Es posible un mundo nuevo, pero es siempre cosa de locos

Cosa de locos

¿Quién expía por lo que sucede al pueblo de las pateras en nombre del pueblo de las vallas y las murallas?

Cosa de locos
La locura de Dios

Pero siempre habrá alguien que se atreva a creer, a esperar y a amar, que se atreva a seguir a Jesús de Nazaret, que se atreva a aventurarse por los caminos del Reino de Dios

(Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger).- Se trata de Jesús de Nazaret. No estaba en sus cabales. Eso pensaba su familia. Y fueron a buscarlo para llevárselo. Por su parte, los escribas que habían bajado de Jerusalén, decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Y los otros, los fariseos, por entonces ya se habían confabulado con los herodianos para acabar con él.

Todo ello cuando aquella locura no había hecho más que empezar. En esas primeras páginas de evangelio no parece que se hable de los ‘buenos‘, los que nunca hemos visto en Jesús a un loco, los que no hallamos dificultad alguna en creer que expulsaba demonios, los juramentados para defenderlo, los que, eso sí, también hemos logrado que su palabra y su vida no nos inquieten como inquietaban a familiares, escribas, fariseos y herodianos.

Esta convivencia reglada con el Jesús de nuestra religiosidad puede que sea un modo ingenioso y sano de llevarnos a casa loco y evangelio.

En realidad, todo puede servir para defendernos de esa locura que hizo impuro a Dios, le dio manos para levantar a mujeres postradas, lo llevó al camino de los leprosos, lo sentó a la mesa con publicanos y pecadores.

Todo puede servir para defendernos de ese hombre que, más allá de doctrinas, normas y ritos, pide la vida de quienes lo escuchan: «Venid en pos de mí… Sígueme».

Todo puede servir para defendernos… Pero siempre habrá alguien que no se defienda, que se atreva a creer, a esperar y a amar, que se atreva a seguir a Jesús de Nazaret, que se atreva a aventurarse por los caminos del Reino de Dios.

Me regalo aquí la memoria de una locura. En su día, mejor diría en su noche, Edith Stein se preguntaba: «¿Quién expía por lo que sucede al pueblo judío en nombre del pueblo alemán? ¿Quién convierte esta culpa terrible en bendición para ambos pueblos?»

Hoy, en la oscura noche da tantos hijos de Dios, nosotros diríamos: «¿Quién expía por la muerte de los pobres en aras del bienestar de los ricos? ¿Quién expía por lo que sucede al pueblo de las pateras en nombre del pueblo de las vallas y las murallas? ¿Quién expía por el dolor de mujeres y niños vendidos como cosas en nombre de un pueblo de mercaderes? ¿Quién convierte esta culpa terrible en bendición para todos?»

Edith, contagiada de la vieja locura galilea, respondía a las preguntas: «(Expían) los que no dejan que las heridas abiertas por el odio engendren nuevo odio, (los que) cargan sobre sí el sufrimiento de los odiados y el sufrimiento de los que odian… Tiene que ser posible enfrentarse con el odio orando y expiando por él, de modo que el padecer este odio pueda llegar a convertirse en una última gracia para los que odian».

Es posible un mundo nuevo, pero es siempre cosa de locos.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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