Jesús vino a instaurar el reino de la liberalidad

Terrenidad del ordenamiento canónico

Las "coerciones" y las sanciones penales no son mecanismo del Reino de Jesús

Terrenidad del ordenamiento canónico
Código de derecho canónico

Lo único que quiero es "apedrear" la terrenidad canónica. Y sólo con la fuerza del propio peso mis palabras, sin tirar ni el primer ni el último deseo de sanción penal para nadie

(José María Rivas).- En mis dos escritos anteriores -«Jesús de Nazaret, la revelación de Dios» y «La salvación invitada, …»-, creo haber evidenciado el total respeto a la libertad humana por parte de la Mente Unigénita de Dios.

Dicho respeto puede concretarse simbólicamente en la marcha de Jesús a otra aldea de Samaría, tras «reprender severamente» a sus apóstoles Santiago y Juan, por plantear la posibilidad de hacer caer del cielo un rayo, que con su fuego consumiera a la que en la ocasión se había negado a acogerlos (Lc 9,54-55). Cumplió así Jesús lo indicado por Él mismo a sus enviados, para cuado no les recibieran en una ciudad (Mt 10,14.23).

«Reprendió severamente» traduce «epetímesen«. Es verbo que admite varias equivalencias castellanas. Pero no todas expresan por sí solas la idea de locución seria, firme, vigorosa, terminante… que encierra el término griego original. De ahí el adverbio «severamente». Podría omitirse de traducir por «increpó», como no falta quien haga. La reprensión se expresa con el mismo verbo usado en curaciones de endemoniados. Da la sensación de haber tratado Jesús a sus dos apóstoles como a tales, aunque de forma literaria menos expresa que a Pedro en su momento, cuando le dijo «¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mt 16,23).

Los escrituritas consideran adicción al texto más primitivo, lo de «No sabéis de qué espíritu sois; pues el Hijo del hombre no vino a matar, sino a salvar» (Lc 9,55-56). Sin embargo, no deja este reproche de ser buena síntesis del episodio desde la perspectiva de la gloria propia de Jesús. Tanto que también cabría formularlo diciendo: «No tenéis idea de en qué está la gloria de Dios».

Parece que con mayor motivo debería dirigirse idéntico reproche al ordenamiento canónico. Tanto por sus conocidas sanciones aberrantes de tiempos pasados, como por las permanentes desde época remota. Él no ha dejado de lanzar en pluralidad de ocasiones el «rayo de la gehena del fuego» a los insumisos a sus leyes. Hablo de las vinculadas por decisión eclesiástica a excomunión o a pecado mortal. Su intención y efecto sancionadores se producen siempre en el plano socio-eclesial y, lo más asiduo, también en el íntimo personal de la conciencia de cada uno. Porque es prácticamente universal la inadvertencia de la incompatibilidad que existe entre la derogabilidad de esas leyes (c. 1313,2), muy demostrada en los últimos tiempos, y el dogma de la eternidad del infierno.

Motivo tal vez más radical para ese mismo reproche es el Libro VI del C.I.C. dedicado todo él a tratar «De las sanciones de la iglesia». Más aun la convicción que lo fundamenta y abre: «La Iglesia tiene derecho «originario» y propio a castigar con sanciones penales a los fieles que cometen delitos» (c. 1311).

A partir del espíritu de Jesús no cabe actuar de esa forma, ni afirmar en su Iglesia tal derecho. Él si lo tenía por su condición de creador de cuanto existe (Jn 1,3). Perola Mente Unigénita de Dios no lo ejerció al hacerse hombre, ni nos transmitió para su defensa una estructura de poder análoga ala Leyde Moisés.

Repetiré aquí en esquema lo ya dicho:

Jesús vino a instaurar el reino de la liberalidad y esplendidez divinas (Jn 1,17), para hacernos partícipes de la plenitud de su gloria en abundancia desbordada de dones, uno tras otro (Jn 1,16). Sin coerciones ni sanciones penales; sino gratuitamente. Por dádiva de amor abierta a todos, sin que rechazarla sea causa de cercenamiento de la herencia temporal que todos recibimos por creación, sólo condicionada por el contexto contingente de cada uno.

Las «coerciones» y las sanciones penales no son, como dije, mecanismo del Reino de Jesús, que sabemos ajeno a la terrenidad (Jn 18,36). Véanse por ejemplo las parábolas del Hijo Pródigo, y las dos que le anteceden. En ninguna de las tres se habla de sanción o maltrato, ni de reproche alguno al descarriado, al extraviado, al alejado; sino de solicitud en su búsqueda y de alborozo festivo por su encuentro en las dos primeras, y de la efusiva alegría del padre, en la última, al otear de lejos a su hijo de regreso (Lc 15,20.22-23).

Lo punitivo, como tengo también dicho, puede que sea propio de las agrupaciones sociales de este mundo; aunque nunca un derecho originario, sino a lo sumo advenido. Sin embargo, ni aun así, es decir, ni como advenido, puede admitirse en las eclesiásticas. Salvo en el caso en que éstas vacíenla Iglesiade Jesús en moldes societarios mundanales, sólo posibles en la temporalidad de lo terrenal y en ignorancia del espíritu del que se está llamado a ser. De ella en sí misma nunca podrá serlo, por incompatible con la gloria de Jesús, de la que todos estamos invitados a vivir y a dar testimonio.

Igual de incoherente, por cierto, parece proclamar a alguien ejemplo consumado de cristianismo y digno de veneración, cuando de él consta con certeza que ha vivido inmerso en la dinámica del supuesto derecho originario y propio dela Iglesiaa imponer sanciones penales. Ni aunque su vida hubiera sido heroica y ejemplar de modo incontestable en pluralidad de aspectos y actuaciones.

Ni muchos de los héroes históricos vivieron en plenitud el espíritu de Jesús; ni la mayoría de entre quienes lo tuvieron, goza de la consideración humana de héroes; sino de la de gente sencilla, normal, socialmente irrelevante… El heroísmo es concepto de fuerte connotación a proeza humana, puede incluso que de gran repercusión en el devenir de la historia «temporal» de los hombres y de los pueblos. Pero de por sí nada tiene que ver con la gloria «imperecedera» dela MenteUnigénitade Dios.

No pretendo «apedrear» a nadie, por más que mi planteamiento pueda aplicarse a hechos muy recientes. Lo único que quiero es «apedrear» la terrenidad canónica. Y sólo con la fuerza del propio peso mis palabras, sin tirar ni el primer ni el último deseo de sanción penal para nadie. Por ello me limito a hacerme eco, como otros muchos, de la condena liberadora lanzada por Jesús en el ámbito de la fe, «eis tòn «kósmon» toûton» → «contra el «orden, sistema, régimen…» ese» (Jn 9,39). Él se refería obviamente al ordenamiento mosaico imperante entonces en su pueblo. Pero la igualdad de intencionalidad y las claras analogías entre aquél y el canónico, justifican su aplicación a éste. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído