Se publica el tercer y polémico tomo de las memorias del exvicepresidente del Gobierno, «Una página difícil de arrancar»

Aznar, Garzón, Solana, Aguirre: nadie se salva de la furia de Alfonso Guerra

"Garzón sabe que digo la verdad y que me he quedado corto"

Veintidós años después de su dimisión como vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra ajusta cuentas en sus memorias con los entonces llamados «renovadores» del PSOE, entre ellos Joaquín Almunia y Javier Solana, a los que acusa de no tener «otro objetivo que auparse dentro del partido».

Guerra les responsabiliza del «derrumbe» del proyecto socialista a finales de los noventa y de su salida del Gobierno, sobre todo al que fuera ministro de Economía desde 1983 a 1995, Carlos Solchaga, del que dice que «presionó fuertemente» al presidente Felipe González para que prescindiera de él.

En su libro Alfonso Guerra. Una página difícil de arrancar -su tercer volumen de memorias, presentado esta semana- el todavía diputado dice que «renovación era depuración» y que pronto comprendió que su salida del Gobierno «no saciaba las ansias de venganza» de los que le «consideraban un obstáculo en su camino».

«Querían más y no podía ser otra cosa que mi marginación de la vida política», escribe el que fuera vicesecretario general del PSOE (1979-1997) y vicepresidente del Gobierno (1982 a 1991).

De aquellos ministros, exministros y dirigentes socialistas que se autodenominaron «renovadores» a finales de los 80 y que pugnaron con los «guerristas» durante años, Guerra dice que eran «los menos convencidos de las ideas del socialismo» y «los que menos afecto sentían por el partido», pero que pretendían «apoderarse de él».

Los «aduladores» de Felipe González

Al grupo formado por el hoy comisario europeo Joaquín Almunia, el economista Carlos Solchaga, José María Maravall (ministro de Educación 1982-1988), el expresidente de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina y el periodista Javier Pradera, les llama los «aduladores» de Felipe González y duda de si eran «más tontos que malvados».

Cuenta que en aquella época eran conocidos como las «viudas de Benarés», porque en esa ciudad india la tradición ordenaba colocar en la pila funeraria a la esposa cuando el marido fallecía y así ella moría con él.

«Los que halagaban a Felipe incitándole a mandar por completo con una política personal en el partido sabían que su posible muerte política supondría la muerte de todos aquellos que vivían colgados de su chaqueta».
Nadie se libra

Del hoy alto representante Javier Solana, Guerra desvela que filtraba en su contra las reuniones del Consejo de Ministros; al expresidente andaluz Manuel Chaves le acusa de «traidor» y de Almunia destaca que «su mejor intervención en la campaña» del año 2000 «fue su dimisión la misma noche electoral».

A Felipe González le dibuja como un político extraordinario al que los renovadores usaron para sus fines y relata las numerosas veces que le engañó para beneficiarlos a ellos.

El síndrome de hybris en la Moncloa

Guerra sostiene que González, igual que luego José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, estuvo afectado por el «síndrome de hybris», que se manifiesta en una «tendencia a no querer oír lo que no resulta grato, despreciando las advertencias de los adversarios y de los colaboradores cercanos».

En un libro con escasos adjetivos calificativos, Guerra dice que el juez Baltasar Garzón, «Narciso», tiene una «pasión incontenible por sí mismo», que «todas sus acciones se dirigen a cimentar unas imágenes que puedan servir a esa pasión egocéntrica» y que «investiga mal causas que merecen ser investigadas», porque lo hace bajo el «principio aborrecible» de que «el fin justifica los medios».

Sugiere Guerra que Garzón aspiró a la «sustitución futura del mismo Felipe» cuando aceptó ir en la lista del PSOE para las elecciones de 1993, que pidió cobrar en dinero negro durante los meses en que dejó la Audiencia Nacional hasta que salió elegido diputado y que vengarse del secretario de Estado Rafael Vera fue lo que le llevó a recuperar el expediente del caso GAL.

A los entonces dirigentes del PP José María Aznar y Francisco Álvarez-Cascos y a los periodistas del «sindicato del crimen» Luis María Ansón -entonces director de ABC- y Pedro J. Ramírez -El Mundo- les atribuye el diseño de una «operación para deponer al presidente del Gobierno mediante cualquier procedimiento que fuese eficaz, sin conceder mayor importancia a la legalidad o licitud del proceso».

De aquella «conspiración», en la que asegura que también participó Garzón, señala que «el golpe de Estado no se llegó a concretar, no sé si por incompetencia o porque no les hizo falta».

Aznar, el más criticado

Entre los políticos del PP, el expresidente del Gobierno José María Aznar es el que sale peor parado en el libro, mientras que el hoy embajador Federico Trillo, el que mejor.

Guerra afirma que Aznar estuvo afectado por una «depresión política» que le paralizó durante los primeros meses de su mandato, que «nunca logró liberarse de un cierto complejo de inferioridad ante Felipe González» y que junto a George Bush y Tony Blair perteneció al «clan de los sátrapas responsables de miles de muertes» y al trío de los «facinerosos de la perversidad».

En las más de 600 páginas de su libro, Guerra menciona también los «delirios de deconstrucción del Estado» de la expresidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre y el «adanismo innovador» del Gobierno de Zapatero.

Culpa a la entonces ministra de Economía Elena Salgado del vuelco que sufrió la política española en las reuniones del 9 y 10 de mayo de 2010 de los ministros de Economía y de jefes de Gobierno de la Unión Europea, por su «desconocimiento profundo de cómo se dirige una reunión de líderes», y advierte de que «es el coste que se debe pagar por una elección con criterios ajenos a la competencia y al conocimiento».

 

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