Cid Campeador, personaje de novela

Burgos
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La historia del Cid Campeador es una nebulosa legendaria sobre algunos datos históricos. Era lógico que el río inagotable de la actual novela histórica llegara un día a sus riberas. Cid Campeador (Imágica Ediciones, 2008), de Eduardo Martínez Rico, se inicia en Toledo un frío día de diciembre de 1086. ‘Mi novela puede aportar un matiz más al Cid. Nunca ha dejado de cabalgar, con todas sus contradicciones’, dice el autor.

Rodrigo Díaz de Vivar (nacido en Vivar del Cid, Burgos, hacia 1043-1050 – muerto en Valencia, 1099) fue un hidalgo y guerrero castellano conocido como El Cid Campeador, Mio Cid o El Cid (del árabe dialectal sīdi, ‘señor’, y del latín campae docto, ‘diestro en el campo de batalla’). Llegó a dominar al frente de su propia mesnada prácticamente todo el oriente de la Península Ibérica a finales del siglo XI, de forma autónoma respecto de la autoridad de rey alguno, aunque con el beneplácito del rey Alfonso VI, de quien Rodrigo siempre se consideró vasallo.

Fue ‘condottiero’ siglos antes de que aparecieran en Italia, pero nunca cambió de bando. Fue un ‘señor de la guerra’ más importante que los que han poblado el postcolonialismo del siglo XX. Se trata de una figura histórica y legendaria de la Reconquista española, cuya vida es la base del más importante cantar de gesta de la literatura española, el Cantar de mio Cid.

Todo un personaje que no sólo inspiró el Cantar sino numerosas versiones de su vida en verso y prosa a lo largo de los siglos, romances, epopeyas, crónicas, celebrados dramas y comedias, varias películas y hasta una ópera, del francés Jules Massenet. Grandes literatos -Lope de Vega, Guillén de Castro. Corneille, Hartzenbusch, Zorrilla, Vicente Huidobro- y lo que hoy llamamos escritores de bestsellers -como Manuel Fernández y González y Ramón Ortega y Frías- lo adoptaron como personaje y lo hicieron protagonista de sus fantasías. El Cantar lo han versionado Pedro Salinas y Camilo José Cela, y la edición más moderna y autorizada se debe a Alberto Montaner Frutos, realizada en 2000 para la colección «Biblioteca Clásica» de la editorial Crítica. En los últimos años ha habido una adaptación teatral de Las mocedades del Cid, el ensayo El Cid el último héroe, de José Luis Olaizola, y la novela ‘desmitificadora’ El Cid, de José Luis Corral.

Se ha escrito pues abundantemente sobre el héroe, pero la mayoría de los españoles lo recuerdan por los versos del Cantar leídos de párvulo, por la película de Charlton Heston y Sofía Loren, o por una serie televisiva de dibujos animados ya en plena transición, Ruy, el pequeño Cid. Entre estos últimos, está Eduardo Martínez Rico, autor de la última contribución a la bibliografía del héroe, la novela histórica Cid Campeador (Imágica Ediciones, 2008), que se inicia cuando Rodrigo, en la cúspide de su prestigio y fama de guerrero, se prepara para conquistar Valencia por segunda vez. Mientras, el rey Alfonso VI, doña Urraca, doña Jimena y el resto de nobles observan los acontecimientos desde la corte, recordando tiempos pasados. El destino de todos, sin embargo, está regido por el ceñidor de la sultana Zobeida, una joya maldita que asegura la muerte violenta a su poseedor. Ben Yejaf, el gobernante de Valencia, pide ayuda a los almorávides, que ya han desembarcado en la península y conquistan territorios y ciudades como si fueran una marea imparable. Su líder, el gran caudillo Ben Yúsuf, es considerado invencible por todos los que se enfrentan a él. Al pie de las murallas de Valencia, las huestes del Cid lucharán contra los almorávides. El duelo entre ambos hombres es inevitable, y solo uno podrá salir victorioso.

De esta situación parte el autor: «Cid Campeador es una novela histórica, de aventuras, de acción, pero también de personajes, dice Martínez Rico. Muestra el fondo más íntimo de Rodrigo Díaz de Vivar. La obra es una reflexión sobre el poder en el siglo XI, y pocas cosas han cambiado desde entonces. La España del Cid era una España dividida, con los reyes cristianos luchando entre ellos en el Norte y los moros empujando desde el Sur; Sólo el Cid, quizá por no ser rey, comprende que puede haber un proyecto unitario para esa España.»

El editor, Alberto Santos, opina que la novela es una visión humana de uno de nuestros héroes históricos más importantes y subraya que la narración profundiza en el aspecto más auténtico de este guerrero legendario que ha dado pie a muchas de las leyendas y narraciones antiguas de nuestra literatura. Según Santos «Historia Mítica, la colección de Cid Campeador, pretende rescatar figuras históricas de nuestra historia que nos son familiares, pero de las cuales tenemos un gran desconocimiento».

Para Martínez Rico, los libros se escriben durante toda la vida, no solo cuando los plasmamos en hojas; llega un día en que nos sentamos y el libro va tomando forma, pero el contenido, las pasiones, las inquietudes, sus historias y personajes vienen de muy atrás. Por supuesto, este es el caso de Cid. Me interesa la figura de Rodrigo Díaz de Vivar desde la infancia. He estudiado el poema, a su protagonista, su historia, su mundo, la épica medieval española… El Cid me ha acompañado durante toda mi vida’.

‘Sé que en mi novela, -dice Martínez Rico-, hay mucho espacio para la imaginación, para el anacronismo y la inexactitud, en parte a propósito, en parte no. Ahora creo mucho en lo que Jean Pierre-Vernant, especialista en mitos clásicos, llama «imaginación legendaria». Esto es una novela, no es historia. La mayor parte de los acontecimientos los consigna Ramón Menéndez Pidal en La España del Cid; yo los he novelado y he jugado con ellos, como he jugado con muchas fechas, nombres y parentescos. Esperemos que los malos de esta novela no se revuelvan en sus tumbas y me pidan explicaciones’.

Rico, nacido en Madrid en 1976, ha publicado biografías del director de ‘El Mundo’, Pedro J. Ramírez, y de los escritores Francisco Umbral y Alberto Vázquez-Figueroa. Ésta es su primera novela. Doctor en Filología Hispánica, profesor en la Escuela de Comunicación de IE Universidad, quiere dedicarse a tiempo pleno al oficio de escribir y dice que le gustaría parecerse a Marco Aurelio, que era emperador, estoico y filósofo.

La novela comienza así:’Toledo, diciembre de 1086. El Tajo fluía sosegado alrededor de Toledo. Era un día frío, de invierno, pero el cielo estaba despejado y el sol brillaba ahuyentando la helada. Muy cerca de la ciudad, en el Campo de las Batallas, iba a tener lugar un acto trascendental para el futuro de los reyes cristianos’.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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