Un viaje soñado con Lao tse y su ‘Tao Te ching’

Después de dedicarle una vida, Iñaki Preciado solo habla de silencio

Un viaje soñado con Lao tse y su 'Tao Te ching'
Libros - La ruta del silencio, de Iñaki Preciado

Este libro quiere ser un amplio comentario del editor y traductor de ‘Lao tse. Los libros del Tao. Tao Te ching’ (ver nuestra reseña correspondiente), un muy meritorio trabajo de Iñaki Preciado publicado en esta misma editorial unos meses antes. El autor se ha reservado sus reflexiones personales para este libro ‘sin pretensiones de manual, ni práctico ni teórico, sino una mera y modesta exposición en torno a las enseñanzas de Lao tse, el Anciano Maestro, para compartir con otros buscadores peregrinos del universo mental’. Loable intención. Se la agradecemos.

En la Introducción, Gerardo López Sastre parte de que nuestra vida está llena de incitaciones a hacer esto y lo otro. Multitud de libros reclaman nuestra atención. ¿Por qué deberíamos dedicar un tiempo que siempre nos parece escaso a leer los textos taoístas o un estudio sobre esta antigua filosofía china, como el que ahora nos presenta Iñaki Preciado? Podría argumentarse que tenemos mucho que aprender de los escritos de Confucio y de sus seguidores, porque al fin y al cabo se ha subrayado repetidamente que con su énfasis en la importancia de la educación, en los valores familiares y en una ética del esfuerzo habrían contribuido de una manera muy significativa al crecimiento económico de Singapur, de Taiwan, y de la propia China continental en los últimos años. En muchas cosas el confucianismo sería un modelo a imitar para sociedades que quieran acelerar su progreso o para padres a quienes preocupe la educación de sus hijos. Pero ¿y su contrincante histórico, el taoísmo? Si nuestras sociedades están marcadas por la industrialización y el consumo, ¿qué podríamos asimilar de una filosofía que idealizaba la sencillez de la vida campesina y parecía rechazar la tecnología? ¿Qué podría aportar a personas que viven en grandes ciudades o dependen de las mismas? Pues bien, la respuesta paradójica es que seguramente podemos aprender mucho.

En la versión «clásica» del Tao Te ching (la que nos ha legado la historia, pues la arqueología moderna nos ha permitido recuperar versiones anteriores) se empieza hablando de algo de lo que, como el texto reconoce al mismo tiempo, es muy difícil hablar: el origen misterioso de todas las cosas, algo que sería tanto el poder sustentador de las mismas como el modo en que operan. Una realidad amorfa, que contendría todas las posibilidades, y de la que emanan las cosas sin que al mismo tiempo lleguen a diferenciarse radicalmente de la misma. Algo indeterminado, porque, al fin y al cabo, solo lo que no es ni frío ni caliente podría engendrar lo caliente y lo frío; y así con todos los opuestos. Y en tanto que es algo indeterminado no podrá verse ni percibirse (esto son ya las cosas concretas), con lo cual no resulta extraño que tampoco pueda tener un nombre adecuado.

El nombre tao sería una metáfora, un signo que apunta o indica, que nos habla del carácter dinámico de una realidad misteriosa y originaria, y del camino que el hombre puede recorrer para tomar conciencia de que existe, una empresa a la que solo podemos recurrir con muchas reservas y de forma irónica, con una sonrisa en los labios, la de querer describir con el lenguaje lo que constituye el fundamento y el origen de esa realidad en la que se incluye el mismo lenguaje. Lo mejor es rechazar el saber intelectual (o la menos reconocer sus limitaciones) para apostar en su lugar por un conocimiento inmediato, por una experiencia intuitiva, por algo que «suena» a chamanismo y misticismo. El único camino disponible va a ser lo que llamaríamos una intuición o iluminación mística. No es de extrañar, entonces, que el taoísmo se preocupara del desarrollo de técnicas respiratorias o meditativas que supuestamente ayudarían a alcanzar un estado de quietud o una condición propicia para la obtención de la iluminación. La disposición que debería acompañar a la contemplación del Tao queda expresada en el importante concepto de wu wei, que literalmente significa no-acción, pero que debe entenderse en el sentido de acción sin esfuerzo, realizada de forma natural y completamente espontánea. Esta es la forma de vivir de acuerdo con el Tao; y esto se puede aplicar tanto a la vida de cada persona —y de ahí la preferencia histórica de los taoístas por una vida retirada y dedicada a la contemplación de la naturaleza— como a la vida social, en donde el taoísmo sueña con el retorno a un primitivo estado natural y denunciará con fuerza la artificialidad de las distinciones sociales y de las jerarquías.

