MEMORIA HISTÓRICA, AMENAZA PARA LA PAZ EN EUROPA

Pedro Carlos González Cuevas: «Pasados utilizables, memorias incompletas y prácticas políticas»

Quien logra articular su narrativa maestra en el campo historiográfico vence en la batalla cultural

Pedro Carlos González Cuevas: "Pasados utilizables, memorias incompletas y prácticas políticas"

El mundo es neutro fuera del hombre, porque fuera de él no existe una conciencia reflexiva en acción.

Por el contrario, en las sociedades humanas nada es neutro; sólo el hombre contiene sentido; y no es hombre más que en la medida que lo hace. Por ello, en la lucha de las ideas no sólo el lenguaje se utiliza como arma política; también los ritos y los símbolos juegan un papel crucial.

De particular relevancia para la causa política resulta contar con mitos, con iconos venerables encarnados en personajes célebres, instituciones, períodos, que la narración histórica suele encuadrar muy por encima de la historia real.

En ese sentido, es preciso tener en cuenta el carácter político del saber histórico.

En sus Cuadernos de la cárcel, el pensador comunista Antonio Gramsci planteó la relación entre el pasado y el presente histórico.

A su entender, “el presente comprende todo el pasado”. En ese sentido, la crítica del presente no significa tan sólo su “discontinuidad” y “revocabilidad”; significa igualmente la necesidad de incluir en la crítica del presente la del pasado.

Sin esta dimensión, la crítica del presente resulta parcial y, por lo tanto, también inadecuada, inactual. Si es verdad que la historia es el presente; es también verdad que el presente es historia. Gramsci señaló también, precisamente, que si el presente es “crítica del pasado, además (por ello) es su propia superación”[1].

A la percepción gramsciana pueden sumarse las meditaciones de Walter Benjamin sobre los denominados “juicios de la Historia”, que, según el pensador alemán, nunca son absolutamente definitivos ni inmutables.

Desde esta perspectiva, el porvenir puede reabrir expedientes históricos supuestamente “cerrados”, “rehabilitar” personajes y tendencias políticas calumniadas; reactualizar esperanzas y aspiraciones vencidas; redescubrir combates olvidados o juzgados “utópicos”, “anacrónicos” y “a contrapelo del progreso”. En ese caso, la apertura del pasado y la apertura del futuro están íntimamente asociados[2]. Los planteamientos benjaminianos están plenamente vigentes en los ámbitos intelectuales de la izquierda radical[3].

En ese sentido, la interpretación del pasado constituye una directa intervención en el presente; el conocimiento del pasado se convierte en un instrumento privilegiado para interrogar al presente y para comprender lo que de novedad éste nos trae; en la narración del pasado se hacen presentes programas de carácter político, social y simbólico. Por ello, en el campo historiográfico resulta de singular importancia la articulación hegemónica de lo que Allan Megill denomina una “narración maestra”, es decir, un relato sintetizador de la trayectoria de una sociedad o una nación. Existen muchas narraciones maestras: “democratización”, “secularización” o “crecimiento económico”[4]. Quien logra articular su narrativa maestra en el campo historiográfico vence en la batalla cultural.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta los cambios que se han producido en lo que el historiador francés François Hartog denomina regímenes de historicidad, es decir, las constataciones de pasado, presente y futuro que han caracterizado al pensamiento histórico occidental en los últimos siglos. El régimen de historicidad actual se caracteriza por el presentismo, frente al pasado, característico de la Antigüedad, y al futuro, característico de la Modernidad. Por ello, la “memoria” ocupa un lugar privilegiado en la nueva forma de percibir el tiempo histórico.

Lo cual es consecuencia de las transformaciones tecnológicas y sociales, y, sobre todo, de la caída del Muro de Berlín. Así, se busca hacer “memoria” de todo; ya no se concibe como la necesidad de retener el pasado para penetrar en futuro, sino que ofrece el presente en sí mismo. A partir de ahí, la “memoria” se convierte en un instrumento del presentismo y permite que se le ubique en el centro de los debates intelectuales y políticos gracias a la cercanía con los estudiosos de lo contemporáneo[5].

A ello hay que añadir, la aportación de la escuela de Ernesto Laclau y Chantal Moffe , que ha sabido teorizar la repolitización de la perspectiva ideológica de las izquierdas, mediante una nueva interpretación de Carl Schmitt y de otros autores. La sociedad está impregnada de contingencia y todo orden es de naturaleza hegemónica. En el dominio político, esto implica la renuncia a la búsqueda de un consenso sin exclusión y a la esperanza de una sociedad perfectamente reconciliada y armónica. Algo que conduce a una clara distinción entre lo político y la política. Lo político ha de entenderse como dimensión ontológica del antagonismo; y por la política las prácticas y las instituciones llamadas a diseñar la organización de la coexistencia humana[6]. A partir de los supuestos del “pluralismo agonístico”, la distinción derecha/izquierda sigue resultando esencial, ya que implica “el reconocimiento de la división social y la legitimación del conflicto”[7].

