Cortó abruptamente el primero de sus dos recitales en la capital de España

Sabina pega la espantada aquejado de ‘miedo escénico’ y deja plantados a los espectadores a mitad del concierto

El representante del cantante dice que "está durmiendo, descansando" y que "el concierto del martes sigue en pie"

«Joaquín está durmiendo, descansando. El concierto del martes sigue en pie».

Así ha informado Berry, mánager de Joaquín Sabina, sobre el estado de salud del cantante después de que este 13 de diciembre de 2014 pegara un espantada y dejara plantados a los espectadores a mitad de un concierto por ‘miedo escénico’.

«Lo he llamado esta mañana y me ha dicho por WhatssApp que estaba durmiendo, descansado, se encuentra bien, es lo mejor que se puede decir».

El representante del cantante jienense también ha informado de que «no va a pasar nada» y se mantiene el concierto previsto para el martes en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid.

El mismo escenario donde anoche el artista calificó su indisposición como un «Pastora Soler».

«Hoy, por exceso de ganas de estar bien delante de mi gente de Madrid, me acaba de pasar -llegando a cosas feas- un Pastora Soler», afirmó.

Berry ha dicho que al término del concierto acompañó al artista ubetense a su casa y fue cuando el propio Sabina le confirmó que se «había mareado» y que finalizó el concierto «por miedo a caerse en el escenario».

Además, el agente ha recordado que el lunes mantuvo una conversación con Sabina en el que hablaron del caso de la cantante andaluza, que anunció la pasada semana su retirada temporal de los escenarios, pero «todo fue normal» y anoche, como ha incidido, «Joaquín cantó casi dos horas».

«Es lo que duran normalmente los conciertos. Faltaron los bises, cuatro o cinco canciones».

LA ESPANTADA

Salió Sabina con cierta puntualidad, enfundado en un traje verde y su histórico bombín, embutido en la esperanza de una gira que se llama «500 noches para una crisis», pero con una camiseta del color negro que acompaña a las madrugadas inherentes a su leyenda.

Una historia que él mismo se encargó de recordar en los sucesivos diálogos con el público, al que confesó que la gira le pareció una buena idea al quinto whisky.

Antes de todo eso, su faceta de poeta se estampó sobre las paredes del recinto a modo de soneto que hizo de alfombra roja y donde hasta el ébola tuvo su minuto de gloria.

De ahí al primer tema, «Ahora», apenas hubo tiempo y de eso al homenaje mutuo a la ciudad de «Yo me bajo en Atocha», menos. El cantautor paseaba por el escenario como por Tirso de Molina, protegido por Antonio García de Diego, Pancho Varona y Jaime Alsúa, sus músicos de toda la vida.

Dijo que esta ciudad, aunque sin pisar Las Ventas, le «rejuvenece». Entonces cogió la guitarra para puntear las cuerdas, para parir los acordes de lo suyo con aquella historia en la que él quería querer y ella no: «19 días y 500 noches», claro.

La puesta en escena discurría entre aplausos exacerbados (el público se vino arriba incluso con un error de iluminación que dejó el pabellón para empezar a jugar un partido de baloncesto) y «Barbie Superstar» que, como una muñeca rusa, sirvió de excusa para meter unos versos de «Calle melancolía» en el último aliento de aquella chica de Vallecas.

Salió también una novedad, una «versión libre» del «It ainŽt me, babe» de Bob Dylan («sin él, yo hoy no estaría aquí») y dejó que Alsúa se luciera con «El caso de la rubia platino».

Tras esto, breve retirada y susto. Volvió el de Úbeda con semblante serio, sentado en un taburete, reconfortando a la guitarra con su abrazo (¿quién abrazaba a quién?) para recordar a Pastora Soler y reconocer que acababa de sufrir un ataque de pánico entre bambalinas: «Me ha dado un Pastora Soler».

Sonaron los versos del soneto que dedicó al respetable, con el que se excusó: «He sido muy bueno estos días».

Como el éxtasis colectivo es un arma que se alimenta a cucharadas, «Más de cien mentiras» fue el plato genial para presentar con rimas a su banda. Luego vino la desaparecida Chavela Vargas, su gran amiga, que descansó radiante y recordada entre un público abrazado que bailaba «Noche de bodas».

El mismo que tuvo la agridulce oportunidad de saber cuál era la despedida: «Y nos dieron las diez». «No va a haber bises.

Había unos cuantos preparados pero no me encuentro muy bien», explicó el cantautor.

Y así se despidió Sabina.

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