Akal edita 'La balada de los miserables'

Todo es susceptible de ser contado en el Madrid de Aníbal Malvar

Todo es susceptible de ser contado en el Madrid de Aníbal Malvar
Portada de 'La balada de los miserables'.

Si supiéramos que vivimos pegados a un testigo mudo, un recopilador imparcial que juzga y recuerda ciertos momentos de nuestras vidas para luego contarlos, haríamos, por norma, cosas bien distintas. Es posible que, ante tal certeza, hasta evitáramos hablar con nosotros mismos por miedo a parecer demasiado frívolos, simples u opacos. —El blog de Akal y Siglo XXI

En La balada de los miserables, los narradores de las vidas ajenas, que no lejanas, tejen un hilo conductor que nos lleva hasta una meta: lo que el personaje nos quiere contar, la historia que lo define. Ah, pero como si Láquesis, la Moira griega, lo estuviese vigilando, el temeroso narrador se moja y desvela, más allá del personaje y para mejor entender, la vida que representa u observa.

No hay secretos para los miserables. Todo es susceptible de ser contado en el Madrid desnudo y gris en el que nos sitúa Aníbal Malvar. Hasta el mismísimo don Dinero tiene ojos que ven y cuentan, como si los protagonistas de esta novela no pudiesen evitar descubrirse, lo que tampoco es de extrañar; hay historias que nacen para ser leídas, como si tuvieran un sino especial -hasta la Aurora es consciente de ello- que las aprisiona hasta que alguien o algo se atreve por fin a contarlas.

La balada nos pone de patitas en las calles de un Madrid que puede ser presente, futuro e incluso algo pasado. Sus barriadas nos suenan; a lo mejor las hemos visto de cerca, pero de seguro que no nos gustaría vivir lo que en ellas se cuece. Y es que algo huele a turbio en esta ciudad que divide, como tantas otras, a perdidos y bien nacidos.

Niños que desaparecen para reaparecer como muertos, como espíritus o como pequeñas moralinas; un policía toxicómano que es un héroe sin serlo, sin quererlo; un gitano callado, tranquilo, que es más parte que juez, pero que cuando juzga lo hace con toda la prudencia y la sabiduría del mundo; mujeres perdidas entre el amor y el dolor, entre la ausencia de lo amado y lo que parece conseguido, pero que en realidad está más perdido aún; un loro que habla y opina con absoluta lucidez, pero que tiene que ser salvado de la idiosincrasia de su ser; buenos y malos cuya complejidad radica en que no son ni tan buenos ni tan malos, simplemente, un poco humanos… o quizá demasiado; y amigos incondicionales, personas buenas que establecen unos lazos que lo pueden todo y que cruzan la historia de los miserables para poner, al final, a cada uno en su lugar.

La historia que nos revela Malvar es un cuento ácido, una narración que con impactos oscuros, dignos de la mejor novela negra, nos enseña un Madrid algo podrido que atrae a los lectores como a moscas que buscan saciarse de humanidad y humor. Sí, humor. Mientras uno lee lo que cuenta la Muda, tan dramática ella como una miserable cualquiera, lo hace sonriendo. Y eso es lo que consigue el autor: nos cuenta una historia trágica con un estilo vivo, ágil e impecable y, por supuesto, cargado de un humor negro, oscuro e hiriente al que, por suerte, no estamos demasiado acostumbrados; nos lleva de la historia de amor al misterio policiaco, no sin antes hacernos ver de pasada, como para que no duela tanto, la esencia de las vidas de todos ellos, los miserables, que nos muestran sus bocas desdentadas a la vuelta de cada esquina. Y es que, para verlos, sólo hay que saber leer.

Queridos «miserables», podría seguir hablando y analizando esta novela durante horas. Es lo que me pide el cuerpo cada vez que saco a relucir esta pequeña joya que tengo entre mis manos -y aquí es donde pido perdón por manifestarme tan abiertamente, saltándome todas las normas y códigos de la ética periodística-. Pero yo sí que no soy juez, y mucho menos parte; ni siquiera una narradora más. Soy sólo una lectora que sueña constantemente con encontrarse al gitano Monge, alias el Tirao, o con O’Hara, el policía que lo tiene todo por no tener nada.

Lectores, abrid bien los ojos cuando sigáis el compás de esta balada. Decidme si, después de leer, sois o no capaces de reprimir las ganas de escribir The End en la pared del vecino o en cualquier pedacito de tierra.

Yo soy débil; en definitiva, otra miserable:

The End

El blog de Akal y Siglo XXI

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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