Ernesto Villar / 'Todos quieren matar a Carrero'

«Hay ciertos paralelismos en los entresijos del atentado a Carrero con el chivatazo del Bar Faisán»

Ernesto Villar, autor de «Todos quieren matar a Carrero», desvela los entresijos del atentado que acabó con la vida del presidente del Gobierno en tiempos de Franco a manos de ETA. Pese a tener todos los indicios del magnicidio que la banda iba a perpetrar, o bien no se tomaron las medidas necesarias o hubo intereses para que los criminales tuviesen todas las facilidades para cometer el brutal atentado.

Y es que el libro está salpicado de hechos que hablan bien a las claras sobre la teórica dejadez de quienes tenían que proteger la vida del almirante y presidente del Gobierno, quizá también porque era un hombre incómodo, un estorbo para los franquistas y los no franquistas. Las más de 20 pistas que podían haber desmontado la operación etarra son desdeñadas (o tal vez no, pero sí que se hizo la vista gorda) y al final, delante incluso de los mismos ojos de la CIA, ya que a muy pocos metros estaba la embajada de los Estados Unidos, se procede a cometer el magnicidio.

Contextualizando este hecho, y sobre todo como se le ordena a unos guardias civiles que aborten la operación de entrar en un piso donde se sospechaba que había etarras, no se puede por menos que pensar en el caso del chivatazo del Bar Faisán. El propio autor así lo confirma:

Salvando las distancias, podemos hablar de ciertas similitudes entre lo que pasó en el piso que tenían los etarras en Campamento donde, cuando se podía haber comprobado in situ toda la operación que estaban preparando, se ordena que no se entre en la vivienda, con lo acaecido en el caso del chivatazo del Bar Faisán. Pensemos que ese piso, que es el centro de operaciones, la zona cero por así decirlo, de los etarras está en el barrio de Campamento, que es una zona obrera, que se supone muy vigilada. Esto lo cuentan los etarra en su libro ‘Operación Ogro’, que los vecinos de la zona los llamaban los de ETA.

Hay un guardia civil que vive en la zona y que empieza a sospechar algo. Los ve todos los días en el bar jugando la partidita, hablando entre ellos en vasco. De hecho, llega a preguntarle al camarero y éste le responde que son estudiantes, pero que le parece un poco raro. Lo curioso es que con estos primeros indicios, Aguado, coronel de la Guardia Civil, monta una operación, una de tantas, porque siempre que no se demostrase lo contrario, todos los jóvenes eran sospechosos de algo. Imaginemos en ese momento las sospechas que pueden levantar unos jóvenes estudiantes que, pese a decir que son universitarios, viven tan alejados de la Ciudad Universitaria, además con unos hábitos de conducta un tanto extraño.

Y entonces, cuando todo está preparado, se produce la incomprensible contraorden:

Pues bien, este mando de la Guardia Civil, el coronel Aguado, ordena entrar en el piso, y justo cuando se va a acceder a la vivienda recibe una llamada que le ordena que aborte la operación. Él, tiempo después, reconoce haber recibido esa llamada, pero no dice quién fue, aunque se entiende que tuvo que ser alguien de la superioridad, de muy arriba, aunque desde luego no hay no orden escrita ni nada. Sólo con haber entrado, los efectivos de la Guardia Civil se hubiesen encontrado con huellas a diestro y siniestro. Sólo en un bote, había 35 huellas del etarra Zíbor, había planos, palas, pelucas, todo tipo de pruebas que los hubiese delatado.

Y añade un detalle vital:

Pero incluso hay otro detalle más importante, y es que había micrófonos dentro de la casa, que podían ser de la CIA, de los servicios secretos. Lo cierto es que no se sabe a ciencia cierta si se les estaba vigilando, si se esperaba el momento oportuno para detenerlos. Ahí lo expongo y el lector debe sacar sus conclusiones.

 

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído