Entrevista PD / Paloma Sánchez-Garnica, autora de 'Las tres heridas'

«Es muy difícil meterse en la piel de personas a las que la Guerra Civil les cambió todo»

"Miguel Hernández era el reflejo de lo que yo quería contar en la novela"

Las Tres Heridas’ (Ed. Planeta), escrito por la madrileña, Paloma Sánchez-Garnica; está basado en el conocido poema de Miguel Hernández ‘Llegó con tres heridas’ -en el que el poeta alude a las heridas del amor, de la muerte, y de la vida- describe, con gran realismo, la guerra civil española a través de dos familias de diferente nivel social para mostrar el absurdo de una guerra, sus profundas injusticias y cómo es capaz de torcer, de un modo irreparable, las vidas de víctimas inocentes. Al mismo tiempo, la novela también muestra la otra cara que se da en cualquier situación extrema: el heroísmo, la generosidad, las amistades incondicionales y los amores indestructibles que, como un milagro, conviven con tanto dolor.

La narración alterna dos momentos distintos en el tiempo: los capítulos en los que se desarrolla la guerra y otros, situados en la época actual, en los que el escritor Ernesto Santamaría va relatando, en primera persona, cómo consigue ir tirando del hilo hasta reconstruir la historia completa. Con estos recursos, la autora reconstruye con una fidelidad extraordinaria el Madrid caótico de julio del 36 y los sentimientos de desorientación y de miedo que provocó, para muchos de sus habitantes, el imprevisto estallido de la guerra. —Una novela de amores, injusticias y ausencias en la Guerra Civil

Una obra cuya autora asegura que se basa en las personas:

«Se trata de personas, de lo que sintieron cuando se les echó encima la guerra civil, el comienzo de la guerra civil, como eran en el momento, en el arranque, el 19 de julio que es cuando realmente cayó los primeros efectos de la guerra civil sobre la población, como eran esos personajes y en lo que les convierte la guerra.»

Otro elemento que llama la atención es el juego de contraposiciones que, como un esquema oculto, contribuye a dar una mayor brillantez a la historia. Nos referimos, por ejemplo, al hecho de que el relato vaya alternando no solo pasado y presente, sino invierno –el escritor se muere de frío durante sus incursiones por Móstoles en busca de pistas- y verano –la mayor parte de la guerra se describe bajo el signo de un calor sofocante-. Este juego de contrarios subraya las diferencias de esos dos mundos tan distintos a los que nos referíamos antes.

Este juego de contraposiciones no es el único de la novela, sino que se aprecia casi continuamente a lo largo de toda la narración. Así, encontramos el mundo femenino de las dos protagonistas principales frente al mundo fuertemente masculino que las rodea; el universo de las derechas frentes al de las izquierdas; el relato del tiempo presente frente al pretérito; el mundo real y el de la imaginación; el de la generosidad y la barbarie…

Tras ‘El alma de las piedras’, Paloma Sánchez-Garnica (Madrid,1962) nos sorprende con ‘Las tres heridas’, en la que Ernesto Santamaría, un joven viudo que lleva una vida solitaria, ha decidido dejar su carrera como docente para dedicarse a escribir, sin demasiado éxito hasta el momento. En su búsqueda de una gran historia que le haga conseguir el triunfo anhelado, encuentra en El Rastro madrileño, por casualidad, una caja de latón que contiene la foto de una pareja posando delante de la Fuente de los Peces, de Móstoles, fechada el 19 de julio de 1936, con dos nombres escritos en el dorso: Mercedes y Andrés. La antigua caja de caramelos también contiene unas sencillas cartas de amor. Atraído por este exiguo pero sugerente contenido, se plantea la difícil tarea de investigar sobre el destino de la pareja desconocida.

El relato da un salto en el tiempo para contar cómo Mercedes espera noticias sobre el paradero de su marido, Andrés Abad, a quien se llevaron, junto con su hermano Clemente, en una camioneta con rumbo desconocido mientras trabajaba en el campo, a poco de comenzar la guerra. Se da la circunstancia, además, de que Mercedes está embarazada de un primer hijo al que ambos esperan con mucha ilusión. Este hecho desgraciado trae un problema añadido. Con la desaparición forzosa de Andrés, Mercedes corre el peligro de ser el blanco de la venganza de Merino, un antiguo pretendiente a quien ella había rechazado. Don Honorio Torrejón, el médico del pueblo, cuya familia mantiene una larga y fraternal amistad con la de Mercedes, trata de buscar una solución rápida.

Teresa, por su parte, vive en Madrid, en una posición privilegiada. Su padre, Eusebio Cifuentes, es tocólogo en el hospital de La Princesa. Posee una inmensa fortuna que, en realidad, debe a su esposa, Brígida Martín, una mujer déspota y poco inteligente. Al igual que Mercedes, Teresa también espera con ansiedad noticias de un ser querido; en su caso, es su hermano Mario quien desapareció, el mismo día del estallido de la guerra, cuando se dirigía a El Pardo con unos amigos. Para averiguar su paradero, Teresa pide ayuda a su novio Arturo, un estudiante de Derecho deseoso de convertirse en escritor que milita en las filas socialistas y que se mueve con facilidad en ciertas esferas poseedoras de información. Los padres y los hermanos de Teresa se oponen drásticamente a esa relación, pero ella se revela con todas sus fuerzas ante esta intransigencia manifiesta.

