LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (XIV)

Los Jemeres Negros de Sudáfrica y el ‘necklace’

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

Los Jemeres Negros de Sudáfrica y el 'necklace'
Un adolescente quemado vivo con el necklace sudafricano. PD

Justo a medianoche, a través de la radio, empezó a sonar la canción.

Suave y triste, la voz de José Alfonso se alzó en la cálida noche peninsular con su Grandola Vila Morena. Era la señal.

Jóvenes oficiales, hartos de los años de juventud desperdiciados en Angola, Mozambique y Guinea portuguesa, cansados del bochorno, las moscas, la muerte, la falta de sentido de todo aquello y conscientes de que estaban atrapados en una guerra imposible, pero que la vieja dictadura no estaba dispuesta a detener, arrestaron a sus comandantes y emprendieron la marcha hacia Lisboa y Oporto.

A la mañana siguiente, el jueves 25 de abril de 1974, miles de personas se concentraron en el centro de la capital portuguesa para ver como el primer ministro Marcello Caetano —que se había refugiado en el cuartel general de la Guardia Nacional— entregaba el poder.

Así terminaban 50 años de dictadura en Portugal, pero también cinco siglos de imperialismo: el primer y ultimo poder colonial de Europa salía por fin de África.

Aunque aquello ocurría a más de 7.000 kilómetros de distancia y en otro continente, la Revolución de los Claveles tuvo una importancia catalizadora para Sudáfrica.

La súbita disolución del Imperio Portugués y la independencia de Mozambique y Angola fue como una subida de adrenalina para los sudafricanos negros, modificó e1 mapa geopolítico del subcontinente, transformo la estrategia de Pretoria y condujo a una nueva formulación de la política de apartheid.

Simultáneamente, marcó el comienzo de la crisis de la revolución afrikáner y el principio del auge de la marea negra.

Los sudafricanos negros se sintieron tremendamente estimulados por lo que consideraban una victoria de los oprimidos en una situación análoga a la suya.

Los desastrados ejércitos de liberación negros habían doblegado por fin a unos blancos, que habían rivalizado con Sudáfrica en su arrogante resistencia al cambio.

El poder colonial más antiguo de África, que había puesto pie en el continente un siglo antes que los afrikáners, se había visto obligado a dejarles paso.

La efectividad de la lucha guerrillera sobre fuerzas militares superiores había quedado demostrada y la fe en el inevitable triunfo del derecho sobre la fuerza se reforzó.

En este contexto no es extraño que en menos de un año comenzara la revuelta en Soweto y se extendiera por toda Sudáfrica.

El uso obligatorio de la lengua afrikáans en las escuelas negras fue el detonante.

Desde junio de 1976, la violencia se extendió por 160 comunidades distintas.

El único blanco fallecido en la asonada de Soweto fue Melville Edelstein, un sociólogo liberal que acababa de publicar un libro titulado Lo que piensan los jóvenes africanos.

Profesaba una gran simpatía al CNA y había advertido en sus escritos que los estudiantes negros estaban furiosos y a punto de explotar volcánicamente.

Edelstein previó lucidamente muchas cosas, pero no la forma en que el volcán terminaría consumiéndole.

En la mañana del 16 de junio estaba efectuando un trabajo de investigación en una clínica de Soweto.

Cuando estalló la turbamulta, la policía advirtió a todos los blancos que debían marcharse, pero Edelstein y su ayudante se quedaron.

El sociólogo no tenia miedo. Sabía en qué lado estaba y se sentía seguro.

Cuando el populacho apareció ante la clínica, Edelstein se asomó a la puerta principal a darle la bienvenida. Era blanco y lo mataron a patadas.

Al ver lo ocurrido, su compañero pensó que había llegado su ultima hora. Se encerró en un diminuto cuartucho, apoyo su espalda en la pared y trató de mantener la puerta bloqueada, apretando con las dos piernas.

La aullante horda se lanzó contra la puerta, pero ésta resistió.

