Entrevista al autor de 'Me hallará la muerte' (Destino)

Juan Manuel de Prada: «Franco era un gran pragmático»

"El dinero envilece y corrompe"

Tras un largo silencio narrativo, Juan Manuel de Prada rubrica en Me hallará la muerte una historia épica con numerosos giros narrativos inesperados que mantienen al lector en vilo de la primera hasta la última página.

Estamos ante una novela bélica, de acción y suspense de sólida estructura psicológica ambientada en dos asombrosos tiempos y espacios literarios: del Madrid más abracadabrante, costumbrista y pillastre a un frente ruso gélido, violento y desgarrador en guerra; de la España que abandona el falangismo belicista para abrazar al amigo americano y a los tecnócratas a los campos de trabajo del gulag.

El lector confiado camina de la mano de un avezado y genial escritor que construye una serie de personajes de inmenso calado psicológico.

Antonio, cual Raskolnikov, se erige protagonista de un relato plagado de secundarios de lujo: desde el fiel e idealista Cifuentes a las distintas mujeres que plagarán la vida de esta novela, que en la estela de las grandes novelas rusas, explora la psicología humana, las pulsiones más profundas que habitan en todos nosotros y de las que, a veces, no podemos escapar.

El amor, el egoísmo, la traición, la pasión y el dolor… Todas estas pulsiones humanas gravitan alrededor de un protagonista en lo que él mismo denomina “un simulacro de vida” y sobre el que entrará en conflicto lo más hondo de nosotros mismos, la lucha por la supervivencia y los principios éticos y morales. Escrita con maestría, paciencia narrativa, profundo conocimiento del tempo literario e impregnada de una emoción contenida que planea sobre toda la novela, Me hallará la muerte certifica el poder narrativo y literario de Juan Manuel de Prada.

¿Cuán cerca puede estar un héroe de ser un villano? ¿Qué separa la epopeya de la farsa? A través de la odisea de un ladronzuelo que se enrola en la División Azul, sobrevive a los padecimientos más extremos y regresa al Madrid turbio y arribista de los cincuenta, Juan Manuel de Prada nos ofrece una historia fascinante, de lectura adictiva, que contrapone el sueño de los ideales a la lucha por la supervivencia Madrid 1942.

Antonio y Carmen, dos jóvenes maleantes, se compinchan para desplumar a ricachones en los alrededores del Parque del Retiro. Tras uno de los golpes, Antonio tiene que poner pies en polvorosa y se alista a la División Azul, el contingente español que intenta ayudar a la Alemania nazi a derribar el muro de la Rusia de Stalin.

Antonio, que se enroló para huir de la justicia, ha ido a parar directo al infierno. Primero, vivirá la carnicería del frente. Después, la degradación, humillación y aniquilación del gulag. En su épica lucha por la supervivencia, Antonio estará acompañado por Gabriel, un idealista falangista con el que guarda un asombroso parecido físico. Madrid 1954. El Semíramis atraca en el puerto de Barcelona con los españoles supervivientes del gulag soviético.

Empieza entonces, en el Madrid peligroso y abracadabrante de los años cincuenta, una aventura de signo bien distinto, en la que Antonio, sirviéndose de una nueva identidad, vivirá una vida de potentado, en las antípodas de la que dejó atrás una década antes, pero que le obligará a la improvisación y a la vigilancia permanente para mantener a raya las sombras del pasado.

Antonio, al que los trapicheos y los bajos fondos no le son indiferentes, se encuentra, sin embargo, que la empresa de transportes de la que toma el mando está metida en negocios muy sucios y que Madrid ha cambiado mucho. La capital es ahora un avispero de arribistas y corruptos, enfundados en trajes de perfecto corte, que no dudan en apretar el gatillo o en ordenar a otros que lo aprieten.

Juan Manuel de Prada desenrolla, con brío imparable, varias madejas de intrigas cada vez más embrolladas, peregrinas y sorprendentes. 

JUEGO DE IDENTIDADES

«Sólo siendo otro hombre habría podido abrazar otra suerte; pero, ¿a quién le está permitido ser otro hombre?» Antonio, el protagonista de Me hallará la muerte, es el perfecto lienzo en blanco: «Su verdadera y más secreta identidad era la ausencia de ser».

Por un lado, es un joven con «una habilidad camaleónica para mimetizarse con los ambientes en los que se desenvuelve». Por otro, confiesa que «su conciencia nunca había estado oprimida por los remordimientos, puesto que tal vez no tuviese conciencia».

Es el superviviente nato y la campaña rusa será su prueba de fuego: «Comprendió, recién llegado a Rusia, que los héroes carecían de otro mérito que no fuera evadirse de su propio yo, cobarde y egoísta, evadirse de su coraza de miedos, para entregarse al frío benefactor, voraz como la misma muerte».

Juan Manuel de Prada juega magistralmente con esas dos piezas que son Antonio y Gabriel, dos hombres de un parecido físico asombroso enrolados en la misma campaña de la muerte por motivos muy distintos.

«Dos hombres de caracteres opuestos e irreconciliables, vinculados fatídicamente por un secreto mecanismo de pesos y contrapesos, de acciones y omisiones, de pecados y penitencias. El anverso y el reverso de una misma moneda, proyectando mutuamente sobre el otro un reflejo invertido, de tal suerte que si uno era cobarde el otro era intrépido, si uno era estólido el otro era resolutivo, si uno carecía de escrúpulos morales el otro los cultivaba hasta la inmolación. Tal vez fuese esa condición antípoda, antes que su parecido físico, lo que los unía más firmemente; tal vez –pensó Antonio- no podrían existir si dejase de existir su complementario, por ley natural o designio divino».

El Madrid de los años cincuenta

«Han logrado que quien no es corrupto se sienta como un fracasado». Antonio toma las riendas de una empresa de transportes que tiene una parte de negocios limpios y otra, sucios. Estos últimos se llevan a cabo en un piso frente al Retiro. A partir de aquí, Me hallará la muerte se convierte en una novela negra y de intriga.

«Antonio, que en su vida anterior se había gobernado por los códigos de maleantes y hampones, jamás hubiese ni siquiera concebido que tales aberraciones o amoralidades existieran, y mucho menos que pudieran revestirse con una fachada de morigeración y respetabilidad; pero empezaba a constatar que los códigos burgueses eran mucho más canallescos y farisaicos que los códigos de maleantes y hampones, que a su lado parecían incluso honorables». 

Corrupción «siempre la hubo», explica uno de los personajes, «pero el corrupto tenía que esconder sus miserias, si no quería que lo señalasen por la calle. Ahora el corrupto se hincha como un pavo real, exhibiendo su dinero y restregando a los demás su prosperidad. Se han convertido en un modelo para la pobre gente, que piensa que si no participa de alguna corruptela no cuenta. Han logrado que quien no es corrupto se sienta como un fracasado».

De la mano de Antonio, conoceremos el Madrid burgués y canalla del Pasapoga, la sala de fiestas «donde se congregaban terratenientes en noche de farra, actores de bigotillo perfilado y talle juncal, jerifaltes del Régimen con el bálano embravecido y coristas estrepitosas de lentejuelas y muslamen que, después de la actuación, se mezclaban con la clientela, arrimándose como miuras, en un clima de quilombo finolis».

O conseguiremos mesa en Villa Romana, «que era a la vez restaurante y pista de baile”, cuya decoración, que «pretendía emular las arquitecturas de Pompeya y Herculano, transmitía una impresión de orden y severidad paganos, que como bien se sabe son una severidad y un orden de pacotilla, dispuestos siempre a disolverse en disipación y orgía».

Juan Manuel de Prada captura a la perfección aquel Madrid de la legendaria tienda de Pertegaz, las corridas de Antoñete y los cines de la Gran Vía, con películas de Rafael Gil, Pablito Calvo o Amparo Rivelles o Aurora Bautista. La ciudad donde rivalizaban el Ritz, que no admitía a gentes de la farándula, y el recién inaugurado Castellana Hilton, donde se hospedaban Charlton Heston, Lana Turner y Gary Cooper. Por dos veces se cruzarán los pasos de Antonio y los de Ava Gardner.

Una de ellas en Nochevieja: «Se armó gran alboroto en la sala, seguido de un silencio eunucoide o pelotillero, porque acababa de entrar Ava Gardner, con ganas de empalmar la resaca del año que fenecía con la borrachera del año entrante, seguida de un séquito de gitanazos de jipío automático, marquesines crápulas, toreros muertos, toreros vivales, albañiles y botones con satiriasis, pandereteros y cunilinguos varios, que formaban su cohorte madrileña».

«Era un Madrid nuevo que trataba de parecerse, un poco lastimosamente, a otras capitales europeas, y que las imitaba sobre todo en su apoteosis de feísmo urbanístico, en su alegría de hormiguero, con clases medias que se disputaban hacendosamente las migajas del festín que se embaulaban los chupópteros del Régimen, que habían logrado convencerlas de que la felicidad se hallaba en hipotecarse de por vida para adquirir un piso en uno de aquellos edificios como colmenas que se empezaban a levantar en los barrios extremos, o en comprar a plazos una lavadora, o en hacer muchas horas extras en la sucursal bancaria o en la oficina del catastro»

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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