Payasos y monstruos
Albert Sánchez Piñol
Ed. Aguilar
198 páginas
16.50 euros
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El título de este libro alude de un modo directo a su contenido. La galería de dictadores africanos que lo compone son eso, payasos y monstruos; y lo son a la vez, simultáneamente. De modo que este nuevo libro de Sánchez Piñol provoca en el lector una reacción parecida a la que provocan las películas de Billy Wilder: una carcajada que corre el riesgo de quedarse congelada cuando el espectador repara en la sordidez de lo que le están contando.
Igual que nos reíamos con una historia terrible sobre las servidumbres y la humillación de las relaciones laborales (El apartamento) o con la peripecia de un condenado a muerte al que se usaba como baza electoral (Primera plana), las trayectorias de gente como Amin Dada, Bokassa, el doctor Banda, Mobutu, Sékou Touré, Haile Selassie o los guineanos Macías y Obiang Nguema provocan tanta risa como espanto.
El autor ha primado la primera sobre el segundo; de hecho, el libro está escrito con buenas dosis de humor e ironía, además de con un tono narrativo que facilita mucho la lectura. Pero no ha querido que nadie se llame a engaño y en un intenso epílogo deja las cosas en su sitio. “Los personajes que hemos ilustrado –escribe- son auténticos monstruos, en el sentido más literal del término: combinaciones de naturalezas diversas que recrean un sentido puramente maligno… De todos ellos destaca su capacidad para absorber y escenificar lo peor de dos mundos en contacto”.
Sánchez Piñol nos recuerda que estos siniestros personajes asesinaron a cientos de miles de personas, casi siempre compatriotas suyos. Macías usaba apisonadoras contra los opositores. Bajo el régimen de Bokassa se apaleaba a niños públicamente. En el de Mobutu abundaron los desaparecidos. Haile Selassie permitió que murieran de hambre miles de niños. La lista de los horrores es larga y Sánchez Piñol aboga por que “nuestra falta de memoria no refuerce su impunidad”.
La responsabilidad de Europa
A menudo, estos dictadores sangrientos tomaron como modelos a gobernantes europeos: Napoleón, Stalin, Hitler o Franco. Y es que Europa está en el origen del África moderna y, en cierto modo, de algunos de sus horrores. “África existía antes de la conquista colonial”, recuerda Sánchez Piñol; y los pueblos africanos tenían sus propias leyes e instituciones políticas, sus modelos familiares, sus mundos simbólicos y sus estructuras económicas. Por ejemplo, el hambre que hoy azota al continente era un fenómeno prácticamente desconocido en el África precolonial.
Sobre esa realidad peculiar y múltiple, las potencias europeas impusieron un sistema ajeno y desconocido para los africanos: el Estado. Y como el Estado era una realidad ajena, sólo quedó una manera de mantenerlo, el autoritarismo. Porque “imponer un sistema político determinado a una población que no se identifica con él o que lo rechaza abiertamente requiere necesariamente un alto grado de coacción”. Así pues, los gobernantes africanos optaron por el autoritarismo porque era su referente más inmediato, ya que el autoritarismo fue el método por el que las metrópolis europeas se impusieron en sus colonias.
Los monstruos de este libro no inventaron nada, se limitaron a copiar lo que tan bien conocían. Pero la responsabilidad de Occidente no estuvo sólo en suministrar un modelo; mantuvo e incluso animó a estos dictadores. Por lo que respecta a estos tiranos, Europa no ha estado a la altura de su historia ni de sus principios. Como escribe Albert Sánchez Piñol, “quizá el auténtico horror no habita en el corazón de las tinieblas, sino en las tinieblas de nuestro corazón”.
Malvados, mediocres, paternales, megalomaníacos…
Lo curioso es que la maldad de estos personajes corre pareja con su mediocridad. Se trata de ignorantes que se hicieron pasar por maestros, cobardes que fingieron ser héroes, seres insignificantes que se creyeron dioses. Los títulos extravagantes, hiperbólicos, que se autoconcedieron dan fe de su megalomanía. Pero, como advierte el autor del libro, “en el monstruo la extravagancia es inseparable del espanto”.
Y, siendo malvados, más de uno quiso ser considerado padre de su pueblo; como Idi Amin, cuyo apelativo Dada significa eso, papá; Bokassa, que igualmente se consideraba padre de sus súbditos, o el doctor Banda que llamaba “mis niños” a sus ministros.
En cuanto a los títulos, los que se otorgó Idi Amin son una buena muestra del nivel de disparate alcanzado. No contento con haberse proclamado “Señor de Todas las Bestias de la Tierra y Peces del Mar y Conquistador del Imperio Británico, de África en General y Uganda en Particular”, se adjudicó también el de “Rey de Escocia”.
