenografía e iluminación: Víctor Longás
Espacio sonoro: Bastian Iglesias
Ayudante de dirección: Pablo Quijano
Producción: Teatro Español

Precio 18€
Hora 19:30h
Duración 80min.
Sala pequeña – Margarita Xirgu.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído