El historiador y novelista coruñés charla con Periodista Digital sobre la dinastía política más poderosa de la historia de España

Juan Granados: «Juan de Borbón coqueteó con todo el espectro político, incluso el fascismo»

Historiador y novelista, Juan Granados (La Coruña, 1961) comenzó su andadura en la novela histórica en 2003 con Sartine y el caballero del punto fijo. En 2006 cosechó un enorme éxito de la mano de El Gran Capitán y este año lanzó Sartine y la guerra de los guaraníes. Ahora visita la redacción de Periodista Digital para presentar su último trabajo, Breve historia de los Borbones españoles, de la editorial Nowtilus.

P: Aunque cada Borbón es un personaje único, sí que encontramos en ellos algunas características que comparte la dinastía más poderosa en la historia de España. Me refiero a ese carácter entre libertino y afable, aficionados a la buena vida y el trato campechano, que tanto rédito les ha dado en su contacto con el español de a pie. Cuéntenos un poco sobre eso.

R: Realmente esto es casi un rasgo genético, ya desde los primeros franceses. Por ejemplo, Enrique IV era capaz de bajarse de la carroza y charlar con el pueblo y preguntarles si habían matado bien la gallina para el puchero y esas cosas. Esto es un leitmotiv casi en la dinastía borbónica. Todos sabemos la campechanidad clásica, no solo de Juan Carlos I, sino de muchos de sus antecesores como Isabel II que era absolutamente socarrona.

Se subía a un bandó de caballos y lo conducía ella sola para ir a tomarse una copa con los amigos. Alfonso XII, que fue un buen rey que se dedicó a gobernar bajo la batuta de Cánovas del Castillo, vivió una vida muy consumida, trabajaba mucho de día y salía todas las noches. Él decía que había agotado su vida, murió muy joven, como quien agota el cabo de una vela. A veces, el hombre no volvía muy religioso a casa y buscaba a alguien que le pudiera indicar el camino al Palacio de Oriente.

Una vez llegando con el sereno a la puerta del Palacio le dijo: «Bueno para lo que quiera, aquí estoy, Alfonso XII en el Palacio de Oriente.» El sereno que no se lo creía le contestó: «Y yo soy Pío Nono del Vaticano.» Es una anécdota muy conocida. Igual era Fernando VII por ejemplo, la campechanidad es un rasgo casi vital en los Borbones.

P: Otro elemento en común: la caza. En eso hasta el mismísimo Franco es Borbón.

R: Sí, una de las características de los sitios reales del famoso círculo borbónico (como el Escorial, la Granja, el Palacio Real de Madrid) es que eran siempre en torno al ciclo de la caza. Esto venía desde los primeros Borbones, desde Felipe V, pero tal vez el más conocido en este aspecto era Carlos III, que era básicamente un cazador que ejercía de rey a tiempo parcial. Él estaba obsesionado con la idea de contraer el mal de la melancolía que habían sufrido Felipe V y Fernando VI, su hermanastro.

Decía que la única manera de evitar esa locura congénita de los Borbones era estar muy ocupado. Lloviese, hiciese calor o frío salía a cazar todos los días. Era un verdadero depredador, sólo en El Escorial cazó 818 lobos en un año. Esto es una cosa inaudita que hoy sería imposible, sería políticamente incorrecto. Él lo hacía de una manera terapéutica, decía que se aburría mucho cazando pero que lo hacía porque estaba con la mente ocupada y así no se volvía loco.

P: ¿Seguirá Felipe con esa tradición?

R: Difícilmente porque desde el episodio de Juan Carlos con el oso domesticado Mitrofán que le pusieron en Rusia para que lo cazara, la caza real no goza de buena prensa.

P: Su reinado favorito es el de Fernando VI porque es contemporáneo a su ‘alter ego’ Sartine, el intendente del rey y protagonista de dos de sus novelas.