Alguien logró abrir un agujero en el muro, sobre el dintel, y en el instante en que una docena de brazos negros penetraban como los tentáculos de un pulpo por el orificio, se escuchó el run-run de las aspas de un helicóptero.

El hombre se desmayó aliviado. Unos segundos mas y hubiera terminado hecho papilla, como su amigo Edelstein.

Solo en una semana murieron 176 personas y, al cabo de un año, el numero total de defunciones ascendió a mas de 600. Casi todos negros.

El Gobierno tardó más de siete meses en acogotar la revuelta.

Hasta entonces, Sudáfrica había estado protegida de la confrontación directa con las naciones negras del norte por un arco de colonias, gobernadas por blancos, que iba del Atlántico al Índico.

Por vez primera, con la independencia de Mozambique y Angola, Sudáfrica se encontró frente a frente con estados regidos por nacionalistas negros que simpatizaban además con el CNA.

John Vorster, a la sazón primer ministro, intentaba llevar a cabo una política de buena vecindad con los países del África negra más moderados, pero sus ofrecimientos encontraron escaso eco en el nuevo gobierno mozambiqueño de Samora Machel.

Vorster hubiera seguido propugnando la convivencia pacifica con las naciones colindantes, de no haber surgido en Angola una oportunidad de oro para imprimir un giro dramático a la geopolítica de Sudáfrica.

A diferencia de Mozambique, donde solo el FRELIMO de Machel optaba al poder, Angola contaba con tres partidos rivales enzarzados en una lucha sangrienta ante la inminente independencia: el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA).

Al intensificarse la disputa entre los tres, la CIA organizó una operación encubierta para apoyar al FNLA e impedir que el MPLA, considerado como el candidato de la Unión Soviética, ocupara el poder.

África Austral se transformo en el nuevo teatro de la rivalidad planetaria entre las dos superpotencias.

Mediante negociaciones secretas, Sudáfrica fue invitada a intervenir en el sur de Angola apoyando a la UNITA y aumentando así la presión sobre el MPLA, que controlaba ya Luanda, la capital.

Para Sudáfrica, aquélla era una ocasión idónea para congraciarse con Estados Unidos y asentar su influencia en una zona clave.

El 14 de noviembre de 1975 una columna blindada sudafricana identificada con el nombre en clave de «Zulú», se apoderó de Novo-Rotondo, a 275 kilometros de Luanda.

A su mando iba el coronel Koos van Heerden, apodado Rommel por la vertiginosa rapidez de su avance.

En Novo-Rotondo la columna «Zulú» hizo conexión con la columna «Foxbat», que había progresado por la meseta central.

Algunos días más tarde las fuerzas de Pretoria alcanzaron el rio Ciueve, a 200 kilómetros de la capital, mientras una tercera columna, la «X Ray», se apoderaba de Luso, sobre la vía férrea a Benguela.

Paralelamente, al norte de Luanda, las fuerzas del FNLA de Roberto Holden intentaron moverse hacia la capital, pero fueron detenidas en seco por el fuego devastador de las tropas del MPLA, encuadradas por unidades cubanas.

Desde e1 7 de noviembre, un carrusel de aviones soviéticos estaba depositando cantidades ingentes de material sofisticado en e1 aeropuerto de Luanda, como parte de la «Operación Carlota» emprendida por Fidel Castro.

Abrumado por las complicaciones, el Congreso norteamericano se negó a proseguir financiando la operación montada por la CIA, con el beneplácito del presidente Gerald Ford.

Estados Unidos dio marcha atrás, lo que forzó a las tropas de Pretoria a replegarse gradualmente hacia sus bases en Namibia, dejando a los guerrilleros de UNITA y al visceral Jonas Savimbi el peso de la lucha en la selva.

Aunque el abortado raid de las Fuerzas de Defensa se saldo con un fracaso, para Sudáfrica fue la revelación de su abrumadora superioridad militar en la región.

