'CUENTOS PARA LEER EN LA HAMACA'

Fiona y el lobo

Fiona y el lobo
Facebook y las relaciones virtuales.

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Nuestra escritora de cabecera, Julia A. García, nos llevará de la mano a través de un cuento moderno hecho con retazos de cuentos de siempre. Huiremos del lobo feroz con la ayuda de la abuelita y pasearemos con una niña por el país de las maravillas.

Un pueblo de Soria es el escenario de piedra y Facebook el país de la vida electrónica.

La pregunta para hoy es si preferimos piedra o cartón.

FIONA Y EL LOBO

Fiona recibió, como regalo por su trece cumpleaños, el permiso de sus padres para darse de alta en Facebook. Al poco tiempo acaparaba una cantidad de amigos razonable pero las publicaciones de su muro no obtenían tantos «likes» como a ella le habría gustado. Fiona soñaba con provocar un tsunami de éxito con esa foto que se hace viral y te lanza al estrellato. Sólo necesitaba encontrarla y a ello se puso con verdadero afán.

Dos cursos más tarde, acumulaba siete suspensos y sólo ejecutaba movimientos voluntarios para cambiar de pantalla: del móvil al Ipad, de éste al ordenador y vuelta a empezar.

Sus padres consultaron profesores, psicólogos y chamanes varios. Finalmente tomaron una decisión desesperada: depositarían a Fiona en casa de la abuela durante el verano, a ver si exorcizaban el maldito lobo que se la estaba comiendo viva.

Doña María – la abuelita – vivía en un pueblo de Soria donde quedaban ella y un matrimonio rumano con un hijo adolescente. Vlad, que así se llamaba el chico, fue lo primero que vio Fiona al llegar y le pareció tan exótico que lo capturó con el móvil. Acto seguido lo colgó en su muro de Facebook y esperó a ver si pasaba algo, escondida en el corral de las cabras.

Vlad provocó una avalancha de ¡guaus! ¡menudo pivón! y ¡pedazo de tío! en décimas de segundo. Fiona presenció atónita el impacto mediático hasta que sus padres la pillaron «in fraganti» con el móvil de contrabando. Lo último que pudo ver fueron los 198 «likes» y las 62 veces que Vlad había sido compartido. Fiona se despidió de sus padres a grito pelado, haciéndoles responsables de no dejarla asistir al momento más importante de toda su vida. No hubo esperanza para Fiona; la abuela no tenía wifi ni sabía lo que era y un transistor colgado en la pared de la pila de lavar era lo más tecnológico que había en la vieja casa.

La niña se fue a la cama con las gallinas. Sintió temblores en el dedo índice y se deshizo en lágrimas de desesperación. Doña María esperó hasta que la jovencita se quedó dormida y acarició su pelo sobre la almohada húmeda. Rezó para que la madre naturaleza hiciera su trabajo y se fue a dormir.

Fiona se despertó bruscamente y se quedó de piedra cuando vio a su abuela hablando por un teléfono móvil. Su pelo blanco estaba recogido en dos coletas que parecían las orejas de un conejo y todo era tan absurdo que le preguntó lo menos importante: ¿con quién hablaba?

– ¿No te has enterado? – Respondió la abuelita – Tú foto de Facebook ha petado de «likes» y tus amigas andan loqueando. Por cierto han charlado como cotorras mientras desayunábamos juntas en la terraza.

Fiona sintió unos celos insoportables porque sus amigas rara vez hablaban. Como mucho mandaban caritas sonrientes y labios con besos.

– Llegaron temprano – prosiguió Doña María – y como estabas durmiendo se aburrieron y decidieron salir a dar una vuelta.

– ¿Salir? – Fiona estaba indignada – Pero ¡si ellas no salen nunca a ninguna parte!

– Pues ya ves… – dijo la abuelita con retintín – Te dejo que hemos quedado. Cuando terminemos buscaremos un hueco para verte.

Doña María se largó sin pedirle que la acompañara y eso puso frenética a Fiona. Dio vueltas y vueltas y terminó saliendo a la calle sin darse cuenta que iba en camisón y descalza. Estaba rabiosa y decidida a buscarlas cuando notó que sucedía algo muy extraño: el pueblo se iba transformando a medida que ella pasaba por los sitios y los muros de las casas se convirtieron en carteles de cine gigantescos que la dejaban entrar y salir de escenarios de cartón piedra, como en un encantamiento.

Miró a su alrededor y lo que vio era tan hermoso y tan perfecto que estuvo segura de que nada era real. Supuso que se había metido dentro de un juego de ordenador sin darse cuenta y cerró los ojos para olvidar lo que estaba pasando. En ese momento sonó un teléfono que estaba abandonado en el suelo y el sonido le provocó el mismo placer que siente el heroinómano al pincharse después del mono. Acarició la pantalla por un largo tiempo y cuando al fin pulsó responder, resultó que era la abuelita:
– Fiona, tus amigas quieren conocer a Vlad – Dijo tan contenta como un cascabel.

– ¿A Vlad? – Gritó Fiona – ¿Sin mí?

-Tranquila cariño – Respondió la abuelita – Síguenos en Facebook y que no se te olvide poner «me gusta» a mis fotos o me enfado. – Y colgó.

Fiona se conectó a Facebook y allí estaban todas con el muchacho. La abuelita hacía fotografías y las publicaba a un ritmo de locos mientras comían pipas en el parque o se despelotaban de risa en un banco de la plaza.

El estado de la abuelita decía:

«Disfrutando a tope…»

Fiona corrió hacia la plaza haciéndose sangre en los pies, pero cuando llegó no había nadie. Intuyó que sería más rápido encontrarlos en Facebook y efectivamente los localizó enseguida; andaban de picnic en una alameda y compartían fotos sin parar.

Quiso mandarles un mensaje que decía:

«… por favor quedaros quietos un momento para que
me de tiempo a llegar a mí… «

Pero por alguna razón, los mensajes no podían enviarse, a pesar de que había cobertura de sobra. Entonces recordó que no había hecho lo debido y se sintió culpable. Se conectó a Facebook para arreglarlo y clicó «me gusta» en todas y cada una de las preciosas fotos de la abuelita. El último click la iluminó. Entendió al fin lo que le estaba sucediendo: en realidad no existía porque solo era el fantasma de sí misma. Comprenderlo le produjo tantísimo alivio que empezó a flotar, confirmándose así que estaba muerta.

La caminata hacía el cementerio fue la cosa más asombrosa que le sucedió en toda su vida. Los edificios se conectaron a ella por medio de tendones invisibles que le permitían andar sin pegar los pies al suelo. Eran elásticos gigantes que la ayudaban a dar botes enormes, como si la gravedad no tuviera poder sobre su cuerpo. Las calles se transformaron en camas de goma y se lo pasó bomba haciendo cabriolas, dando volteretas, recorriendo plazas de una sola zancada y colgándose de los tejados de las casas como Spiderman.

No tuvo sensación de peligro ni tampoco duda de que había fallecido. Al llegar al camposanto pensó:

-Si soy un cadáver no me necesito ni tampoco al móvil. Debería enterrarnos a los dos.

Trató de cavar su tumba con las manos, hasta que Vlad apareció de improviso y se puso a hacerlo con una pala. Cuando el agujero fue lo bastante profundo, Fiona tiró el teléfono al fondo y se plantó en el borde. Estaba decidida a saltar y descansar para siempre junto al móvil.

Entonces el chico la tomó por la cintura y la besó dulcemente en los labios. Luego lanzó tierra sobre el hueco oscuro, hasta que dejó de escucharse el entretenido tono que sonaba en el Smartphone.

A Fiona no le gustó despertar.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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