Estados Unidos y sus déspotas.

MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Desde su constitución como imperio, a partir de la derrota de España en la guerra Hispano América que devino en la depresión de 1898, Estados Unidos ha establecido dos varas de medir los derechos y las libertades. La que aplica a sus ciudadanos y la con la que golpea al resto de la humanidad sobre la que ha ejercido una poderosa influencia.

Desde que Estados Unidos ordenara el asesinato de César Augusto Sandino, héroe de la resistencia antiimperialista en Nicaragua, no ha dudado en apoyar a ningún sátrapa que defendiese sus intereses. Ha sido una constante en el mundo, desde Vietnam hasta Argentina, Brasil o Chile. Y desde luego en el universo musulmán. Su apoyo incondicional a Israel tiene un carácter excepcional, porque a su vez se ha constituido en eje de otros apoyos para fortalecer aquel.

Ha llegado el momento de la explosión de ansias de libertad en el mundo árabe, y la servidumbre de sus sátrapas a Estados Unidos, ya no garantiza su supervivencia. Primero fue Túnez, ahora Egipto y la lista puede incluir en un efecto dominó a países amigos y aliados de Estados Unidos, como Arabia Saudí, Kuwait, Jordania, Marruecos. Estados Unidos ya no es la única potencia mundial. Y esta afirmación no se asienta sobre el optimismo que pueda tener una Unión Europea influyente en la política mundial. La ausencia de liderazgos, la ocupación de la cartera de exteriores de la Unión por la que ha demostrado en la práctica ser euroescéptica Catherine Asthon, y la pasividad de Alemania y Francia, aseguran un decrecimiento de la influencia de Europa en el mundo.

La rebelión en el mundo árabe es imparable. La única duda es los litros de sangre que costará su libertad. Y Estados Unidos, en ausencia del protagonismo de Europa, haría bien en considerar que le merece la pena no sólo quitar el apoyo a sus sátrapas, sino sustituirlo por el apoyo a quienes se rebelan contra ellos.

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