Surgió igualmente una tendencia política que Jean Bricmont ha denominado “izquierda moral”, que, ante los fracasos del socialismo real y la crisis de la socialdemocracia, abandona los proyectos tradicionales de transformación social, centrando su interés en la reivindicación de las minorías ―homosexuales, LGTBI, emigrantes― y en la memoria histórica antifascista[8]

La “memoria histórica” o “social” o “democrática” se convierte en un arma política de las izquierdas frente a las derechas. Así lo interpretado dos airadas politólogas de izquierdas como Paloma Aguilar y Leigh A. Payne al hacer referencia a la “coexistencia contenciosa” en la sociedad española a raíz del tema de la “memoria histórica” de los vencidos en la guerra civil[9].

Así, en los ámbitos políticos y culturales de la izquierda se inició lo que Elizabeth Jelin ha denominado “lucha por el pasado”, es decir, la construcción de la “memoria social”. No deja de ser significativo, en este libro, que sus argumentos se centren en las víctimas del nazismo y de las dictaduras militares del Cono Sur. El tema de los países del socialismo real y del stalinismo brilla por su ausencia[10]. Y es que estamos aquí, como luego veremos en España, en lo que Tzvetan Todorov denuncia como “los riesgos de una memoria incompleta”[11]. Y es que la “memoria histórica” ―o “social” o “democrática”― tiene como objetivo fundar una identidad o garantizar la supervivencia o las reivindicaciones de grupos sociales y políticos concretos. Se trata de un modo de relación con el pasado de carácter afectivo y, a menudo, doloroso, siempre reivindicativo; lo que implica un culto al recuerdo y a la conmemoración obsesiva de ciertos sucesos. Cuando se funda, como suele ocurrir, sobre un recuerdo de experiencias trágicas, alienta y legitima a los que se sienten víctimas.

La “memoria histórica” es, además, selectiva por naturaleza, ya que tiene como fundamento una selección partidista de los acontecimientos[12]. Por ello, resultan muy significativas la referencia de un historiador de izquierdas como Ricard Vinyes a los “pasados utilizables”[13]. O la de Josep Fontana, a los “presentes recordados”[14]. Y es que, en el fondo, “memoria histórica” e Historia representan dos formas antagónicas de relación con el pasado. La “memoria histórica” se sostiene en la conmemoración, mientras que la búsqueda histórica lo hace mediante el trabajo de investigación. La primera está, por definición, al abrigo de dudas y revisiones; la segunda admite, por principio, la posibilidad de revisión, en la medida en que ambiciona establecer los hechos y situarlos en su contexto para evitar anacronismos. La “memoria” demanda adhesión; la historia distancia[15].

En España, incluso antes de la muerte del general Franco, el campo historiográfico fue colonizado por el marxismo y la izquierda. La simplificadora obra del historiador Manuel Tuñón de Lara y sus acólitos, que ocuparon cátedras universitarias y medios de comunicación influyentes, marcó el contenido de la producción historiográfica durante el período de transición al régimen de partidos hasta bien entrados los años ochenta, y en algunos casos continua. Portavoces de un marxismo mecanicista y determinista, su leitmotiv fue la reivindicación de los vencidos en la guerra civil, el movimiento obrero, la II República y los intelectuales de izquierda[16].

Dada su escasa densidad intelectual, ese marxismo fue progresivamente abandonado por los historiadores. Sin embargo, Tuñón de Lara les proporcionó una narrativa maestra, en la que las izquierdas representaban la “democracia”, la “modernización” y el progreso económico frente a unas derechas identificadas con la reacción y el fascismo. Se había creado el mito de la II República como marco normativo y como proyecto político de futuro.

Invención y reivindicación de la «memoria histórica»

El proceso de transición al régimen de partidos se realizó mediante el recurso a una política de pactos. Las elites políticas reformistas del franquismo pretendieron la progresiva integración de las izquierdas en el nuevo sistema político que se perfilaba. Como en el caso de la Restauración, el dogma fundamental fue la institución monárquica como instrumento de continuidad. La respuesta de la izquierda real, PSOE y PCE, consistió en aprovechar las ventajas que se le ofrecían de legalidad y promesas de influencia social y política. El proceso terminó con una especie de ruptura política pactada, aunque la continuidad social resultó evidente. Entre los pactos no escritos de este proceso, se encontraba la renuncia a la utilización del recuerdo de la II República, la guerra civil y el franquismo en las contiendas políticas. Su fundamento era el discurso de la “reconciliación nacional”.

La Transición produjo, en ese sentido, toda una historiografía triunfalista, cuyo contenido hoy se está poniendo en duda, sobre todo, como veremos, por las izquierdas[17]. No todas las izquierdas estuvieron conformes con esa táctica. El escritor comunista Manuel Vázquez Montalbán se mostraba partidario de una “reeducación democrática generalizada” y por “devolver al pueblo su verdadera memoria” frente al fascismo[18].

El error de la derecha fue creer que el consenso en torno a la no utilización de la guerra civil y del régimen de Franco en la contienda política iba a ser eterno. Y en política, nada lo es; todo depende de los contextos y de los equilibrios políticos y sociales. Mientras la derecha, liderada por Manuel Fraga, careciera de posibilidades de llegar al poder, frente a Felipe González, el consenso, mal que bien, se mantuvo. Y digo mal que bien, porque Fraga representaba, para un sector considerable de la población la imagen del tardofranquismo, mientras que González lo era de la juvenil modernidad. En todo momento, la victoria de la izquierda era segura. Cuando José María Aznar lideró la nueva derecha y puso en peligro la holgada mayoría socialista, su táctica cambió.

No fue José Luis Rodríguez Zapatero, sino Felipe González quien recurrió a la “memoria histórica”, a la hora de presentar demonológicamente al Partido Popular, no ya como un dobermán agresivo y sanguinario, sino como heredero de los generales Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco[19]. Como señaló Santos Juliá, fue pasándose “desde el eslogan de la reconciliación a la denuncia del silencio”[20].

Poco a poco, con ayuda de la izquierda socialista y de la izquierda radical, los movimientos memorialistas fueron desarrollándose en la sociedad civil. Asociaciones como la de Excombatientes y de Ex-Presos y Represaliados, la de las Brigadas Internacionales, Voluntarios por la Libertad, la de Recuperación de la Memoria Histórica, o el Foro de la Memoria, salieron a la luz pública, reivindicando la exhumación de cadáveres, la derogación de la Ley de Amnistía, la nulidad/ilegitimidad de las sentencias dictadas durante el franquismo, y, sobre todo, eliminación del universo simbólico del régimen anterior: Valle de los Caídos, Arco de la Victoria, nombres de calles, títulos nobiliarios, monumentos a Calvo Sotelo, etc[21].

Las politólogas Paloma Aguilar y Leigh A. Payne estiman que el sujeto social de este movimiento eran los “nietos de la guerra civil”: “Rechazan la culpabilidad impuesta a los republicanos por instigar la guerra. Plantan cara al relato derrotista sobre el régimen republicano”[22]. Como señala Escudero Alday, el objetivo fundamental de los movimientos memorialistas es “la construcción de la ciudadanía” mediante la reivindicación histórica del valor de la II República y del recuerdo de aquellos que la defendieron, “un instrumento político de futuro”. Y es que, en el contexto actual, “la República puede convertirse en lo que realmente hay que mirarse y desde el que aprender para avanzar en la construcción de esa democracia real demandada por amplios sectores”[23].

Durante la etapa de gobierno de José María Aznar (1996-2004), los movimientos memorialistas iniciaron una ofensiva no sólo centrada en la historia, sino que se desarrolló en todos los ámbitos culturales, la literatura, el cine y el teatro. Las estanterías de los grandes almacenes y de las librerías se abarrotaron de libros de historia ―o más bien de pseudohistoria― en los que se denunciaba al bando nacional y el régimen de Franco como fautores de un genocidio rigurosamente planificado. Todo ello teñido de un espíritu partisano y de un sentimentalismo difícilmente soportable. Maquis: el puño que golpeó al franquismo, de José Sánchez Cervelló; Trece rosas rojas, de Carlos Fonseca; Los años del terror, de Mirta Núñez Balart; Las fosas del silencio. ¿Hubo un Holocausto español?, de Montse Armengou y Ricard Belisa, etc, etc. Esta ofensiva tuvo su culminación en el libro de Paul Preston, El Holocausto español, no tanto por su calidad historiográfica, a mi juicio nula, sino por su impacto mediático[24]. En estos textos coyunturales, el bando nacional y el régimen de Franco fueron perdiendo sus perfiles concretos para convertirse en una especie de categoría moral, es decir, el Mal Radical. Nació así una nueva moda en el campo historiográfico español: la denuncia del franquismo como sistema político totalitario y genocida. “Reductio ad Hitlerum”, que diría Leo Strauss[25]. Sus herederos, las derechas.

Hacia la institucionalización de la «memoria incompleta»

La culminación de este proceso tuvo lugar bajo la égida de José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo ideario era una confusa amalgama de progresismo acrítico, fundamentalismo democrático, voluntarismo político e ignorancia histórica. Fue la representación española de la “izquierda moral”. Según manifestó en una entrevista, Rodríguez Zapatero se sentía “muy, muy izquierdista[26]. Por lo cual, hizo gala, desde el primer momento, de un persistente afán revisionista no sólo con respecto al desarrollo de la Transición, sino del período histórico que arranca del advenimiento de la II República, del estallido de la guerra civil y del régimen de Franco. En el fondo, todo su período de gobierno (2004-2011) fue un proceso histórico a la derecha española, a la par que de una reafirmación acrítica de la trayectoria histórica del PSOE.

Significativamente, tuvo lugar el 24 de octubre de 2009 en la sede central del PSOE una ceremonia, en la que se devolvió el carnet de militante a Juan Negrín, a Julio Álvarez del Vayo ―hombre de Largo Caballero, admirador de Mao y fundador del grupo terrorista Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico―, Ramón González Peña ―uno de los dirigentes de la revolución de octubre de 1934―, y Ángel Galarza Gago ―amenazó de muerte a Calvo Sotelo en las Cortes de 1936 y fue ministro de la Gobernación cuando se produjeron las matanzas de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz―[27].

El 26 de diciembre de 2007 salió a la luz en el Boletín Oficial del Estado, sancionada con su firma por Juan Carlos I, la Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, más conocida con Ley de Memoria Histórica, donde se identificaba a los demócratas con las izquierdas, incluidos los miembros de las Brigadas Internacionales, y se definía el período franquista como “doloroso período de nuestra historia”[28]. En ese momento, se asistía a la institucionalización de la memoria incompleta, es decir, una narración que descontextualiza el proceso histórico concreto, silencia acontecimientos claves del pasado y margina a los sectores sociales que se sentían amenazados por los procesos sociales de carácter revolucionario[29].

Historiadores de izquierdas, como Ricard Vinyes, demandaron una “memoria de Estado” y una “política pública de la memoria”[30]. Esta demanda no quedó en mera teoría, sino que cristalizó en el denominado Memorial Democrático, instaurado en Cataluña. Ya no se hacía referencia a la “memoria histórica”, sino a una “memoria democrática” identificada con las izquierdas. Para Jordi Guixé y Montserrat Iniesta, era “un instrumento pedagógico de cara al futuro para dotar a la sociedad de un instrumento que difunda los valores éticos de nuestra sociedad”. “Un futuro para el pasado”[31]. Ricard Vinyes definía esta institución como una plataforma a la hora de difundir “el pasado utilizable”, cuyo objetivo era acabar con “el modelo de impunidad y sus consecuencias en la construcción del relato fundacional de nuestra democracia que han mantenido los sucesivos gobiernos desde 1977”. Y es que el régimen de Franco y sus consecuencias eran imperdonables. Por ello, la misión del Memorial Democrático era “convertir la memoria del antifranquismo en uno de nuestros pasados utilizables”[32]. Para Vinyes, los “modelos democráticos” a seguir eran los encarnados en las figuras de militantes comunistas como Clara Zetkin, Dolores Ibárruri o Carlo Feltrinelli[33].

Según un historiador disidente del nacionalismo catalán, Jordi Canal, el denominado Memorial Democrático pretendió imponer “una visión única y maniquea de la historia de Cataluña en el siglo XX”[34].

Y es que mientras se demonizaba al franquismo y, por ende, al conjunto de las derechas, los comunistas se negaban a hacer autocrítica de su trayectoria histórica. Así, en la clausura de su XVIII Congreso de octubre de 2009, su secretario general, José Luis Centella, manifestó su inquebrantable voluntad de defensa de las señas de identidad del comunismo español: “El Partido Comunista reivindica su pasado heroico y no tenemos que avergonzarnos, ni pedir perdón por nada, sino que hay que luchar para que no nos quiten la memoria”[35].

De hecho, no han faltado en las izquierdas apologías no ya de Fidel Castro y Hugo Chávez, sino de Stalin. La editorial El Viejo Topo publicó en 2011 el libro del filósofo comunista Domenico Losurdo, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra, en cuyas páginas interpretaba el régimen comunista como una “dictadura del desarrollo”; negaba la existencia del “holocausto” en Ucrania; y banalizaba el significado del Gulag, atribuyéndole un “estímulo productivista y pedagógico”[36].

El 27 de mayo de 2011 se creó una Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos, con el encargo de preparar un informe sobre las posibles actuaciones respecto al monumento de acuerdo con las disposiciones de la Ley de Memoria Histórica.  Sus conclusiones fueron las esperadas, “resignificación” del monumento y traslado de los restos de Francisco Franco[37].

Igualmente, la izquierda historiográfica sometió a una crítica histórica implacable el proceso de Transición. Entre otros, Josep Fontana no dudó de calificarlo como “sainete” y “leyenda”, criticando la actuación del PSOE y del PCE por haber abandonado sus proyectos de transformación social e integrarse en el régimen monárquico y capitalista[38]. En febrero de 2014, se publicó un manifiesto de intelectuales de izquierda en favor de la instauración de la III República. Los firmantes deseaban, entre otras cosas, poner fin a la “anomalía” de que el Jefe de Estado fuese un “Rey impuesto por el dictador” y nunca sujeto a referéndum ciudadano; lo que se consideraba como “el principal precio que se pagó en el proceso de Transición de la dictadura a la democracia y articularse la reforma pactada bajo la presión ejercida por el Ejército surgido del golpe de Estado de 1936 contra la II República, los poderes económicos y la larga mano de EEUU”. La Monarquía era presentada como una “institución obsoleta”; y la República como “una urgente necesidad de regeneración democrática”[39]. Por su parte, Ángel Viñas señaló que la Transición no había sido un proceso político ejemplar, porque silenció a las víctimas del franquismo. A ese respecto, el irascible historiador relativizaba el papel del monarca a lo largo de aquellos años. Juan Carlos I no hizo otra cosa que “saldar la deuda histórica con la sociedad española y cumplir con su deber”. “Es más —dirá― se vio impelido a ello por la falta de alternativas”[40].

En este proceso, ha tenido mucha importancia el grupo de historiadores organizado en torno a las figuras de Ángel Viñas y Paul Preston, heredero de los planteamientos de Tuñón de Lara. Este sector historiográfico mitifica las figuras emblemáticas de los presidentes de Gobierno socialistas Largo Caballero (1936-1937) y Negrín (1937-1939). Identifica la II República, incluso durante la guerra civil, con la democracia. Y, por supuesto, descalifica sin paliativos al bando nacional y a la figura de Franco. En la obra de Viñas, un historiador muy anticuado cuya metodología recuerda a la propugnada hace un siglo por los positivistas Langlois y Seignobos, se ofrece una visión profundamente maniquea y simplista de los acontecimientos.[41] El bando acaudillado por Franco aparece como un compendio de lo grotesco y lo repugnante. La II República fue un régimen político democrático y reformista; las derechas conspiraron contra él para defender sus intereses materiales; la revolución de octubre de 1934 fue irrelevante; Franco ganó la guerra civil gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini; el régimen surgido de la guerra civil estuvo inspirado en el nacional-socialismo; Franco fue un vulgar asesino, un pésimo militar y un corrupto. De esta interpretación de la historia se deduce la necesidad de una reeducación del pueblo español análoga a la experimentada por el alemán tras las II Guerra Mundial[42].

En cualquier caso, la “memoria histórica” generó, como denuncia el escritor Javier Cercas, toda una industria: “Réditos, marketing, mercado y competitivo: era la transformación de la memoria histórica en la industria de la memoria”. Algo con lo que la izquierda buscaba no solucionar “el problema del pasado, sino mantenerlo vivo durante mucho tiempo y, mientras tanto, poder usarlo contra la derecha”[43].

Silencios, susurros y exhumaciones

Frente a esta ofensiva, la derecha, representada por el Partido Popular, guardó un significativo silencio. Bajo el liderazgo de José María Aznar, se produjo, en el seno de la derecha española, lo que he denominado “el retorno de la tradición liberal-conservadora”[44]. Como luego se vería, esta construcción intelectual cristalizó en una inoperante, contradictoria y meliflua antología de disparates historiográficos. Algo improvisado y sin sustancia. Aznar hizo suya la tesis de Francis Fukuyama sobre el supuesto “fin de la Historia”[45]. En ese discurso, el régimen de Franco aparece como una especie de paréntesis, de anomalía histórica, tras la cual la modernización liberal continuaría su marcha. Se trataba de “un largo período de excepción”[46]. Sin embargo, el ejemplo más tortuoso de esta estrategia fue el intento de Aznar de captar la figura del republicano Manuel Azaña, en cuyo ideario creía ver un deseo de “integración nacional e integración democrática”[47]. Mariano Rajoy, futuro presidente del Gobierno, mencionó igualmente el “patriotismo” de Azaña[48]. Tal intento, a todas luces infructuoso, fue interpretado por representantes de la izquierda cultural, como Jorge Semprún, ministro en varios Gobiernos de Felipe González, como la prueba de que “la ley moral” había quedado monopolizada por los vencidos en la guerra civil[49]. En el mismo sentido, se expresó el socialista Fernando Morán, afirmando que su reivindicación de Azaña suponía una “catarsis” para la derecha española[50]. La FAES, el laboratorio de ideas del Partido Popular, no entró de lleno en el tema de la “memoria histórica”.

Dentro de ese vacío doctrinal e historiográfico, el Partido Popular retornó al poder, con mayoría absoluta, tras las elecciones de noviembre de 2011. Centrado en la resolución de la profunda crisis económica que arrancaba de 2008, Rajoy no derogó la Ley de Memoria Histórica, como había prometido; se limitó a paralizar su financiación. Su labor en ese sentido fue nula. Y es que ni Rajoy ni el PP supieron interpretar la nueva situación social y política, con la emergencia del neocomunismo de Podemos y la ofensiva claramente secesionista del nacionalismo catalán. Como le reprochó un hombre de la FAES, Miguel Ángel Quintanilla, su “liberalismo paradójico” era incapaz de interpretar “la vuelta de Marx y todo tipo de sectarismos, nacionalismos, radicalismos y populismos”[51], que se daba en el resto de Europa.

Mientras tanto, el PSOE, bajo la dirección de Pedro Sánchez, no descansaba. Y en diciembre de 2017 presentó en el Congreso una Proposición de Ley para la Reforma de la Ley de Memoria Histórica, de acusados perfiles represivos y autoritarios. La proposición recogía todas las demandas de los movimientos memorialistas en sus perfiles más radicales. Acusaba al régimen de Franco de crímenes contra la Humanidad y de guerra, incluso de “biolimpieza de inspiración genética”. Propugnaba la creación de una “Comisión de la Verdad”, de una “Comisión Técnica de la Memoria Histórica”, un “Banco Nacional de ADN” y un “Censo Nacional de Víctimas”. La erradicación de “cualquier vestigio” de franquismo en monumentos, placas, insignias, nombres de calles, etc. El Valle de los Caídos debía ser sometido a una resignificación. Y los restos de Franco exhumados de su tumba. El régimen sancionador era muy duro: multas, ilegalización de fundaciones, prisión, censura de libros, expulsión de las cátedras, etc, etc[52].

La Proposición de Ley suscitó la respuesta de un nutrido número de políticos, historiadores e intelectuales, tanto de derechas como de izquierdas: los historiadores Stanley G. Payne, Serafín Fanjul, Octavio Ruiz Manjón y Carlos Moya, el filósofo Fernando Savater, el ex embajador Francisco Vázquez, el ex ministro Alberto Ruiz Gallardón, el ex presidente de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina, etc. Los firmantes llegaron a 19.000. En el Manifiesto por la Historia y la Libertad, se rechazaba la creación de la “Comisión de la Verdad”; y se acusaba a la Proposición de propugnar “una ley de tipo soviético”, que buscaba “anular la libertad de pensamiento de los españoles”[53].

Sin embargo, la pasividad del PP continuó. Lo cual provocó la disidencia de un sector del partido conservador, que dio lugar a VOX. Eran los indignados de las derechas que no rehuían la lucha cultural, en contra del nacionalismo separatista, el feminismo radical y la memoria histórica de las izquierdas[54]. Tras un período de insignificancia, el nuevo partido adquirió notoriedad a consecuencia del desafío separatista en Cataluña y la caída de Rajoy a causa de la moción de censura promovida por los socialistas en junio de 2018; lo que pudo percibirse en su éxito en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018. Y luego en las nacionales de abril de 2019, en las que consiguió 24 escaños.

La caída de Rajoy supuso, entre otras cosas, la inmediata reanudación de las políticas públicas de memoria de la izquierda. De hecho, una de las primeras promesas de Pedro Sánchez fue la exhumación de los restos mortales de Francisco Franco de su tumba en el Valle de los Caídos[55]. Y durante casi un par de años se produjo una larga pugna entre el gobierno y la familia Franco. En los debates parlamentarios sobre el tema, el PP optó por la abstención. Al no lograr mayorías estables, Sánchez convocó elecciones en abril; y posteriormente en noviembre. Al final, avalado por el Tribunal Supremo, Sánchez logró consumar la exhumación que se produjo poco antes de las elecciones, el 24 de octubre de 2019. El presidente de gobierno no cumplió su promesa de organizar una ceremonia de carácter íntimo. Hizo todo lo contrario. Sánchez quiso convertirlo en un espectáculo mediático de cara a las elecciones. VOX fue el único partido político que se opuso, calificándolo de “tropelía”. En su opinión, se trataba de un intento de “deslegitimar la transición, derrocar a Felipe VI y derribar la Cruz del Valle de los Caídos”[56]. Todos los medios de comunicación españoles y extranjeros, y en particular la televisión pública, fueron convocados. “Es la primera victoria de los vencidos”, señaló Dolores Delgado, la ministra de Justicia, que tuvo que asistir, como representante del Estado, a la ceremonia. Desde la ONU, Sánchez manifestó que se trataba de una “victoria de la democracia”[57]. Y lo mismo pensaban la militante politóloga de izquierdas Paloma Aguilar[58]; y, por supuesto, el sectario Viñas[59]. Para uno y otro, no se trataba de un final, sino de un principio. El exministro de Franco, Fernando Suárez interpretó el significado de aquella decisión como el final de todo un período histórico marcado por el principio de reconciliación nacional[60].

La lucha por el pasado continúa. El gobierno de PSOE y Podemos no descansa; y en enero de 2020 laboró una nueva Proposición de Ley de Memoria Democrática, en el mismo sentido que las anteriores: búsqueda de desparecidos, Banco Nacional de ADN, Censo Nacional de Víctimas, “Consejo de la Memoria”, sanciones económicas e ilegalización de las asociaciones o fundaciones que defiendan el franquismo, resignificación el Valle de los Caídos, etc[61]. En septiembre, el gobierno aprobó el proyecto, cuyo objetivo era, según la vicepresidenta Carmen Calvo, la “ordenación del pasado”[62].

