"Sólo Dios saciará el corazón humano"

Nacidos para el Cielo

"La fe en Cristo nos hace seres esperanzados"

Nacidos para el Cielo
El cielo

La expectativa de alcanzar un día el Cielo, no es consuelo de débiles, sino todo lo contrario, fortaleza de luchadores de la causa de Dios y del amor a los hermanos

(Juan del Río Martín, arzobispo castrense).- El fin último del ser humano es alcanzar un día la felicidad eterna. ¿Es esto simplemente una formulación de un anhelo inalcanzable? ¿Quién nos asegura que existe un lugar para los que obraron en verdad y justicia en esta vida? Es innegable que vivimos en «un valle de lágrimas».

En este caminar penoso, son tantas las situaciones dolorosas y tan pocos los momentos de dicha, que cualquiera pueden llegar preguntarse si merece la pena vivir. Hay que rechazar esa tentación. Sólo Dios saciará el corazón humano para siempre y sin término.

Hubo uno que vino a nosotros, que se llamó Emmanuel y que nos indicó que Él era «el camino, la verdad y la vida» para alcanzar el Cielo.

Esa no es una tarea imposible, ni una quimera. En la vida cotidiana tenemos ejemplos de padres sacrificados por sacar a sus hijos adelante, personas generosas que son capaces de ofrecer sus vidas por los demás, aquejados por el dolor que no maldicen su suerte…y ¡tantos otros! ¿Se quedarán sin recompensa?

De estas personas dice Benedicto XVI, que «se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son» (Spe Salvi, 45). Han alcanzado el Cielo, porque murieron en la gracia y en la amistad de Dios, y están perfectamente purificados. ¡El ejemplo de los buenos nos estimula a buscarlo nosotros!

La experiencia vital nos confirma que no es lo mismo despedir a un ser querido con la esperanza de verlo de nuevo en el Cielo, que decir el último adiós al amado, pensando que todo se ha terminado.

La fe en Cristo nos hace seres esperanzados porque, como diría san Cipriano:»deseamos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino de los cielos…allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra» (Trat. sobre la muerte, 18). Para llegar allí hemos de sembrar caridad, haciendo de este duro peregrinar un pedazo de Cielo, porque la vida eterna consistirá en un acto ininterrumpido de caridad.

Es cierto que este misterio de comunión bienaventurada con Dios, y con todos los que están en Cristo, sobrepasa nuestra comprensión y toda representación (cf. 1Cor 2,9). La Escritura, los Santos Padres, los grandes teólogos nos hablaron de ella a través de imágenes, para que el hombre pueda percibir, lo más acertadamente posible, cómo Dios busca hasta el final el bien inmortal de sus criaturas (Rom 2,7). Esta felicidad eterna consiste en que descansaremos de las preocupaciones y trabajos de la vida presente, del agobio de las tentaciones y de la esclavitud del diablo. Será entonces cuando los justos brillarán como el sol en el reino de Dios Padre. (cf Mt 13,43; 1 Cor 15,41-42).

La expectativa de alcanzar un día el Cielo, no es consuelo de débiles, sino todo lo contrario, fortaleza de luchadores de la causa de Dios y del amor a los hermanos. Aspirar a los «bienes del cielo», no va contra la razón, sino que es algo muy humano y necesario. Anima en los momentos más duros a redescubrir el misterio y la belleza de la condición terrena. Ayuda mantenerse firme en el «combate de la fe», y a no dudar del premio eterno prometido por el Señor a los «siervos buenos y fieles» (Mt 5,12; cf. 1 Cor 3,8) ¡Quienes confían en Dios no quedarán defraudados!

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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