El Departamento de Inteligencia Militar, dependiente del entonces ministro de Defensa, Pieter Botha, repasó concienzudamente los intríngulis de la experiencia angoleña, para elaborar un proyecto destinado a convertir a Sudáfrica en la superpotencia económica y militar regional.

En opinión de Botha, la «Estrategia Total» era la única forma de neutralizar el desplome del arco protector que formaban las antiguas colonias portuguesas y de conjurar la amenaza comunista.

Se trataba de intimidar a los estados negros vecinos con la amenaza de la desestabilización política y el bloqueo económico si ayudaban al CNA, y de recompensarlos con ayudas económicas si cooperaban con Pretoria.

En e1 otoño de 1978 un pringoso escándalo político-financiero ocasionó la caída de John Vorster y condujo a Pieter Botha al cargo de primer ministro.

Asentado firmemente en la cumbre, Botha consideró llegado el momento de plasmar con hechos concretos las sinuosas estrategias concebidas en su despacho.

Fue el comienzo de la militarización del Gobierno sudafricano y de todo el país.

El Ejército multiplicó su tamaño y su influencia. Su presupuesto paso de 60 millones de dólares en 1960 a 3 000 millones de dólares en 1982.

La táctica del Departamento de Inteligencia Militar, consistente en financiar grupos guerrilleros opositores, infiltrar comandos, ejecutar operaciones de castigo y destrozar vías férreas e infraestructuras, dio espléndidos resultados tanto en Mozambique como en Zimbabue, Lesotho y Swazilandia.

En Angola estuvo a punto de irse al traste, aunque finalmente Sudáfrica obtuvo un trato bastante ventajoso: la independencia de Namibia en 1990 a cambio de la retirada de los soldados cubanos y la clausura de las bases de entrenamiento de los guerrilleros de Umk-honto.

Aunque la innovación fue mas evidente en el ámbito de la política exterior, sus consecuencias en lo doméstico no fueron menos importantes.

Si Sudáfrica quería seguir siendo blanca, era imprescindible impulsar un auténtico desarrollo económico, paralelo al engorde militar.

El viejo dicho de Verwoerd, «prefiero una Sudáfrica blanca y pobre, que una rica y multirracial», había perdido validez.

Sin embargo, el crecimiento económico pasaba inevitablemente por la supresión de los frenos ideológicos —principalmente, las barreras raciales— que pesaban sobre el mercado.

Quitar frenos ideológicos implicaba, entre otras cosas, eliminar los empleos reservados para blancos y autorizar a los negros el libre acceso al sector industrial, que precisaba urgentemente mano de obra cualificada.

Esto significaba a su vez capacitar a los negros para sus nuevos trabajos, admitiéndolos en las escuelas técnicas y universidades hasta entonces restringidas exclusivamente para los blancos.

Tras invertir tanto dinero en su educación, no se podía permitir que al cabo de un año los trabajadores negros capacitados regresaran a sus homelands.

No había otra opción que permitir la permanencia de los negros en las ciudades, con todas sus implicaciones.

Como había vaticinado Verwoerd, cuando se empieza a hacer concesiones, una cosa conduce a otra.

Otros cambios más sutiles comenzaron a manifestarse en el seno de la comunidad afrikáner y una conjunción de fuerzas condujo al apartheid hasta un punto critico.

En primer lugar, era obvio para cualquiera que el objetivo central del apartheid —impedir la urbanización negra para subrayar la segregación racial que legitimara la existencia de estructuras políticas separadas— era inalcanzable.

Después de treinta años de poder afrikáner y a medida que aumentaban las dudas sobre la viabilidad del apartheid, el entusiasmo hacia sus fines mesiánicos comenzaba también a desfallecer.

En el caso de Sudáfrica, además, la extensión del capitalismo había ejercido un efecto moral corrosivo, sustituyendo la fe afrikáner por la cultura consumista típica de una burguesía urbana.

Al calor del nuevo desarrollo había surgido una clase de empresarios y tecnócratas que hacían causa común con sus homólogos británicos contra las viejas practicas preindustriales.

También había nacido una nueva elite cultural que reaccionaba contra la estrechez de miras de las generaciones anteriores.

