La obediencia al Papa, su gloria pero también su cruz

Ignacio de Loyola, según J. Ignacio Tellechea

Antes de morir, tan sólo se lo oyó invocar en el silencio el nombre de Jesús

'Ignacio de Loyola, solo y a pie', una biografía auténtica del fundador de la orden jesuítica

(Alfredo Tamayo Ayestarán en Diario Vasco).- Ninguna biografía del fundador de la Compañía de Jesús ha alcanzado seguramente en los últimos tiempos el éxito editorial conseguido por la que nos dejó nuestro excelente y llorado historiador donostiarra, José Ignacio Tellechea. Su obra titulada ‘Ignacio de Loyola, solo y a pie’ ha alcanzado ya numerosas ediciones, cosa inusual en este tipo de publicaciones y ha sido traducida a lenguas importantes como el francés, el inglés, el alemán, el italiano, el polaco. También lo ha sido al japonés y naturalmente al euskera.

No es el momento de consignar y ponderar el abundante acervo bibliográfico de nuestro historiador. Baste con hacer mención de dos de sus obras mayores, la que escribió sobre Bartolomé de Carranza, el arzobispo de Toledo y renovador del catecismo católico condenado por la Inquisición española a largos años de cárcel y la que tuvo figura a otro sospechoso de heterodoxia llamado Miguel de Molinos.

Tellechea reúne dos cualidades en extremo valiosas a la hora de redactar una vida de Ignacio de Loyola. La primera un conocimiento extraordinario del tiempo en que transcurrió la vida de su biografiado a saber aquellos siglos excepcionales en que irrumpían figuras señeras en todos los campos, en el de la ciencia, la política, la filosofía y la religión. De resultas de ello nuestro historiador nos ofrece no una hagiografía sino una biografía auténtica del fundador de la orden jesuítica.

La segunda cualidad también valiosa es la simpatía que siente el historiador por su historiado. Ella le permite empatizar con el talante de Ignacio de Loyola y llegar a un fondo al que la mera ciencia no llega. Así la obra de Tellechea no incide en aquella escritura entusiástica que nos dejó por ejemplo un Pedro de Ribadeneyra, ni mucho menos naturalmente en la visión negativa de un Teodoro Beza. El lector que recorre las páginas de la obra va dejando a un lado los tópicos que han desfigurado la verdadera imagen de Ignacio de Loyola.

Tellechea le convence con datos históricos de que el santo de Azpeitia no era el hombre tenebroso y programador frío de una cruzada contra el protestantismo, no era el que llevaba a cabo lavados de cerebro con sus ejercicios. Ignacio fue un hombre entre los hombres, uno lleno de cariño hacia los suyos y que no quería como el Príncipe de Maquiavelo ser ante todo temido sino querido.

Entre los rasgos de su figura y de su acción que mejor estudia nuestro historiador y que más actualidad revisten está su actitud frente al Papa. Ella pertenece a la entraña de la empresa ignaciana. Soldados de Cristo bajo el Romano Pontífice reza el documento fundacional queriendo caracterizar a los miembros de la nueva orden religiosa. Fue en aquellos tiempos en que Lutero, Calvino y los demás reformadores denostaban al bispo de Roma y se desvinculaban de cualquier sujeción a él.

Constituyó su gloria para Ignacio pero también su cruz. Lo mismo que siglos más tarde lo será para otro propósito general también vasco, el bilbaíno Pedro Arrupe, fiel hasta la muerte a Juan Pablo II pero maltratado por él. Si los papas Paulo III y Marcelo II se deshicieron en elogios y atenciones con Ignacio de Loyola, la llegada al solio pontificio de Gian Paolo Carafa significó para los jesuitas un auténtico calvario.

Odiaba a los españoles e incluso mandó hacer un registro en la casa de Ignacio y los suyos en busca de armas. Cuando llegó a sus oídos su nombramiento como nuevo Papa, Ignacio palideció y tuvo que retirarse a un lugar de oración. Creció la consternación de los jesuitas cuando el nuevo Papa que había scogido el nombre de Paulo IV declaró la guerra a Felipe II.

Tellechea califica el hecho como la declaración de guerra más absurda que se ha hecho. Coincidió todo con un empeoramiento de la precaria salud de Ignacio. Se sentía morir. Lo malo es que nadie en casa se lo creyó. Pensaban que Diego Laínez también enfermo era el que estaba realmente en peligro de muerte. En ese momento crucial de su vida el hijo de los Loyola vence su aversión al Papa Carafa y quiere olvidar el duro juicio sobre él que nos recuerda Tellechea: «El Papa haría mejor en reformarse a sí mismo y a su corte antes que intentar reformar al mundo».

Manda llamar a su secretario y le ruega quiera acercarse al Vaticano para suplicar la bendición de Paulo IV. Para él era ante todo el Papa. Pero el secretario, el burgalés padre Polanco incomprensiblemente dejó el encargo para el día siguiente. Ironías de la historia. Polanco consiguió la bendición pero cuando llegó con ella ya Ignacio había muerto. Lo hizo en la calurosa madrugada del 31 de julio de 1556 sin aparato ninguno. Tan sólo se lo oyó invocar en el silencio el nombre de Jesús.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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