Gracias a los contactos de Arturo, logran averiguar que Mario está detenido en la cárcel Modelo sin ninguna justificación. Allí él conoce a una joven miliciana quien, arriesgando su propia vida, le ayuda a escapar bajo una identidad falsa. En la huída, Mario resulta herido en las inmediaciones de Móstoles y salvado de una muerte segura por un familiar de Mercedes. Esta circunstancia propiciará que la vida de Mercedes y la de Teresa, sin conexión alguna, se vayan acercando hasta fundirlas en una historia común cuyos ecos tendrán repercusiones insospechadas y perdurarán incluso más allá de la muerte.

Ernesto Santamaría, a medida que avanza en su investigación, va uniendo las piezas del puzzle que cuenta esta historia fascinante. Esta llega a obsesionarle hasta el punto de no distinguir a veces la línea que separa realidad de ficción. Pero su implicación en la historia de Mercedes y Teresa irá aún más allá, al ser él mismo quien finalmente cierre el círculo de la historia, participando en la revelación de un secreto largos años esperado.

Una novela que nos ofrece:

UN INGREDIENTE INTERESANTE: LOS ASPECTOS PSICOLÓGICOS

No menos interesante resulta la capacidad que tiene la autora para entender, y asumir, el mundo masculino. Una muestra es la elección, como uno de los personajes principales, de un hombre –el escritor Ernesto Santamaría- como protagonista, en lugar de elegir una mujer, con cuya identificación le hubiese resultado más sencilla. Pero Paloma Sánchez- Garnica sale airosa de la prueba al hacerlo con gran naturalidad, describiendo la solitaria vida de un viudo prematuro y la manera de relacionarse con su entorno más inmediato. Este ejercicio de identificación está también muy logrado cuando la autora se pone, con éxito total, en la piel del comportamiento de los hombres setenta años atrás, como es, por poner un ejemplo, el caso de Mario y la evolución de sus sentimientos hacia la mujer que le salva de una muerte segura. Estos pasan del interés a los celos para terminar, finalmente, en el mayor de los desprecios: la indiferencia.

Finalmente hay que señalar un ingrediente que la autora maneja con la buena mano de los cocineros más expertos: el elemento “mágico”. Cierto es que resulta contradictorio hablar de fantasía cuando se ha estado poniendo el acento en el realismo del relato. Pero justo aquí reside, precisamente, el componente diferenciador de la novela que logra elevarla aún más: la existencia, a medida que avanza el relato, de una línea cada vez más borrosa entre vigilia y sueños, realidad y ficción. Sánchez-Garnica recurre a la feliz idea de manejar esta simbiosis a través de unos personajes perfectamente integrados en la vida cotidiana: una niña “adivina”, unas vecinas que aparecen y desaparecen sin dejar rastro…. Curiosamente, el misterio va rodeando el relato más y más a medida que la historia de la pareja de la foto se va esclareciendo, lo cual no impide su total resolución. Todo un golpe maestro, es la guinda que corona la tarta.

UN EXTRAORDINARIO TRABAJO DE INVESTIGACIÓN

Es necesario poner de relieve el ingente trabajo de investigación histórica que la autora ha llevado a cabo y que comprende desde los grandes hechos hasta los más mínimos detalles. Gracias a ello, la reconstrucción de un tiempo pretérito –qué se comía, cómo circulaban los tranvías, cuál era el ambiente en un refugio antiaéreo, cuáles los gestos cotidianos en una ciudad asediada, cómo se vestía…- resulta un auténtico y fascinante viaje en el tiempo.

El lenguaje es otro aspecto sobre el que la autora ha realizado un minucioso estudio de investigación. Gracias a ello, este se convierte en un elemento que refuerza ese realismo ya mencionado. Rico y muy cuidado, la forma de expresión adquiere un tono popular, retórico, grandilocuente, tosco o elegante según lo requieran las distintas situaciones y personajes. Estas pinceladas cromáticas tan variadas dan como resultado un relato rico en recursos, amable para los lectores por su claridad y de un gran efecto narrativo. En efecto, “Las tres heridas” -y esto es una de sus características más sobresalientes-es una de esas novelas cuyas páginas se devoran con verdadera avidez y cuya lectura se hace casi imposible de interrumpir.

ALGUNOS ASPECTOS RESEÑABLES DE ‘LAS TRES HERIDAS’

Una de las primeras cosas que se aprecian al comenzar la lectura es que no estamos ante una novela partidista. La autora huye de la simplificación de situar a “buenos” y “malos” en un lado o en otro. Todo lo contrario: en “Las tres heridas”, unos y otros conviven, mezclados en ambos bandos; bondad y maldad están juntos pero, eso sí, no revueltos. Así, el lector o lectora se topará con curas tolerantes, socialistas de todo género, apolíticos atrapados en la maraña de la guerra… En cualquier caso, los valores trascienden derechas e izquierdas, algo que rara vez es tan evidente en las novelas de su género. Asimismo es digna de resaltar la fidelidad y la crudeza con las que la autora retrata el universo atrozmente machista de dos generaciones atrás. Y de esto no se “libra” ninguna clase social ni ninguna ideología: por una vez, unos y otros están de acuerdo en la pretendida debilidad de la mujer, en la inutilidad de su acceso a un mayor grado de instrucción y en la convicción, firme como una roca, de que su sitio está en el hogar. Sin entrar en juicios de valor Sánchez-Garnica se limita a describir, con evidente eficacia, situaciones que ponen de relieve esta mentalidad implacable, logrando un efecto de gran dramatismo.

 

 

 

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