En general, los sudafricanos blancos eran más ricos, más cultos y habían viajado más.

Aunque seguían enarbolando orgullosos su heroica historia, percibían en el fondo de sus corazones que el mundo los consideraba una nación paria y que acarreaban ese estigma, junto con sus pasaportes y su acento, cada vez que se asomaban al exterior.

Los ajustes requeridos para hacer a Sudáfrica una superpotencia militar regional coincidieron con las nuevas necesidades y deseos de un sector sustancial de la comunidad afrikáner.

«Cambio» era la palabra de moda. Haciendo de la necesidad virtud, la Administración Botha derogó algunas leyes consideradas «trasnochadas» —como la prohibición de matrimonios entre blancos y negros o las relaciones sexuales interraciales— y se disfrazó con la piel del reformismo. Ni uno solo de los pilares básicos del apartheid fue desmantelado.

La nueva formulación del apartheid fue plasmada en una Constitución de complejidad bizantina, centrada en un Parlamento tricameral, con cámaras separadas para los blancos, los mestizos y los indios, en el que los votos de los diputados blancos siempre podían imponerse a los depositados por indios y mestizos.

Los negros fueron excluidos expresamente.

Según Botha, se estaba preparando una solución para ellos, que no contemplaba la posibilidad de incluirlos en una cuarta cámara.

Para imperar sobre todo e1 sistema y pensando en si mismo, Botha hizo crear la figura de un presidente ejecutivo con poderes autoritarios, que podía esquivar a los legisladores de múltiples formas, seleccionar el Gabinete a su gusto con miembros de las tres cámaras, convocar elecciones, declarar estados de emergencia y suspender el Parlamento hasta trece meses.

Una cosa es modificar una política, pero reinterpretar la teología es una invitación al cisma.

Eso fue exactamente lo que ocurrió en el seno del Partido Nacional.

El simple hecho de permitir que gente de color entrara en el Parlamento era una apostasía a los ojos de los integristas del norte profundo.

Para el reverendo Andries Treurnicht, líder del Partido Nacional en Transvaal y por tanto su figura mas poderosa después de Botha, la idea era sencillamente inaceptable.

En mayo de 1982, al no poder impedir que el proyecto constitucional siguiera adelante, Treurnicht y otros 14 diputados abandonaron el partido y fundaron el Partido Conservador.

La flamante organización se vio favorecida por el descontento de los obreros y agricultores blancos, postergados a un segundo plano en beneficio de la clase media de tecnócratas, empresarios y jóvenes profesionales urbanos.

Otro estrato social, el compuesto por la legión de funcionarios a sueldo de la procelosa burocracia del apartheid, se sentía amenazado por e1 nuevo giro político y mostró en seguida su apoyo a Treurnicht.

La ansiedad estaba potenciada por el fin del dominio blanco en la vecina Rodesia.

En 1979, tras cinco años de guerra, los rebeldes blancos habían tirado la toalla y cedido el control del país a la mayoría negra.

En febrero de 1980 el ZANU ganó arrolladoramente las elecciones y el siniestro Robert Mugabe se convirtió en primer ministro de Zimbabue, mientras Ian Smith retornaba a su granja.

La personalidad de Botha, su temperamento explosivo y su autoritarismo contribuyeron a rematar el cisma, impidiendo una reconciliación con los apostatas conservadores.

Aprovechando el blindaje que ofrecía la nueva Constitución, Botha se aficionó a puentear al Partido Nacional y a decidir lo fundamental en un círculo cada vez más reducido, lo que empujó a muchos de sus antiguos correligionarios tanto hacia la izquierda como hacia la derecha.

El iluminado Hendrik Verwoerd, como Stalin, Mao, Fidel Castro y otros reputados autócratas, tenía razón.

Las concesiones no alivian la presión e introducen incoherencias en un sistema autoritario, haciendo más difícil mantenerlo en marcha.

Las revoluciones no estallan en tiempos de intensa opresión. Surgen en periodos de reforma y liberalización.

Botha concedió a los negros sudafricanos unos gramos de libertad de expresión, de organización y movimientos, y ellos respondieron en consonancia con la ley de las revoluciones: en cuanto sintieron que les aflojaban las amarras, se le tiraron al cuello.

La reforma política con la que Botha pretendía comprometer a la emergente clase media negra y ganar credibilidad en el mundo provocó la revuelta más grave en la historia de Sudáfrica y hundió la imagen del Gobierno a sus niveles mas bajos.

La nueva Constitución, que para los blancos era una concesión generosa, fue rechazada tanto por los temerosos indios como por los dubitativos mestizos, aunque se suponía que ellos eran los principales beneficiarios.

Los negros, a los que se excluía específicamente, la cuestionaron con denuedo, como un descarnado ejemplo de la cínica política de dividir para gobernar.

Tres leyes elaboradas por el eufemísticamente denominado Ministerio de Cooperación y Desarrollo agravaron su descontento.

La nueva legislación establecía consejos municipales negros para gobernar los asuntos propios de cada municipio.

Las elecciones a los respectivos consejos, celebradas en 1983, fueron masivamente boicoteadas por los electores. Muy pocos lideres respetados se atrevieron a presentarse como candidatos.

El Gobierno pretendía además que los municipios negros fueran autosuficientes económicamente, razón por la cual los consejos debían recaudar sus propios impuestos.

En lugares de tan escaso desarrollo comercial como los townships negros, solo se podía conseguir financiación con medidas tan impopulares como elevar los alquileres de las viviendas.

Mientras los blancos aplaudían las reformas, los negros comenzaron a movilizarse.

En agosto de 1983 se creo el Frente Democrático Unido (UDF) para oponerse a la Constitución y las nuevas medidas.

Aunque al final fueron los muchachos mas  irracionales  los que dominaron totalmente el Frente, tanto en la imagen externa como en la constitución del UDF jugaron un papel determinante clérigos de distintos tonos de piel, como Desmond Tutu o Allan Boesak.

Fe y política han estado tan estrechamente ligadas en la historia del nacionalismo afrikáner como en la lucha de los sudafricanos negros.

Ambos bandos tienen sus respectivos linajes de predicadores políticos y de políticos predicadores. La lista es asombrosa.

En un lado aparecen desde el reverendo S. 1. du Toit a Daniel Malan, pasando por Andries Treurnicht a Carel Boshoff.

En el otro, figuran Albert Luthuli, Desmond Tutu, Allan Boesak o Frank Chikane.

Los primeros elaboraron la religión civil del apartheid, reclamando el derecho divino de la nación afrikáner a su propia existencia separada.

Los segundos formularon una teología negra de la liberación, según la cual la misión de Cristo en la tierra era identificarse con los oprimidos.

El paso hacia esta teología alternativa también comenzó con la matanza de Sharpeville.

El suceso llevó a la convocatoria de un conclave de los miembros sudafricanos del Consejo Mundial de Iglesias, en diciembre de 1960.

De la reunión, denominada Consulta de Cottesloe por el suburbio de Johannesburgo donde se celebró, salió una condena del apartheid como sistema anticristiano, suscrita incluso por los delegados de la Iglesia Holandesa Reformada.

Presionados por Verwoerd, los lideres de la Iglesia Holandesa Reformada no tardaron en retractarse de la decisión de sus delegados, algunos de los cuales, como el reverendo C. F. Beyers Naudé, sufrieron una profunda crisis moral.

Beyers Naudé tenia un historial impecable: era hijo de uno de los seis fundadores de la Broederbond, a la que él mismo había pertenecido. Llevaba el nombre de un general «mártir», Christian Frederick Beyers, a quien su padre había servido como pastor durante el conflicto anglo-bóer.

Beyers Naudé era un hombre brillante y carismático, tan bien situado en el establishment nacionalista afrikáner que incluso se hablaba de él como posible primer ministro.

Era también un hombre de profunda integridad moral y, para él, Cottesloe fue un momento de iluminación, a partir del cual se convirtió en el enemigo mas implacable del apartheid y en un importante contribuyente a la teología de la liberación.

En los años 80, Allan Boesak —para entonces la personalidad más dinámica del nuevo movimiento teológico formó una Alianza de Cristianos Reformados Negros, que repudió el apartheid como un pecado y calificó de herejía su justificación moral y teológica.

La Alianza Mundial de Iglesias Reformadas suscribió la declaración de Boesak en 1982, lo que provocó una airada respuesta de la Iglesia Holandesa Reformada, aunque no su retirada de la organización.

Mas tarde, ese mismo año, la Iglesia Anglicana —que pronto sería encabezada por Desmond Tutu— hizo pública su propia estigmatización del apartheid.

En 1985, en el punto culminante de las revueltas negras, 150 sacerdotes de todas las razas y denominaciones elaboraron el Documento de Kairos, un comentario teológico sobre «la situación de muerte en Sudáfrica».

Kairos es una palabra griega que significa «el momento de la verdad».

La declaración desafiaba el derecho divino que se arrogaba el Estado para mantener la ley y el orden a latigazos y recordaba que Dios instó a su pueblo a resistir la injusticia, fuera cual fuera su origen.

Así, durante los años 80, la guerra civil teológica se hizo patente en las calles de Soweto y en otros municipios negros. Los templos se convirtieron en lugares de encuentro y centros de información y muchos sacerdotes se identificaron profundamente con la causa del CNA.

Durante un año, a partir de su creación en agosto de 1983, los clérigos, profesores, intelectuales, activistas, simpatizantes blancos, periodistas y todos los grupos políticos integrados en el Frente Democrático Unido llevaron a cabo la campaña mas intensa y emotiva de todas las realizadas en su historia por la resistencia anti-apartheid sudafricana. La politización, sobre todo entre los escolares, alcanzo niveles sin precedentes.

El boicot a la Constitución, con la que P. W. Botha pretendía cooptar a indios y mestizos encaramándolos en el barco de la minoría blanca, fue un éxito total, arrebatando la legitimidad al nuevo sistema.

Aunque e1 28 de agosto de 1984 el Gobierno sentó a los diputados del nuevo Parlamento tricameral en sus escaños, la comunidad negra se sentía triunfante. Cinco días más tarde comenzó la revuelta.

Por segunda vez, aunque de forma casual, fue en Sharpeville donde empezó el drama.

Los habitantes del municipio, donde la tasa de paro superaba el 40 %, estaban especialmente descontentos con su consejo, cuyos miembros habían incrementado los alquileres en un 10 % y se habían repartido en monopolio las tiendas de licores, además de autoconcederse créditos blandos a veinte años.

Las tensiones no solo se limitaban a Sharpeville y los municipios del Vaal Triangle.

Afectaban a comunidades en los cuatro puntos cardinales de Sudáfrica.

La práctica totalidad de la ejecutiva nacional del Frente Democrático Unido fue detenida la misma semana en que indios y mestizos debían acudir a las urnas para refrendar la nueva Constitución.

Coincidiendo con la ultima jornada de votaciones, comenzaron los disturbios callejeros.

La gota que colmo el vaso fue la muerte de un héroe local, Reuben Twala, capitán del equipo de fútbol de Bophalong, que fue abatido a balazos el 2 de septiembre.

Según las autoridades, el joven formaba parte de una banda que había intentado saquear una tienda de licores. Sus amigos negaron estos hechos, pero poco importaba ya.

La violencia se desató a la mañana siguiente con el asesinato de varios de los miembros del consejo de Bophalong a manos de grupos de jóvenes «camaradas» del CNA. A partir de entonces, se hizo el caos.

Durante dos días, los jóvenes apedrearon a la policía, quemaron automóviles y arrasaron todos los locales comerciales que encontraban a su paso, mientras los agentes disparaban a mansalva. Murieron a1 menos 30 personas.