R: Es un reinado que siempre se ha considerado de transición cuando en realidad, para mí, sienta las bases de la Ilustración en España y la creación de un verdadero tejido industrial y productivo. Y eso es en función, no solo de que Fernando VI dejaba hacer, sino porque se juntaron una serie de ministros irrebatibles en la historia de España.

Fue la última época de Patiño y Campillo y, sobre todo, el Marqués de la Ensenada que fue un tipo realmente interesante en el sentido de fomentar incluso el espionaje industrial, que es en lo que se basa mi primer Sartine, en la historia increíble de Jorge Juan birlándole a los mejores constructores de barcos a Inglaterra. Y como eso, tantas otras cosas.

Por tanto, es un reinado que hoy en día se empieza a reivindicar, sobre todo, por la labor de un profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de La Rioja, José Luis Gómez Urdáñez, que precisamente prologa el libro y con el que estoy muy de acuerdo. Es reivindicar un reinado muy interesante y por el que siempre se ha pasado por él como por ascuas.

P: Quería preguntarle por Isabel II, por esos últimos 30 años de exilio y si usted cree que en ese momento tan convulso para el país se echó en falta una figura distinta a esa mujer que también sabía llegar a la gente pero que quizá no estuvo a la altura de las circunstancias.

R: La vida de Isabel II es un drama. Fue una mujer, como todos lo somos, víctima de los acontecimientos. Llegó a la mayoría de edad huérfana, en una España muy convulsa y muy mal orientada en el entorno educativo. Le pusieron como preceptor a Ventosa, un tipo roussoniano, idealista, que afirmaba que el conocimiento se podía atender de forma dispersa, desordenada, sin ningún tipo de rutina ni disciplina. Claro, eso para una persona muy inquieta igual puede funcionar. Si tienes un discípulo excelente es una forma de enseñar excelente.

El problema es cuando no es una persona excelente en el sentido académico. Esta mujer no llego a aprender francés ni después de 30 años viviendo en Francia. Tenía otras virtudes pero, desde luego, no la del estudio. Tenía una formación muy limitada y era una marioneta. Si me preguntas si un rey con mejor formación hubiera reconducido el sistema, desde luego que sí.

El tejido de la partitocracia en España estaba perfectamente hecho, como luego mostró Cánovas tras el desastre de la I República y, por lo tanto, el país hubiera seguido una línea de un liberalismo censatario, donde votasen los burgueses para ir evolucionando hasta un liberalismo democrático de la forma natural en que pasaban las cosas en Europa. Era el mundo del privilegio que ha arrasado el país desde siempre, que por ciertos derechos de difícil justificación unos pagan más impuestos que otros, unos tienen una respuesta frente al estado diferente, en fin, cosas que vivimos todos los días. Eso es un lastre para un país moderno, un hombre, un voto, aquí no existe.

P: ¿Es achacable el desastre carlista a la dinastía borbónica?

R: Desde luego porque el fundador fue el hermano pequeño de Fernando VII, molesto con que heredase el trono una mujer. Aparte de que, curiosamente, ideológicamente Isabel II estaba más influida por liberales y Don Carlos era un desastre que vivía entre curas, nigromantes y gente de lo más oscuro que ha tenido el país. Sintetizan la falta de búsqueda del progreso.

P: Háblenos de las relaciones entre Alfonso XIII y Primo de Rivera. ¿Se equivocó el primero en echarse en los brazos del segundo?

R: Se equivocó porque entró dentro de una especie de régimen prefascista que lo divorció absolutamente con el pueblo español. Es verdad que la época de Primo de Rivera supuso una reordenación del sistema económico, la generación de una red de carreteras, o incluso se crearon los primeros pantanos de entidad para surtir a la población de energía eléctrica, pero la gente había pasado por muchas cosas como para permitir no tener representatividad política.

Al final, se sabe que Primo de Rivera contaba cada vez con menos gente, al final gobernaba prácticamente solo con el Rey que estaba por allí. Eso no se le perdonó al Rey. Eso explica que unas simples elecciones municipales acabaran con su reinado. Él era muy consciente de que se había equivocado y que su periodo había pasado.

