'LA QUINTA COLUMNA. LA GUERRA CLANDESTINA TRAS LAS LÍNEAS REPUBLICANAS' (LA ESFERA DE LOS LIBROS)

Cuando la República española violó el asilo diplomático en plena guerra civil

El SIM republicano asaltó la embajada de Turquía para capturar a dos espías quintacolumnistas que estaban allí refugiados

Cuando la República española violó el asilo diplomático en plena guerra civil

Enero de 1938. La guerra civil española está en pleno apogeo. Madrid sigue en manos del gobierno republicano, pero la conocida como ‘Quinta Columna’ continúa con sus actividades en la capital con el objetivo de suministrar información al bando sublevado y preparando evasiones a zona ‘segura’.

Es el caso de Antonio Rodríguez Aguado, teniente de Intendencia, salud endeble pero espía notable. Tal es así que durante meses la inteligencia republicana puso precio a su cabeza. Fue tanta la pasión por cazarle, que la República acabó asaltando la embajada de Turquía, violando de esta forma el asilo diplomático, para capturarlo.

La de Rodríguez Aguado es una de las apasionantes historias que se cuentan en el libro ‘La Quinta Columna’, escrito por el periodista Alberto Laguna Reyes y Antonio Vargas Márquez y editado por La Esfera de los Libros.

Pero para conocer qué llevo al gobierno republicano y a sus servicios de inteligencia a violar el asilo diplomático, lo que causó al bando republicano más de un dolor de cabeza en la esfera internacional, hay que retroceder al año 1937. Por aquel entonces Rodríguez Aguado y su socio Jiménez de Anta ya estaban fichados por dirigir uno de los grupos de quintacolumnistas más potentes de Madrid.

Una vez descubiertos, con su grupo desarticulado y toda la policía de la capital tras su pista, ambos no tuvieron más remedio que refugiarse en alguna embajada para evitar su arresto.

La elegida fue la de Turquía porque allí había cientos de derechistas que permanecían en calidad de refugiados, que se situaba en la madrileña calle Zurbano.
En el exterior, el SIM republicano se hizo cargo de la operación para detenerles. El gobierno de la República diseñó el asalto para cazar por fin a quienes ya eran considerados como «los representantes de Franco en Madrid«.

No fue facil. El jefe del SIM, Ángel Pedrero, partidario de tirar de la figura del agente infiltrado o confidente, introdujo dentro de la embajada a José María Lezameta, un abogado con pasado derechista que empezó a colaborar con los servicios republicanos a cambio de su libertad.

Lezameta se enteró de que en la embajada turca se escondían dos jefes de la Quinta Columna y con la excusa de visitar a otro conocido también refugiado, empezó a trabar relación con los objetivos.

Gracias a sus informaciones, las fuerzas de seguridad se lanzaron a la caza y captura de Rodríguez Aguado y Jiménez de Anta.

El espionaje de la República acabó asaltando la embajada para efectuar una redada. La excusa utilizada fue haber escuchado un supuesto tiroteo. La operación fue promovida por el mismísimo Indalecio Prieto, en aquel momento Ministro de Guerra.

El informe de Pedrero, jefe del SIM republicano, es una sarta de mentiras. Muchos de los embajadores que aún se encontraban en aquellos trágicos momentos en Madrid protestaron enérgicamente por la violación del asilo diplomático.

La inteligencia republicana tuvo que dar explicaciones ante los corresponsales extranjeros, aunque la teoría del tiroteo resultó poco creíble. Sin embargo, el objetivo estaba hecho: ambos líderes fueron arrestados sin oponer resistencia aunque inicialmente dieron nombres falsos a sus captores.

El asalto a su embajada provocó una queja formal de Turquía, que denunció una violación de su legación en Madrid «sin motivo justificable«.

Rodríguez Aguado y su socio Jiménez de Anta fueron trasladados a Valencia y de ahí a Barcelona, donde sus huesos acabaron dando en la cárcel del Pueblo Español, en la montaña de Montjuic.

En todas las prisiones por las que pasaron tuvieron que soportar unas pésimas condiciones de vida, lo que ayudó a empeorar la salud de Rodríguez Aguado, que padecía de tuberculosis.

Su salud se agravó hasta el punto que solo pudo declarar en su defensa un día y desde la cama porque su estado era muy grave.

El 28 de octubre de 1938, Rodríguez Aguado, uno de los jefes quintacolumnistas más destacados, fallecía en Barcelona. Quedaban solo tres meses para que las tropas de Franco entraran en la Ciudad Condal y se pusiera fin a la guerra civil española.

Jiménez de Anta sobrevivió a la contienda. Mientras era trasladado por las milicias republicanas a la frontera de Francia junto a otros presos, se libraron del pelotón de fusilamiento saltando en marcha del camión que los transportaba.

«La Quinta Columna: La guerra clandestina tras las líneas republicanas 1936-1939», de Alberto Laguna Reyes y Antonio Vargas Márquez (Ed. La Esfera de los Libros), ya la venta

Autor

Roberto Marbán Bermejo

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente cursa el grado de Ciencias Políticas por la UNED, fichó en 2010 por Periodista Digital.

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