Una significativa reacción se produjo en Madrid, cuando VOX, en un pleno del Ayuntamiento, propuso la retirada de los nombres de Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto del callejero de la capital en virtud de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Sorprendentemente, los concejales de PP y Ciudadanos apoyaron la iniciativa. Lo que produjo el rechazo de las izquierdas y del grupo historiográfico Viñas/Preston y sus acólitos, que publicaron un “Informe Técnico”, en el que se defendía la revolución de octubre de 1934, la figura de los líderes socialistas y el carácter democrático de la República regida por el Frente Popular durante la guerra civil[63].

Tal es la situación en la que nos encontramos. La izquierda española ha articulado una vulgata sectaria, que quiere imponer al conjunto de la sociedad. Y, lo que es peor, que divide a los españoles. Muestra, además, una dramática ausencia de habitus científico, de auténticos investigadores, y de una percepción de la realidad que no permite mirar más allá de un craso pragmatismo político. Combatirla no es sólo un imperativo político-cultural, sino ético.

Pedro Carlos González Cuevas

Pedro Carlos González Cuevas (Madrid, 1959) es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido becario del Centro de Estudios Históricos (CSIC) y del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. En la actualidad, es profesor titular de Historia de las Ideas Políticas y de Historia del Pensamiento Político Español en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). De su bibliografía destacan: Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España 1913-1936 (1998), Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días (2000), Maeztu, biografía de un nacionalista español (2003), El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX (2005), La razón conservadora. Gonzalo Fernández de la Mora, una biografía político-intelectual (2015).

ABSTRACT

El profesor González Cuevas explica el nacimiento de las “políticas de memoria” en las sociedades del siglo XX, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín. El autor subraya su condición de elemento político, opuesta a la de la verdadera historia. A continuación, estudia el caso español. A la muerte del jefe del Estado español, Francisco Franco, hubo un acuerdo para no recurrir a la guerra civil y al régimen posterior como argumentos políticos, pero se rompió en cuanto el partido socialista temió perder el gobierno en los años 90. Las izquierdas españolas (socialistas, comunistas y otras) promueven desde años el movimiento de memoria, que divide a los españoles, miente sobre su pasado y amenaza sus libertades.