La insurrección se extendió por todo el país y duró tres años, causando más de 3.000 muertes, 30.000 detenciones y cuantiosos daños materiales.

El Gobierno movilizó al Ejército y declaró en dos ocasiones el estado de emergencia, pero ni siquiera así consiguió reprimir la revuelta totalmente.

Al principio, la policía patrullaba por las calles de los municipios en sus Hippos blindados y de vez en cuando se aventuraba a hacerlo a pie.

Mientras pasaba uno de estos blindados o se desplegaban los agentes con sus escopetas repetidoras, todo signo de vida desaparecía.

Los revoltosos resurgían tan pronto como se perdía de vista a la policía. El control era breve.

En febrero de 1985 la Policía se dio de bruces por primera vez con bandas callejeras organizadas: los «camaradas».

En Crossroads construyeron enormes barricadas para proteger a los lanzadores de bombas de petróleo de las perdigonadas de los agentes.

En Alexandra cavaron zanjas de varios metros para que los Hippos no pudieran patrullar.

Inicialmente, sus acciones solo estaban dirigidas contra los representantes uniformados del poder blanco, pero poco a poco se extendieron a todos aquellos tildados de colaboracionistas dentro de la comunidad.

Un día de mediados  de  1985 un  camión  de color naranja con tres cajones de madera en la parte de atrás descendía por Thornton Road, una calle de Athlone con un alto porcentaje de musulmanes.

Era un momento álgido de la ola de disturbios raciales y cuando paso el camión, un grupo de chicos comenzó a tirarle piedras creyendo que se trataba de un vehículo oficial.

Eso era justamente lo que las fuerzas de seguridad esperaban. Mientras las cámaras de televisión filmaban la escena, una  decena de policías antidisturbios emergieron de las cajas y abrieron fuego contra los jóvenes.

Tres de los chicos, de 11, 16 y 21 años, murieron. Todos eran musulmanes. Fue lo que se conoció como «la matanza del camión de Troya».

Se implantó la práctica del necklace, que se aplicaba a las personas que violaban los boicots de consumidores, con los que se intentaba presionar a los comerciantes blancos.

El necklace consistía en inmovilizar a alguien, introduciéndole su torso y brazos en un neumático de automóvil, rociarlo abundantemente de gasolina y prenderle fuego.

El espantoso ceremonial solía ir acompañado de golpes, danzas y alaridos de entusiasmo.

Los jóvenes «camaradas» acudían a las paradas de autobús a castigar ferozmente a los desventurados que se habían atrevido a violar los boicots.

Con una vesania solo comparable a la de los jemeres rojos del camboyano Pol Pot, los «jemeres negros» de los townships olfateaban el aliento de los trabajadores y los sospechosos de haber consumido alcohol recibían «Tratamiento Omo», por el nombre del detergente que se les obligaba a engullir hasta que vomitaban.

Afeitaban las cabezas de las mujeres que habían ido a la peluquería, como castigo por intentar parecer burguesas.

Cualquier casa o coche considerado de lujo era destrozado como símbolo del colaboracionismo.

Cada semana se celebraba un funeral por las víctimas de la resistencia. Miles de personas se reunían en un estadio para asistir al ceremonial de rezos, cánticos, bailes y encendidos discursos que podían durar todo el día.

Al final, los «camaradas» sacaban a hombros los ataúdes de los muertos y recorrían las calles del municipio bajo la mirada atenta de la policía.

Cualquier pretexto era bueno para iniciar un nuevo enfrentamiento, que culminaba con nuevas muertes y la convocatoria de un nuevo funeral para la semana siguiente.

Si los «camaradas» estaban deseosos de demostrar su valor, los policías tampoco se paraban en barras y rara vez teman inconveniente en darles una buena ración de palos, balazos y perdigonadas.

Un año después de que se declarase el estado de emergencia, 97 municipios estaban ocupados por el Ejército.

A finales de 1987, la revuelta estaba controlada, pero Sudáfrica parecía metida en un callejón sin salida.

ALFONSO ROJO

 

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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