P: ¿Coqueteó Juan de Borbón con el fascismo?

R: Juan de Borbón coqueteó absolutamente con todo, porque era un fenómeno. Que yo recuerde, Juan de Borbón suscribió, naturalmente como hijo de su clase y de su tiempo, la Guerra Civil desde el bando nacional. Incluso intentó luchar con las tropas de Franco, lo que pasa que en cuanto le vio la Guardia Civil vestido con un mono y una gorra roja carlista curiosamente le dijeron que se fuera, que no ayudara más. Entonces lo mandaron de nuevo a Roma con su padre.

A partir de ahí siempre tuvo una especie de resentimiento hacia Franco porque él consideraba que Franco tenía que haber ganado la guerra e inmediatamente traspasarle el poder y generar una monarquía. No sabemos si constitucional o una monarquía del Antiguo Régimen, porque coqueteó con el carlismo. Luego cuando vio que Franco por ahí no tragaba dio un giro y se volvió un monarca liberal y empezó a escribir artículos en Nueva York a favor de las democracias liberales y convertirse en un rey al estilo de los reyes ingleses.

Como eso tampoco surtió efecto volvió a suscribir los principios del movimiento nacionalista. Pasó tranquilamente por todo el espectro político. Él lo que hacía era ‘borbonear’, es decir, procurar pegarse al poder y afirmar una cosa y la contraria si era necesario. Esta era la política de Juan de Borbón que era absolutamente errática en ese sentido.

P: ¿Cómo definiría la relación entre Juan de Borbón y Franco?

R: Franco fue el árbitro de la situación y jugaba con Don Juan como con un niño chico. Le llevaba para aquí y para allá. En la célebre entrevista del Azor con Franco, Don Juan creía que por fin iba a ser tratado como merecía, pero lo único que Franco le pidió fue que le dejara a su hijo Juan Carlos para educarlo dentro de los principios del Movimiento Nacional y hacerlo heredero del régimen. No lo quería para nada más.

Don Juan dijo que más valía eso que no tener nada, porque como buen Borbón era realista, pero luego considero aquella entrevista como «una cabronada». Se había humillado ante Franco, pero al menos si él no podía estar en casa podía estar su hijo y habría continuidad para la dinastía. Don Juan nunca influyó sobre Franco, él lo manejaba como quería, lo tenía como un pobre hombre al que utilizar cuando quería, no le tenía ningún respeto.

P: ¿Qué fue necesario para que Franco accediera a que hubiera una restauración borbónica de la mano de ‘Don Juanito’, como se llamaba a Juan Carlos?

R: En realidad lo que Franco había previsto era un rey, pero conforme a los principios de las leyes del Movimiento Nacional. Estaba pensando más que en un rey, en un jefe de Estado, como él había sido. Calculaba que educando al hijo de Juan, con un bachillerato muy castrense, y le convertiría en un hombre del régimen que le daría continuidad a los famosos 40 años de paz.

Todos sabemos que esto no fue así, que Juan Carlos tenía ideas propias y que fue bien aconsejado por determinados personajes, fundamentalmente por Torcuato Fernández-Miranda que fue el padre de todo aquello y más tarde por Adolfo Suárez. Pero Franco no pretendía hacer una restauración borbónica, sino una instauración de una nueva dinastía franquista. Esto es lo curioso del caso.

P: … Y Juan Carlos tuvo que tragar con eso

R: Bueno, yo creo que Juan Carlos es un pragmático. No sabemos en qué momento de su vida iba a hacer lo que hizo. Él llegó en el año 75 a jurar las leyes del Movimiento Nacional con la clara idea de saltar filas en cuanto pudiese.

¿En qué momento de su vida comenzó a pensar en eso? Nadie lo sabe, más que él mismo. En el bachillerato tuvo amistades que le hicieron fraguar en su mente que España tenía que ser un país moderno, que ya estaba bien de caspas.

Autor

Marian García Álvarez

Redactora experta en televisión de Periodista Digital entre 2013 y 2016.

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