[1] Antonio Gramsci, Pasado presente. Buenos Aires, 1974, pp. 17 ss.
[2] Véase Michael Löwy, Walter Benjamin: aviso de incendio. México, 2012, pp. 183 ss.
[3] Véase Giacomo Marramao, Sobre el síndrome populista. La deslegitimación como estrategia. Barcelona, 2020, p. 64.
[4] Allan Megill, “Grand Narrative and the Discipline of History”, en Frank Ankersmitt y Hans Kellmer (ed.), A New Philosophy of History. Chicago, 1995, pp. 132 ss.
[5] François Hartog, Regímenes de historicidad. Presente y experiencia del tiempo. México, 2007.
[6] Chantal Mouffe, Agonistique. Penser politiquement le monde, París, 2013, pp. 15-16.
[7] Chantal Mouffe, En torno a lo político, México, 2007, pp. 127-128.
[8] Jean Bricmont, La Republique des censeurs, París, 2014, pp. 37.
[9] Paloma Aguilar Fernández y Leigh A. Payne, El resurgir del pasado en España. Fosas de víctimas y confesiones de verdugos, Madrid, 2017, pp. 33 ss.
[10] Elizabeth Jelin, La lucha por el pasado. Como construimos la memoria social, Buenos Aires, 2018, pp. 61-82, 85-145.
[11] Tzvetan Todorov, “Argentina: les risques d´une memorie incomplète”, en Lire et vivre, París, 2018, pp. 139-145.
[12] Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, Barcelona, 2000, pp. 15-16.
[13] Ricard Vinyes, “La memoria como política pública”, en Políticas públicas de memoria, Barcelona, 2007, pp. 24 ss.
[14] Josep Fontana, “Memoria y recuerdos”, en op. cit., pp. 108.
[15] Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien, Barcelona, 2002, pp. 156 ss.
[16] Pedro Carlos González Cuevas, “Los Guardianes de la Historia, presencia, persistencia y retorno”, en Bajo el dios Augusto. El oficio de historiador ante los guardianes parciales de la historia, Madrid, 2017, pp. 148 s. “Manuel Tuñón de Lara: marxismo, historiografía y redes de influencia universitaria”, en Aportes. Revista de Historia Contemporánea, nº 99, 2019, pp. 7-53.
[17] Véase Gonzalo Pasamar, La Transición española a la democracia ayer y hoy. Memoria cultural, historiografía y política. Madrid, 2019.
[18] “El fascismo agazapado”, Mundo Obrero, 22-28-IX-1977.
[19] Santos Juliá Díaz, Elogio de la historia en tiempos de memoria. Madrid, 2011, pp. 147.
[20] Santos Juliá Díaz, “Recordar el pasado para construir el futuro”, en Pensar el Futuro. Santander, 2002, pp. 79 ss.
[21] Emilio Silva, “Movimiento memorialista”, en Diccionario de Memoria Histórica. Madrid, 2011, pp. 69 ss. El asesinato del diputado José Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, por un grupo de policías y pistoleros socialistas dio a los conspiradores militares unidad y apoyo popular. La guerra estalló el siguiente día 18.
[22] Paloma Aguilar y Leigh A. Payne, El resurgir del pasado en España. Fosas y confesiones de verdugos. Madrid, 2017, pp. 55 ss.
[23] Rafael Escudero Alday, “Conceptos contra el olvido: una guía para no perder la memoria”, en Diccionario de memoria histórica…, pp. 8 ss.
[24] Pedro Carlos González Cuevas, “Paul Preston: el ocaso de un hispanista”, en El Catoblepas nº 12, 2011.
[25] Leo Strauss, Derecho Natural e Historia. Buenos Aires, 2014, p. 99.
[26] Suso de Toro, Madera de Zapatero. Barcelona, 2012,pp.  213, 180-181.
[27] El País, 25-X-2009.
[28] Boletín Oficial del Estado nº 910, 27-XII-2007, pp. 53410-54415.
[29] Tzvetan Todorov, “Argentina: les risques d´une memoire incomplête”, en Lire et vivre. París, 2018, pp. 139-144.
[30] Ricard Vinyes, El Estado y la memoria. Gobierno y ciudadanos frente a los traumas de la historia. Barcelona, 2009.
[31] Jordi Guixé y Montserrat Iniesta, “Introducción”, en Políticas públicas de memoria, Barcelona, 2007, pp. 11.
[32] Ricard Vinyes, “La memoria como política pública”, en op.cit., pp. 34-37.
[33] Ricard Vinyes, Asalto a la memoria. Impunidades y reconciliación. Símbolos y éticas, Barcelona, 2011, pp. 77 ss.
[34] Jordi Canal, Cataluña, Madrid, 2015, p. 283.
[35] El País, 29-X-2009.
[36] Domenico Losurdo, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra. Barcelona, 2011.
[37] Ministerio de la Presidencia. Informe de la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos, 29-XI-2011.
[38] Josep Fontana, “La llegenda de la transición española”, en La construcción de la identitat. Reflexions sobre el past i sobre el present. Barcelona, 2005, pp. 121-142.
[39] Público, 18-II-2014.
[40] “Exaltación monárquica e historia”, El Confidencial, 19-VI-2014.
[41] Véase Pedro Carlos González Cuevas, “El último (por ahora) Guardián de la Historia: Ángel Viñas”, en Razón Española Nº 202, marzo-abril 2017, pp. 132-172.
[42] Véase Ángel Viñas, La soledad de la República. Barcelona, 2006. El escudo de la República. Barcelona, 2007. Las armas y el oro. Barcelona, 2013. El primer asesinato de Franco. Barcelona, 2017. La otra cara del Caudillo. Barcelona, 2015. La conspiración del general Franco. Barcelona, 2011. ¿Quién quiso la guerra civil?. Madrid, 2019.
[43] Javier Cercas, El impostor, Barcelona, 2014, pp. 305-306.
[44] Pedro Carlos González Cuevas, “El retorno de la tradición liberal-conservadora”, en Ayer nº 22, 1996, pp. 71-87.
[45] José María Aznar, Libertad y solidaridad, Barcelona, 1991, pp. 15.
[46] José María Aznar, España. La segunda transición. Madrid, 1994, p. 28.
[47] José María Aznar, La España en que yo creo. Madrid, 1995, p. 158.
[48] “Mi visión de la España constitucional”, Cuadernos de Pensamiento Político nº 1, octubre 2003, p. 13.
[49] Jorge Semprún, Federico Sánchez se despide de ustedes. Barcelona, 1996, p. 233.
[50] Fernando Morán, Manuel Azaña. Barcelona, 2003, p. 27.
[51] “El ser y el proceder del PP”, en Cuadernos de Pensamiento Político, Fundación FAES, nº 49, enero-marzo 2016, pp. 38-39.
[52] PSOE, Proposición de Ley para la Reforma de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre por la que se reconocen y amplían los derechos y que establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Madrid, 14-XII-2017.
[53] ABC, 18-III-2018.
[54] Véase Pedro Carlos González Cuevas, VOX. Entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria. San Sebastián, 2019.
[55] El País, 17-VI-2018.
[56] ABC, 24-X-2019.
[57] El País, 25-X-2019.
[58] “El principio del fin de un cúmulo de anomalías?”, El País, 24-X-2019.
[59] “Franco y el 24-O”, El País. 24-X-2019.
[60] “La exhumación de Franco”, en Razón Española Nº 218, noviembre-diciembre 2019, p. 279.
[61] Boletín Oficial de las Cortes Generales, 31-I-2020.
[62] El País, 15-IX-2020.
[63] “Sobre Largo Caballero, Prieto y VOX”, Conversaciones sobre Historia Nº 6, octubre 2020.

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