Es de suponer que tras la epidemia de abusos sexuales, un cierto síndrome post traumático dure aún algunas décadas y traiga consecuencias a medio y largo plazo
(José Catalán Deus).-¡Pobre Ratzinger! Ya llevaba demasiados meses tranquilo. Ya se daba cuenta él de que en Irlanda se estaba incumbando la crisis bis, la importación del problema pedófilo de Estados Unidos, mal que bien solucionado. Ya lo había advertido en su visita a Irlanda de 2006 a una jerarquía realmente aletargada e incompetente. Ya les había traído a Roma hace unos meses y personalmente empujado a que hicieran frente al problema. No ha habido manera: esto sí que es escandaloso y esto es lo que ha obligado al pobre Ratzinger a intervenir personalmente, a jugarse el todo por el todo, a dejar claro una vez más que está solo, casi solo, entre la animadversación de unos, la inutilidad de otros y la impericia de todos en la Curia en lo referente a lidiar con el mundo postmoderno.
Entre la docena de desafíos más urgentes -tal como intentábamos delimitar en nuestro libro ‘Después de Ratzinger, qué’ (Editorial Península, 2009), a que hace frente hoy la iglesia católica, figura sin duda destacado el que nos atrevemos a denominar ‘síndrome pederasta católico’. Es de suponer que tras una epidemia descontrolada de abusos sexuales como la que ha vivido la iglesia católica el siglo pasado, que ha traumatizado feligresías nacionales enteras, causado la bancarrota de cuatro diócesis americanas (Portland, Davenport, Spokane y Tucson), y dañado profundamente imagen pública, relaciones internas, confianza de los fieles y el mismo corazón del sacerdocio, un cierto síndrome post traumático dure aún algunas décadas y traiga consecuencias a medio y largo plazo.
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