Claro que en esto de los títulos nadie llegó tan lejos como el guineano Macías. Se adjudicó más de cincuenta que los escolares de su país debían memorizar si querían pasar de curso. Algunos ocupaban varias líneas; otros eran tan simples como el de “Macías Nguema, Ese hombre”, que transparentaba su admiración por Franco. Otros sustituían la falta de guías turísticas (además de ser algo redundantes). Por ejemplo: “Constructor de nuevas carreteras de red moderna que reúnen las condiciones modernas de construcción de carreteras; visite Nkue-Mikomeseng, Añisok, Mongomo, Ebebiyín”.
Y ladrones
Aunque el propósito de Albert Sánchez Piñol no ha sido hacer un libro de historia, inevitablemente aparecen entre las líneas de este libro algunas cuestiones de la historia reciente. Además de la ya citada responsabilidad de Occidente o la invasión de Etiopía por la Italia fascista, hay un personaje con el que estos dictadores tendieron a entenderse y establecer buenas relaciones: el libio Gaddafi.
En otros casos lo que se ilustra es la capacidad de corrupción del poder (ya se sabe, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente). Es el caso del doctor Banda, que fue un honrado político y ciudadano, ejemplar en muchos aspectos, durante más de sesenta años de su vida. Pero, convertido en el primer presidente de su país, Malawi, hizo todos los méritos para ser incluido en esta nómina de monstruos y payasos. Como buen dictador, no es que se identificara con su pueblo, sino que obligó a su pueblo a identificarse con él; así, el modo de vida de Malawi tenía que ser el que él declarara. En cuanto a la rapiña, tampoco se quedó corto. Fue como si el antes austero doctor Banda se empeñara en recuperar el tiempo perdido. Lo malo es que tuvo tiempo para hacerlo, ya que murió a los cien años.
Claro que en lo tocante a robos, nadie supera a Mobutu, que según Sánchez Piñol “es muy probable que fuera el peor cleptómano que ha conocido la raza humana”. A Mobutu, sin duda, le ayudó el destino. Le hizo nacer en el Congo, el gigante africano, rico en cobre, cobalto, diamantes, uranio y otros recursos, y cuando estuvo en el ejército fue destinado a una oficina contable. El caso es que, cuando fue presidente de su país, sus gastos personales suponían el 20% de los presupuestos del Estado, y la sanidad el 3%. Con tal ejemplo, no fue raro que los embajadores de Mobutu actuaran en consecuencia; al menos dos, el de Viena y el de Tokio, vendieron los edificios de sus sedes diplomáticas. La rapiña del régimen de Mobutu provocó escenas dignas de Berlanga; algunos altos cargos sacaban los dólares en ataúdes con destino, naturalmente, a Suiza, haciendo constar que eran diplomáticos suizos fallecidos; sólo que el número de ataúdes superaba el de todos los suizos residentes o transeúntes en el Congo.
Idi Amin (“la mezcla perfecta entre un showman y un gangster de uniforme”) fue una excepción en este sentido. Quizá porque llegó a creerse el amo de su país, se olvidó de la primera regla de los dictadores, abrirse una cuenta bancaria en Suiza. Ese olvido le convirtió en un paria político cuando fue derrocado
Sékou Touré es un buen ejemplo de lo que indica el título del libro. Empezó siendo un payaso, que pasó de ser profrancés a erigirse en líder anticolonial (para lo cual se dedicó a falsear conscientemente su biografía), y terminó convertido en un monstruo que demostró una capacidad para encontrar enemigos de su régimen (de los médicos a los tenderos) digna de Stalin. Curiosamente, Sékou Touré fue defendido por estadistas como Mitterrand y por escritores como Aimé Cesaire.
Si todos estos personajes resultan pintorescos y fuera del tiempo, el anacronismo es extremo en el caso del Rey de Reyes, Haile Selassie. No es sólo que sus fiestas fueran dignas de Las 1.001 noches o que existiera la esclavitud hasta la década de los 40, es que las investigaciones judiciales se practicaban mediante adivinación.
Albert Sánchez Piñol. Antropólogo y escritor, e integrante del CEA (Centre d’Estudis Africans). Sus actividades académicas y profesionales lo han llevado a menudo a varios países africanos. Junto con Marcello Fois es autor del libro de narrativa Compagnie difficili (2000), editado en Italia. En 2001 publicó el libro de relatos breves Les Edats d’Or y en 2002 la novela La pell freda, traducida en treinta países. En 2005 publicó su segunda novela: Pandora en el Congo (Suma).
El próximo Lunes 12 y martes 13 de junio se mantendrán una serie de entrevistas individuales con Albert Sánchez Piñol, autor del libro. Para tener más información ponerse en contacto con Marta Donada, Tel. 91.744.92.20, [email protected]

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