Las personas, si aspiran a vivir en armonía deberían imitar la forma de actuación de la naturaleza, con lo que eso significa de hacerse sencillos, espontáneos, y flexibles, e igualmente también humildes como el agua; más que la predominancia de lo femenino se busca un ideal andrógino, la complementariedad de lo masculino y lo femenino, condensa el presentador de la obra. Tanto a nivel individual como a nivel social se busca la pasividad (los gobernantes no deben hacer nada, y ya el pueblo se reformará por sí mismo), hay que plantearse si no debería producirse una verdadera inversión de los valores que rigen nuestra vida.

Y así, buscando algo positivo a lo que atenerse (la crítica radical, con ser importante, no basta), se ofrece esta recomendación: «Observar y conservar la simplicidad original, con un yo menguado y escasos deseos». Esto no es la racionalización del que quiere y no puede. No es una actitud motivada por el resentimiento o la envidia. Es el rechazo de aquel que, después de todo, sabe que algunas cosas sencillamente no valen la pena. Si tuviéramos que buscar algo parecido en el mundo filosófico de la Antigüedad occidental nada mejor que el epicureísmo y su crítica a una vida basada en deseos que no son ni naturales ni realmente necesarios. Y esta reflexión sigue siendo tan necesaria como cuando surgió, pero ahora —en tanto que vivimos en sociedades caracterizadas por el consumo de cosas cuyo mayor sentido es permitir que nos sintamos superiores a los demás— es más urgente, propone López Sastre.

Pero la articulación plena de un pensamiento, dotándolo de precisión y claridad, es incompatible con su poder sugestivo. Lo importante no es, entonces, la literalidad de las palabras, sino su capacidad para sugerirnos cosas que ya por cuenta nuestra podremos precisar, una incitación a que el lector reflexione de forma autónoma y analice su vida de acuerdo con su contexto y situación, y que por muy radical que sea su crítica se resista a la violencia.

Se confía por tanto en el papel de la palabra. En ese anhelo, ¿no es el taoísmo nuestro contemporáneo? ¿No podríamos compararlo con Heidegger?: «Todo habla de la renuncia en lo mismo. La renuncia no quita. La renuncia da. Da la fuerza inagotable de lo sencillo». Esto podía perfectamente haber aparecido escrito en el Tao Te ching, porque esta es su enseñanza, tan actual como cuando se elaboró la obra: alcanzar una renuncia que no se viva como pérdida; una sencillez de vida que al mismo tiempo sea una ganancia.

Todo ello está muy bien pero a todo ello Iñaqui Preciado apenas aporta más -con ser muy de valorar- que su experiencia de una vida intentando comprender y aplicar este mensaje, una vía a la altura de las más excelsas propuestas espirituales y filosóficas aparecidas en el seno de la humanidad.

Este libro, este extenso, sinuoso, críptico y poético comentario de Preciado a su traducción anterior, prometía vislumbrar salidas y solo aumenta la confusión del buscador ante una propuesta -la del Tao- impenetrable. Termina Preciado escribiendo: ‘No hay delante ni detrás./No hay antes ni después,/ silencio del silencio del silencio del silencio del….’.

Citemos al Tao, esa misteriosa propuesta, proveniente de la noche de los tiempos, que al final ni tiene autor cierto ni texto definido ni siquiera -quizás- sea una propuesta:

‘Alcanzar la Vacuidad es el principio supremo,
conservar la quietud procura seguridad;
los infinitos seres se desarrollan profusamente,
y yo contemplo su (incesante) retornar.
Innumerable es la variedad de los seres, mas todos retornan a su raíz.
Eso se llama quietud. Quietud es retornar a la propia naturaleza.
Retornar a la propia naturaleza es lo permanente;
conocer lo permanente es clarividencia;
si no conoces lo permanente, en tu ciego obrar hallarás la desgracia.
Solo conociendo lo permanente, es posible abarcarlo todo;
solo abarcándolo todo, se puede ser ecuánime;
solo siendo ecuánime, se puede regir el mundo;
solo rigiendo el mundo, se puede alcanzar la unión con el Cielo;
solo unido al Cielo, se puede alcanzar la unión con el Tao;
solo hecho uno con el Tao, se puede perdurar.
Desaparecido el yo, cesa todo sufrimiento’.

La ruta del silencio. Viaje por los libros del Tao
Iñaki Preciado Idoeta
Pliegos de Oriente – Trotta Editorial
ISBN: 978-84-9879-746-6
344 páginas
1ª edición
Fecha de publicación: septiembre 2018
Encuadernado en Rústica
Dimensiones: 145 x 230 mm, peso 450 g
25,00 €.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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